Julio Jesús Puescas
El peruano como subjectum
El núcleo filosófico que distingue a la Nueva Derecha Peruana
En latín clásico, subjectum designa aquello que yace debajo, el fundamento sobre el que se sostiene todo lo demás. La filosofía política heredó ese término para nombrar al sujeto del orden político: aquel en cuyo nombre se gobierna, cuya existencia concreta da legitimidad al Estado. La Nueva Derecha Peruana parte entonces de una premisa obvia pero ignorada con sistemática consistencia por la casta política: el sujeto del Estado peruano es el peruano concreto, el heredero de una civilización, miembro de una comunidad histórica y de destino, portador de una forma propia de entender el mundo. Sobre él y para él debe construirse cualquier política legítima.
El énfasis importa porque los dos grandes modelos que han competido por organizar el Estado moderno han cometido, desde ángulos opuestos, el mismo error: disolver al hombre real en una abstracción. El liberalismo asumió que principios políticos formulados como universales podían constituir por sí solos el fundamento de una comunidad política. Bajo esa premisa, la nación apareció principalmente como una asociación de ciudadanos jurídicamente iguales, vinculados por derechos, normas e instituciones comunes. Esa visión contiene una intuición moral valiosa: la dignidad compartida de todos los seres humanos. Sin embargo, resulta insuficiente para responder a una pregunta decisiva: ¿qué mantiene unida a una comunidad histórica a lo largo del tiempo?
En el Perú, la tradición liberal republicana trasplantó constituciones diseñadas para sociedades atlánticas sobre un pueblo andino, amazónico y mestizo que no se reconocía plenamente en ellas. El resultado fue una república legal sin comunidad orgánica: instituciones que funcionaban sobre el papel mientras la mayoría del país las observaba desde afuera, como si fuesen piezas de un mecanismo ajeno. El colectivismo ideológico, por su parte, disuelve al hombre concreto en una clase, una estructura económica o un proyecto de ingeniería social. Tampoco ve al peruano real: ve al proletario, al indígena explotado, a la masa movilizable, a los oprimidos. Ambos modelos, desde su lógica, son incapaces de fundar un orden político enraizado, porque ambos parten de una imagen del hombre que prescinde de su particularidad histórica.
La Nueva Derecha Peruana no comete ese error ni tampoco el de definir al peruano por la sangre ni por la raza ni por ningún criterio biológico. Por el contrario, reconoce que existe una universalidad moral —valores naturales que pertenecen al hombre por el hecho de serlo— y existe una particularidad política, que es donde el peruano como subjectum entra con pleno derecho. Esa particularidad es una forma histórica de ser que nació del mestizaje, de la fusión del mundo andino con el mundo hispánico-católico, y que Víctor Andrés Belaunde resumió al hablar de una síntesis biológica, económica, política y espiritual que el Perú encarna de manera única. En tal sentido, el peruano es, en términos civilizacionales, la síntesis integral de ese encuentro: heredero simultáneo de la memoria andina, de la institucionalidad hispánica, de la religiosidad católica y del mestizaje cultural que los siglos fueron elaborando. Esa identidad no se impone desde afuera; se reconoce desde adentro. Reconocerla como fundamento del orden político constituye una condición de autenticidad y no un afán chovinista.
La consecuencia de colocar al peruano como subjectum es programática. Si la economía sirve al bienestar y continuidad del pueblo peruano, entonces debe orientarse a expandir sus capacidades productivas, elevar el valor agregado de su trabajo y asegurar las bases materiales de su desarrollo histórico, en tanto que despliegue plenamente el talento del mismo. Si la educación tiene como sujeto al peruano concreto, entonces debe formarlo con conciencia de su historia y de su nación, no entregarle un currículo diseñado para producir consumidores fungibles en un mercado global apátrida.
Si la democracia expresa la voluntad del peruano como comunidad organizada, entonces debe responder a la realidad histórica y cultural del Perú, de modo que los peruanos reconozcan el orden político como una obra propia. Y si la política social tiene como destinatario al peruano real, entonces debe fortalecer la familia, la comunidad y los vínculos de cohesión nacional, rechazando cualquier intento de desmantelamiento en nombre de abstracciones importadas.
Este es el núcleo filosófico que distingue a la Nueva Derecha Peruana de cualquier populismo identitario: buscar gobernar para el peruano que existe, que trabaja, que tiene historia, que pertenece a una comunidad y que lleva en sí la síntesis viviente de una civilización que todavía no ha cumplido su promesa. La crisis tripartita de soberanía, cohesión y sentido que asfixia al país no puede resolverse sin este fundamento, porque los tres pilares que hay que reconstruir —soberanía, cohesión, sentido— solo tienen destinatario concreto si se sabe para quién se construyen. Basadre habló de la "promesa de la vida peruana" como una categoría que atañe a un pueblo con historia y vocación. Esa promesa sólo se cumplirá si se gobierna para el peruano de carne y hueso que la porta.
















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