Carlos Rivera
El humor, la nostalgia y las sinfonías de la vida
El candor de la memoria en el libro “El comecuentos”
Sarko Medina Hinojosa es un escritor de armas tomar. No es revolucionario, pero sí rebelde. No cree en la insurgencia, aunque impulsa a otros escritores a surgir desde los espacios periodísticos que administra, espacios que no conocen descanso ni feriados. Sus pasiones, o quizá obsesiones, lo han llevado a explorar otras vertientes de la palabra, como el periodismo, ese hermano travieso de la literatura, y la gestión cultural, donde destaca como presidente de la Red de Escritores de Arequipa.
Menciono estas facetas porque son labores vitales que repercuten en su universo literario. Funcionan como piezas que complementan los temas que su mente creativa transforma luego en un corpus ficcional.
Hay textos trabajados con rigor de orfebre: pulcros en la forma, precisos en el lenguaje, pensados para lectores entrenados en ciertos territorios del gusto y la estética. Pero también existen obras que nacen al natural, que van del corazón a la piel. No buscan ser pretenciosas ni ocupar un lugar en los anaqueles de la vanidad biográfica. Su aspiración es más íntima: quedarse en la memoria.
Este breve libro, El comecuentos (2026), posee ese candor, esa fragancia humana de la cotidianidad contada con sencillez, pero también con una voluntad y una nostalgia que conmueven. Sarko domina los recursos del narrador, sus juegos verbales y sus posibilidades estéticas, como ya lo demostró en La calle está dura (Aletheya, 2021).
Aquí encontramos una estampa familiar y personal. El narrador revela las claves de su oficio y también esas travesías furtivas que muchos escritores intentamos ocultar para construir una biografía más audaz, más llena de grandeza. Nos gusta pensar que siempre fuimos bendecidos con el talento, pero antes que eso fuimos hijos; somos padres, hermanos que aman, que discuten, que recuerdan.
Autores como Valdelomar, con su “mirada de miel”, o José Mauro de Vasconcelos, que inmortalizó la infancia en Mi planta de naranja lima, entendieron el poder de la memoria. También Edmundo de Amicis, en Corazón. Diario de un niño, nos mostró cómo se forma un ser humano a partir de sus experiencias. En esa tradición, Sarko se inscribe desde su propia voz.
Escribe sobre el tecno y las discotecas, sus platos favoritos, un misterioso panetón, los juegos de infancia, la bicicleta, las amistades escolares. Evoca a su abuela Hilaria, portento de sabiduría; a su madre Liliana; a su padre José Medina Rivera; y, por supuesto, a su hijo Mathías. Todas estas historias giran en torno al núcleo que alimenta su vocación de escritor. Son, en el fondo, una forma de agradecer a quienes creyeron en él: un abrazo hecho de palabras.
Leamos un fragmento de “Al toquepala que estoy Apurímac”: “¿Y el desayuno? Pues era una delicia: los pedacitos de la sierra infladitos, ese tecito pasado; otros días, arroz con huevo frito y churrasco jugoso. Luego venían las visitas, las anécdotas” (p. 63).
Son historias con sabor y ternura. El humor también está presente, como en “A los catorce años era flaco, sí”: “Lo demás era una nebulosa medio rara. No sé si fue mi mamá la que se dio cuenta o yo solito, pero al revisar la prenda vi la M. Para salir de dudas, me la volví a poner y comprobé que el pantalón me quedaba… aunque también me sacaba un derrier que en mi vida volví a tener” (p. 69).
He disfrutado esta obra. En sus páginas he recordado mi propia vida: sueños frustrados, primeros amores, primeras vergüenzas. Casi se me escapan algunas lágrimas. También he celebrado sus pequeñas victorias, como niño y como hombre. La sencillez de su prosa es un abrazo cálido a la memoria, donde el hombre se encuentra con el artista y logra algo tan genuino como El comecuentos.
















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