Dante Bobadilla

¡Santa demagogia!

La polémica homilía del arzobispo Carlos Castillo

¡Santa demagogia!
Dante Bobadilla
29 de julio del 2020


Estas Fiestas Patrias nos han dado una doble dosis de demagogia política. Ya no solo por parte del Presidente, sino también del arzobispo de Lima Monseñor Carlos Castillo, quien en su homilía con enfoque de género ha abogado nada menos que por la abolición del individuo en aras de la masificación de la persona humana. Ni más ni menos.

La disforzada perorata del arzobispo Castillo, dirigida a “cada uno y cada una”, no solo se ha orientado a fustigar al capitalismo por ser un “sistema en crisis” que debe ser cambiado, sino que ha ensalzado el colectivismo, sugiriendo que hay que “sacrificar el bien individual en aras del bien nacional renunciando al desastroso principio del interés personal”. ¿Y cómo se lograría este ansiado sueño progresista? Pues mediante “la participación popular organizada y directa”, que según su preclara visión es la única garantía de la felicidad colectiva, obedeciendo al “clamor popular de los sencillos”.

Esta homilía me transportó a los años setenta, cuando escuchaba los discursos de la izquierda en los patios de San Marcos. Entonces decían que había que organizar a las masas para iniciar la verdadera transformación que el pueblo necesitaba. Se hablaba de la unión de los campesinos y los obreros, que junto con los estudiantes conformarían la masa organizada que iniciaría la revolución (armada, por supuesto) para tomar el poder a favor de los “sencillos”, y así desterrar el individualismo capitalista imponiendo la solidaridad del socialismo. Y claro que también entonces los profetas de izquierda anunciaban la caída del capitalismo.

Mucho humo ha circulado desde entonces y nada ha cambiado, salvo que el discurso se oye ahora en el altar de Cristo. Acabaron los tiempos en que la Iglesia católica era la muralla que contenía a los bárbaros de izquierda y defendía la dignidad de la persona humana contra el colectivismo destructor, donde el individuo se diluye en la masa irracional. Ahora el arzobispo de Lima nos pide renunciar a nuestro ser individual y sacrificar nuestros intereses personales ya no para ofrecérselo a Cristo, sino para someternos a los intereses colectivos organizados. Es casi el discurso que Fidel Castro daba al pueblo cubano exigiéndole desprenderse de todo interés personal para servir a los fines del Partido en la construcción de la patria.

Hasta donde recuerdo, Cristo predicaba amar a los demás como te amas a ti mismo. Nunca pidió renunciar al amor propio y de los suyos para someterse a las “masas organizadas”. Ni siquiera pidió que se sometan a una iglesia. El discurso de sometimiento individual a los objetivos de las “masas organizadas” es una doctrina claramente comunista. Son los soviets de la URSS. La mentalidad colectivista maneja un esquema invertido de la vida. Es completamente absurdo pretender que las personas se desprendan de su ser individual y sacrifiquen sus intereses personales y los de su familia, en aras de una visión colectivista. Es exigirles volverse robots al servicio del partido, que los guiará hacia la felicidad colectiva. Eso es una pesadilla, no una visión. 

Lo que monseñor Castillo nos exige es una aberración. Nos pide además no adorar al “dios dinero” sino, en buena cuenta, al “dios pueblo”. Esa abstracción idealizada a la que debemos rendir pleitesía y entregar nuestro ser individual. Es el típico discurso del socialismo del siglo XXI: servir al pueblo, acatar el clamor popular, es el pueblo el que manda. “Yo solo soy un soldado al servicio del pueblo” decía Hugo Chávez. Y Vizcarra no es diferente. Castillo tampoco. Han travestido la democracia en una “democracia participativa”, idealizando al pueblo como el dios de los tiempos modernos. Debemos entregarnos al dios pueblo, a esa masa inculta y fácilmente manipulable mediante el discurso barato y los medios controlados, y agachar la cabeza ante su clamor. Ya no hay personas, ciudadanos ni Estado. Solo masas y un partido. 

Bien decía Feyerabend que el principal problema de los seres humanos es que tienden a convertirlo todo en una estúpida religión. Siempre están buscando un dios al que adorar y seguir. El culto al pueblo es lo que hoy los hermana al progresismo y a esta iglesia del siglo XXI, junto al mensaje de la destrucción del individuo y su sometimiento al colectivo. 

La política sana debe dejar de lado las ideologías salvadoras y los cultos de fe que la convierten en religión. Se debe partir del respeto a las personas como individuos, garantizándoles la libertad en su búsqueda por la felicidad y el bienestar suyo y de su familia. El progreso social parte por el individuo y se extiende paulatinamente hacia su entorno, empezando por su propia familia, para luego pasar a su comunidad y su nación. No es al revés, y mucho menos anulando al individuo para anteponer la masa informe del colectivo.

Dante Bobadilla
29 de julio del 2020

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