Dante Bobadilla
Rumbo al fracaso, una vez más
Destruimos todo aquello que nos sacó de la crisis de los ochenta
A cierta edad la realidad empieza a aburrir. No la vida sino la realidad. Es como ver la misma película una y otra vez, pero una película mala. He visto Rambo más de diez veces y no me quejo, en cambio el Perú es como repetir una de esas películas progresistas hechas con dinero público. Mala de principio a fin, y que encima pretenden obligarnos a verla. Piden una ley que obligue a las salas a proyectarlas porque es un “derecho del pueblo”. Es así como piensan los progresistas. Para todo tienen un “derecho” y una ley que nos obliga.
La existencia humana siempre ha estado llena de aberraciones. Hay mitos antiguos que revelan todas las barbaridades de las que son capaces los humanos. El agitador puneño Walter Aduviri, por ejemplo, es la versión aymara de Eróstrato, el pastor que incendió el templo de Artemisa solo para hacerse famoso. Y de estos tenemos varios. El Perú está representado en el mito de Sísifo, el rey condenado a empujar una inmensa roca cuesta arriba para luego dejarla caer desde la cima y volver a empezar. Hoy nos toca dejar caer la roca.
Unos dicen que Latinoamérica padece de pánico al éxito, un desorden psicológico que impide a las personas alcanzar el éxito porque al verlo cerca sienten miedo, y empiezan a fallar de manera inconsciente para no lograr el objetivo. ¿Cuántos países latinoamericanos exitosos acabaron en la miseria? Argentina es un caso famoso. Luego está Cuba. Hace poco vimos la destrucción de Venezuela, un país que hasta los noventa exportaba cultura, y cuyos artistas alcanzaban fama mundial. Ahora es el turno de Chile y aparentemente también del Perú.
Hace rato que estamos haciendo todo mal. Y lo peor es que se hace con celebraciones, como si fueran grandes logros destruir la economía y la estabilidad que nos permitió superar la crisis y enrumbar al crecimiento. Creen que es revolucionario pedir nueva Constitución y hacer leyes para sacarle plata al Estado y a las empresas. Todo lo que repiten hoy los charlatanes de moda lo hemos oído miles de veces. Esas condenas a la explotación, la esclavitud y el abuso de las empresas han servido siempre para destruir la productividad y el empleo. Es la misma prédica de odio con que Velasco destruyó el país. Quieren que el Estado garantice “derechos”, que en realidad son gollerías que alguien debe pagar.
El festival de “derechos laborales” fue parte del esquema económico fallido que nos llevó a la gran crisis de los ochenta, cuando los sindicatos y los charlatanes mandaban en el Perú. Y aunque muchas cosas se corrigieron, nunca se eliminaron las aberraciones del campo laboral. Cada vez que Alan García despertaba generoso inventaba derechos laborales. Un día salió al balcón y anunció que las gratificaciones ya no serían un acto tradicional y voluntario de las empresas, sino una obligación impuesta por ley bajo amenaza de multa. Así creó un “derecho laboral” que nadie se atrevió después a eliminar. Mucho antes, Velasco ya había inventado la estabilidad laboral, una aberración por la cual una empresa puede contratar, pero no despedir.
El populismo desbocado nos llenó de “derechos laborales” que solo condujeron al desempleo, subempleo e informalidad de hoy. Eso creó una sociedad parásita que, antes de empleo, busca “derechos”. Es decir, diversas modalidades para sacarle más plata a la empresa, solo por tener un vínculo laboral, independientemente de su capacidad y productividad. Hay sindicatos que han logrado sacarle más de veinte sueldos al año a un municipio por las razones más ridículas, como el cumpleaños o el día del trabajador municipal. Esos no son derechos, son gollerías obtenidas bajo chantaje sindical o populismo político. No confundamos esto con las condiciones básicas para ejercer las labores, que deberían estar garantizadas. Lo cierto es que hay malos y buenos empleadores, así como malos y buenos empleados, pero esto no se arregla con leyes. Y menos con bloqueos de carreteras.
Ahora estamos empeñados en destruir todo aquello que nos sacó de la crisis y la miseria de los ochenta. Se busca eliminar la gran minería que nos llenó las arcas y nos dio de comer, cancelar la industria agropecuaria que le dio pleno empleo a Ica y redujo la pobreza como nunca antes, y cambiar la Constitución que nos permitió crecer como país. Es hora de volver atrás. Estamos rodeados nuevamente de charlatanes y populistas. No hay salida.
















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