Carlos Rivera

Todo sobre mi madre

Recuerdos personales evocados por la película de Pedro Almodóvar

Todo sobre mi madre
Carlos Rivera
11 de junio del 2026

 

A mí la música y las palabras me las enseñó mi madre. Me regaló su gusto por el cine y dibujó en mi cabeza el único peinado que llevo hasta ahora. Me procuró las fibras de su sencillez, que convertí en vanidad literaria. Tengo sus ademanes, sus fantasías, su manía por contar cada historia con melodrama y resonancia. Tengo el color de su piel, sus ojos, sus fobias y, desde luego, el miedo al mar que nos aterra con tan solo tenerlo cerca. Tengo la memoria de sus besos y la estampa de sus clases de caligrafía. Las chompas de lana que compraba en cada invierno. El calor de las frituras, las jarras donde enfriaba el desayuno con malabarismo mientras atendía otras cosas durante la mañana. 

Mi madre fue mi maestra de fútbol, mi bibliotecaria, que me regalaba historietas y libros que colocábamos en unas cajas de leche Gloria forradas con papel de regalo y que fungían de estantes. A veces soñaba con comprarse una blusa, pero prefería atender los placeres lecturables de sus vástagos para que en el futuro no le salgan poetas, sino hombres de bien (como abogados, médicos o ingenieros) que regalaran al mundo su insuperable talento y tuvieran aseguradas fortunas.

Lloré cuando su miseria la conducía por caminos de la desolación y la veía abalanzarse contra los sujetos perversos que gustaban de explotar a los humildes. Pero ella resistía con nobleza y el hambre acechaba nuestros estómagos. Partía el pan entre todos los hermanos mientras tomaba agua y fingía reírse de «tanta comida» que había ingerido. Si le debo todo lo que contiene mi cerebro y mi corazón, ¿cómo no pretender una obra de gratitud para ella y para las madres de los diversos artistas que comparten este libro? Aquí soy solamente un cómplice, un alegato de excusas para congregar nuestras plegarias a quien nos dio la vida y moldeó nuestros destinos.

Vamos sintiendo, los que pasamos el medio siglo, los pasos de la triste despedida de ese ser sagrado. Sabemos que las fuerzas van disminuyendo y que la memoria ya no les ayuda mucho, mientras sus huesos tiemblan, pero aun así quieren abrazarnos como si fuéramos sus eternas criaturas. Por eso estas palabras en comunión (con poesía y prosa), que sean útiles para compensarles un poco su sacrificado fervor por nosotros y aplaudir su paciencia para que seamos seres de provecho.

Si mi madre me dio todo, Almodóvar fue mi cuaderno sentimental. Sus películas fueron pasiones íntimas que blandían mis anhelos coquetos, ese territorio de los placeres del cuerpo y la vida plena sin ataduras moralistas. Mucho de lo que había leído o experimentado se capituló en la película Todo sobre mi madre (1999), donde Manuela (Cecilia Roth) es una madre que vive en Madrid con su hijo Esteban (Eloy Azorín), quien, entre risas y una caminata nocturna bajo la lluvia el día de su cumpleaños, busca un autógrafo de su actriz favorita, Huma Rojo (interpretada por Marisa Paredes), a quien ve a la salida de un teatro donde montaban Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams. Pero Huma huye al lado de su asistente y apenas alcanza a ver al indefenso muchacho por la ventana trasera de su automóvil correr para lograr su objetivo. El joven muere atropellado por un coche. Manuela contempla la escena desde unos metros y lanza un grito ahogado mientras su hijo se va de este mundo. No hay nada parecido a perder a un hijo. Es un vértigo que lapida cada una de las emociones hasta que uno se da cuenta de que está condenado a convivir con el dolor.

Su madre decide entonces viajar a Barcelona en busca de su padre, Lola (interpretado por Toni Cantó), un mundano y miserable travesti que nunca supo que tuvo un hijo. Manuela quiere realizar el sueño de Esteban: conocer algún día a su progenitor. Llegando a la ciudad, y tras una hermosa escena aérea seguida de un paneo por la arquitectura de Antoni Gaudí, las luces y los automóviles donde se arremolinan prostitutas y travestis para vender sus «cariños», ella dice: «Hace 17 años hice este mismo trayecto al revés... entonces huía de su padre y ahora voy en su busca». Y la hermosa canción Tajabone otorga a las escenas la energía de una dolorosa obra de arte.

Manuela encontrará en las vidas de Huma, Rosa (Penélope Cruz) y Agrado (interpretada por Antonia San Juan) un refugio para su sufrimiento. Lo que parece insoportable resulta, poco a poco, un ajuste de cuentas con todo lo bueno y lo malo que había vivido.

Pedro Almodóvar muestra al final de la cinta una dedicatoria singular: «A Bette Davis, Gena Rowlands, Romy Schneider… A todas las actrices que han hecho de actrices, a todas las mujeres que actúan, a los hombres que actúan y se convierten en mujeres, a todas las personas que quieren ser madres. A mi madre».

Aprendí a querer a mi madre hasta en sus malos ratos, y esas películas asombrosas del malagueño fueron mis revelaciones literarias, mis moldes de escritura hechos con colores fuertes y buenos argumentos. Y siempre rodeado de mujeres intensas (y resistentes), como mi madre.

Carlos Rivera
11 de junio del 2026

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