Guillermo De Vivanco
Arde Paris
Inmigración, violencia y avance del nacionalismo
La revolución francesa está en marcha: la unión de marxistas e inmigrantes se ha convertido, según esta interpretación, en una fuerza destructiva de gran alcance. La Francia orgullosa de su cultura habría perdido soberanía sobre su territorio. Esta vez, el mundo comprobaría que la invasión de un país no necesariamente se produce mediante soldados uniformados ni estrategias militares. Las políticas de izquierda incentivaron la migración masiva de millones de musulmanes sin un propósito claro de integración en la cultura del país que los acoge. La consigna que, según esta visión, se transmite de padres a hijos es que hay que destruir este país infiel. Lo ocurrido en París, Marsella, Lyon, Niza, Burdeos, Limoges y otras localidades sería una muestra de la victoria de la revolución sobre el Estado formal. Las imágenes televisivas habrían mostrado en directo a turbas violentas, calculadas en más de 500.000 personas, saqueando miles de negocios, incluida la famosa Galeries Lafayette, en París. Las demandas de mejorar la educación, que derivaron en incendios de escuelas y agresiones contra profesores, quedaron eclipsadas por una revuelta violenta y criminal que desbordó ampliamente a las fuerzas del orden.
«Un gobierno que no aplica la violencia no da confianza». Este titular lo leí subtitulado en la televisión francesa mientras se preparaban para afrontar el fatídico sábado 17 de octubre. ¿Qué puede hacer una sociedad que se rige por la majestad de los derechos humanos cuando estos parecen proteger únicamente los derechos del agresor y no los de la víctima? ¿Quién escoge el frente de batalla y las armas del combate? ¿Acaso la respuesta del Estado ante una fuerza beligerante debe regirse necesariamente por la proporcionalidad? El provecho político que la izquierda obtiene de algunas víctimas mortales en sus violentas asonadas habría contribuido a limitar la capacidad de respuesta de las fuerzas del orden. Lo que se viene en Francia no se disuadirá con varas ni bombas lacrimógenas. La turba ya no teme al contingente policial: sus integrantes han sido atacados simultáneamente y ampliamente superados en número. La Intifada, el movimiento propalestino y las manifestaciones antisemitas, con participantes vestidos de negro y con el rostro cubierto, habrían estado en la vanguardia de los ataques.
Europa se está perdiendo: la cultura judeocristiana, que inspiró los valores occidentales durante siglos, estaría cediendo ante una teocracia islámica que, desde esta perspectiva, es misógina, fanática y se basa en el odio hacia quienes no se someten a su ideología. El crecimiento demográfico, la existencia de numerosos barrios descritos como zonas liberadas y la proliferación de mezquitas se presentan como hechos que alimentan esta preocupación.
En este escenario se celebrarán las elecciones presidenciales el próximo mes de abril. Según la última encuesta publicada el 8 de octubre, Marine Le Pen registra un 34,2%, seguida por el también derechista Édouard Philippe, con un 17,5%, mientras que Jean-Luc Mélenchon, de la izquierda radical, alcanza el 16%. La inmigración constituye uno de los ejes centrales de las propuestas de Le Pen para transformar la política francesa. Su planteamiento es que la nacionalidad debe determinar quién tiene prioridad en el acceso a determinados recursos públicos y oportunidades económicas. Su propuesta de negar la nacionalidad a los hijos de inmigrantes nacidos en suelo francés quizá sea su postura más radical. La corriente que recorre Europa es la de un nacionalismo exacerbado que busca poner a sus ciudadanos primero. ¿Existe alguna similitud con la tesis de Trump: «Make America Great Again»?
El mundo reacciona contra el globalismo de Bruselas, contra la inmigración descontrolada y contra lo que sus críticos consideran una estafa semántica perpetrada por el progresismo.
En el Perú también hemos dado demasiada ventaja a la criminalidad y normalizado lo anormal. No castigamos la corrupción y no hay ningún juez o fiscal denunciado por perseguir, encarcelar y torturar psicológicamente a numerosos inocentes por motivos de encono político o ideológico. También serían culpables las ONG progresistas y la prensa servil y mercantilista que se vendió al poder. La verdadera reconciliación nacional llegará cuando los responsables de haber secuestrado la institucionalidad y de haber encarcelado, perseguido o acosado durante décadas a inocentes respondan por sus crímenes.
El Movadef, que está enquistado en el Congreso, no puede imponerse a la mayoría de peruanos que aspiramos a convertir al país en una nación desarrollada. La izquierda no tiene autoridad moral para hablar en nombre del pueblo: la corrupción, la mentira y el engaño se la han quitado. Hay que ignorar a esas minorías que promueven el odio, algo que no hace la prensa cuando se convierte en su vocera. ¡Nuestro gran potencial debe unirnos!
















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