Julio Jesús Puescas

La crisis tripartita: soberanía, cohesión y sentido

El reto de los próximos años para la democracia peruana

La crisis tripartita: soberanía, cohesión y sentido
Julio Jesús Puescas
21 de mayo del 2026

 

En la columna anterior establecimos una verdad que incomoda pero que no puede eludirse: en política existen enemigos. No adversarios negociables, sino actores que trabajan activamente contra la nación como comunidad de destino. Identificarlos fue el primer paso. El segundo —y acaso más urgente— es entender lo que han producido. Porque los enemigos no destruyen de golpe; erosionan. Y lo que han erosionado en el Perú, con paciencia histórica y complicidad de nuestra propia clase dirigente, son tres pilares sin los cuales ninguna nación puede sostenerse: soberanía, cohesión y sentido.

En materia de soberanía, el diagnóstico es paradójico. Somos el heartland de Sudamérica: contamos con recursos energéticos, mineros, agrícolas, pesqueros, turísticos y una posición estratégica en el Pacífico sur que cualquier geopolítico envidiaría. Sin embargo, seguimos atrapados en el rol de proveedor de materias primas que otros transforman. No se trata de negar los avances del modelo exportador —sería un acto de ceguera solo cometido por la izquierda recalcitrante—, sino de reconocer su límite: mientras no demos el salto hacia la industrialización en torno a nuestros ejes naturales —minería, agroexportación y turismo, para comenzar—, seguiremos siendo un engranaje prescindible en cadenas diseñadas fuera. Ningún país se ha vuelto actor relevante en el sistema mundial sin una industria fuerte en múltiples frentes, capaz de agregar valor en casa y no solo enviar riqueza en contenedores.

Esta soberanía económica incompleta se combina con una soberanía política socavada. No solo por Estados más poderosos, sino por élites globales y corporativas que operan mediante ideologías, condicionamientos financieros y agendas “universales” que casi nunca pasan por el filtro de nuestra tradición. Se pretende que el Perú se arrodille ante lógicas consumistas que reducen a la persona a cliente, ante religiones seculares que desprecian la cristiandad y la hispanidad que nos constituyen, ante intereses de conglomerados que ven en nuestra debilidad institucional una oportunidad de negocio. No se trata de proclamar una autarquía infantil ni de romper con la globalización, sino de algo más serio y más difícil: fortalecer el desarrollo interno para negociar de pie, no de rodillas.

Esta fragilidad en la soberanía se refleja en la cohesión. Como se ha venido argumentando en al anterior escrito, una nación es una comunidad de destino, no una suma de regiones resentidas. No obstante, las grietas se han profundizado. En plena campaña electoral hemos visto cómo se comete el error de identificar como “enemigos” a quienes, en realidad, son las primeras víctimas del abandono: campesinos del sur andino, poblaciones de la selva, barrios periféricos que solo han conocido al Estado en forma de policía o de promesa incumplida. El terruqueo indiscriminado y el desprecio al provinciano que protesta son formas de negar la condición de compatriotas a quienes han sido sistemáticamente postergados.

Los verdaderos responsables de esas fracturas no son los pobres de Puno ni los jóvenes que marchan porque no tienen oportunidades. Son quienes, desde el poder político y económico, han tolerado —o promovido— un modelo de desarrollo que se concentra en pocos enclaves, que mira al Ande y a la selva como reservas de mano de obra barata o territorios sacrificables. Mientras tanto, se instala la narrativa perversa del “ellos contra Lima”, útil tanto a los populismos regionalistas como a las élites que prefieren un país dividido y desconfiado. Romper esa lógica exige algo más que discursos: exige asumir que el Perú andino y amazónico no son periferia, sino corazón de la nación, y que su integración material y simbólica es condición de cualquier proyecto serio que aspire a gobernar para todos.

Queda, finalmente, la dimensión más difícil de nombrar: la crisis de sentido. El Perú ha sido capaz de crecer, de exportar, de reducir la pobreza en ciertos períodos, pero casi nunca ha sabido responder convincentemente a la pregunta “¿quiénes somos?”. Falta un rumbo compartido, un horizonte que no dependa del gobierno de turno ni del humor de las encuestas. Sin esa brújula, cada reforma se vuelve precaria, cada crisis abre la puerta al siguiente caudillo, cada derrota histórica se vive como fatalidad y no como síntoma.

Reconstruir el sentido implica volver a mirar nuestra propia historia con menos vergüenza ajena y más lucidez. El Perú no es un accidente mal resuelto entre un pasado indígena idealizado y una herencia hispánica culpable. Es una síntesis viviente, irrepetible, que no se deja reducir a ninguno de sus componentes. De esa síntesis —cristiana, hispánica, andina, amazónica, criolla y mestiza— debe surgir el gran proyecto nacional pendiente: un país que se entiende a sí mismo desde la peruanidad, que entiende a la democracia desde un marco propio y no como feria demagógica; que rechaza la lucha de clases porque sabe que la fractura social permanente solo sirve a los enemigos de la nación; que defiende la inversión y el mercado, pero sin idolatrar al dinero ni sacrificar al peruano.

La crisis tripartita de soberanía, cohesión y sentido no es una condena irreversible. Es un diagnóstico. Y todo diagnóstico serio está llamado a ser el primer capítulo de una cura. El reto de los próximos años será construir una fuerza política capaz de enfrentar a los enemigos reales, reconciliar a los peruanos entre sí y ofrecer un rumbo que haga que, por primera vez en mucho tiempo, el país no avance a ciegas, sino hacia una promesa histórica entendida y asumida por la mayoría. Este reto sólo podrá ser asumido por una unidad de verdaderos patriotas.

Julio Jesús Puescas
21 de mayo del 2026

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