Miguel Rodriguez Sosa

Reflexiones sobre el imperialismo de Trump (II)

La estrategia de seguridad nacional y su corolario en Venezuela

Reflexiones sobre el imperialismo de Trump (II)
Miguel Rodriguez Sosa
12 de enero del 2026

 

La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 estadounidense –National Security Strategy of the United States of America (NSS)– del presidente Donald Trump propone la cancelación histórica de los compromisos multilateralistas sobre los cuales se ha erigido de manera progresiva el orden internacional en la segunda mitad del siglo XX y en los dos primeros decenios del presente. Afirma que las condiciones estructurales que hicieron posible ese orden han desaparecido; señala como una de las causas de ello que Europa ya no constituye para EE.UU. un socio estratégico equivalente y pone en cuestión que en conjunto los países europeos dispongan a futuro de economías y de poder militar propio suficientes para seguir siendo aliados confiables.

La NSS sostiene que el ámbito atlántico que vincula Europa con EE.UU. ha dejado se ser el centro organizador del orden mundial por sus debilidades internas, a lo que se suma que el centro de gravedad del sistema internacional muestra tendencia a ubicarse en el espacio Indo-Pacífico con la fuerte presencia de China, presentada como una potencia con capacidades de organizar campos de competencia sistémica con EE.UU., en donde las relaciones no son solamente contendientes sino hostiles, más todavía si presentan asociaciones estratégicas de China y Rusia. Cuando la NSS define que son sólo tres los grandes actores globales de poder: EE.UU, Rusia y China, está desechando la gravitación de Europa como centro de poder: una lápida colocada sobre el europeísmo y su pretensión globalista.

A partir de esa escena dibujada en la NSS, el gobierno de Trump se lanza contra el multilateralismo materializado en la Organización de las Naciones Unidas, del cual revela su ineficacia para la gobernanza del orden internacional. Con crudeza, Trump está exhibiendo la futilidad de la ONU y es en este sentido que EE.UU. ha abandonado su participación en más de medio centenar de agencias y foros de esa entidad. Esos organismos presentados como técnicos, neutrales o expertos, que operan a través de soft law y soft power tratando de imponer al mundo estándares, certificaciones y marcos de «buenas prácticas» que deben ser incorporados por gobiernos, tribunales, organismos financieros y agencias multilaterales, son en realidad componentes de un modelo de gobernanza tecnocrática que ha desplazado la decisión política hacia redes de influencia con gran poder fáctico desde sus jerarquías no electas, inmunes al control político y por tanto ajenas a la soberanía de los estados y al bienestar de las sociedades. Tal como lo muestra hoy en día la Unión Europea con su decaída legitimidad. 

Las decisiones políticas de Trump consistentes con la NSS marcan el tránsito del multilateralismo automático en la senda de la ONU al multilateralismo selectivo; el paso del consenso burocrático al sustentado en la responsabilidad política, y el cambio de la delegación de la influencia con poder fáctico sin rendición de cuentas al control del poder normativo por los estados soberanos. Resaltan la inutilidad del sistema internacional centrado en la ONU donde un permanente estado de bloqueo por vetos y transacciones tecnocráticas a puertas cerradas muestra incapacidad de servir al orden mundial. En otros términos, Trump con su NSS avanza en desmontar el aparato fallido del gobierno global.

En lo que concierne al ámbito del continente americano, los acontecimientos ocurridos desde el 3 de enero en Venezuela imponen consideraciones emergentes acerca de la NSS del presidente Trump, que hasta entonces habitaban el espacio de lo hipotético.

Ahora queda claro, con hechos, el contenido de la sección de la NSS que dice: «Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental (…) Negaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio. Este "Corolario Trump" de la Doctrina Monroe es una restauración sensata y contundente del poder y las prioridades estadounidenses, coherente con los intereses de seguridad de Estados Unidos».

Lo que ha hecho Trump al iniciar este año es, precisamente, intervenir en forma decisiva neutralizando a «competidores no hemisféricos», en lo que el imperialismo estadounidense considera su indisputable zona de influencia. Es el objetivo geopolítico capital de la captura de Nicolás Maduro, que debe ser examinada desechando narrativas fantasiosas como esa de que EE.UU. pretende apoderarse del petróleo venezolano. 

Es que Trump está actuando decisivamente contra lo que percibe como la amenaza compuesta de tres potencias hostiles: China, Rusia e Irán (con interpósita Cuba) que operaban en conjunto dentro del territorio venezolano edificando una sinergia que alcanzaba un nivel crítico para la «geometría del riesgo» vista desde los intereses de EE.UU. 

China había avanzado en el país sudamericano en conseguir control de minerales estratégicos esenciales para sistemas de armamento guiado y telecomunicaciones; Irán instaló allí fábricas de drones ofensivos con capacidad proyectada de cubrir el espacio de El Caribe hasta la costa estadounidense; Rusia desplegó en territorio venezolano armamento de alcance estratégico con dispositivos de escudo antiaéreo de última generación y sistemas de guerra electrónica, y usó a Cuba para progresar en el control de los aparatos estatales del chavismo, dotando herramientas avanzadas de «securitización» para inteligencia, contrainteligencia, control social y represión política. No eran formas tolerables, aunque preocupantes, de influencia extra regional, sino el ensamblaje progresivamente fortalecido de una auténtica arquitectura prebélica con capacidad instalada en espera de la oportunidad para afirmar con acciones su poder militar y político enfilado contra EE.UU.

Para Trump, esa situación ubicaba a Venezuela en el corto plazo como un satélite funcional a los intereses enemigos de dos potencias globales, una potencia mediana y una colonia regional. Las alegaciones estadounidenses de lucha contra el narcotráfico y esas de que Venezuela como estado criminalizado se acercaba a ser fallido, son simplemente justificaciones mediáticas de cobertura de la gran estrategia de negación estratégica basada en la revivida Doctrina Monroe y su «Corolario Trump».

Nada interesa que la intervención estadounidense capturando a Maduro sea valorada por el correctismo jurídico y político como agresión a un estado soberano violando el derecho internacional. La soberanía estatal no está grabada en piedra y la práctica de relativizarla y condicionarla está en las bases del actual orden internacional. Por lo demás, la alta cirugía de la extracción y captura de Maduro para nada implica una agresión armada a Venezuela. Trump empleando sus recursos militares solamente golpeó nodos de comunicaciones, de control de radares y centros de comando conjunto, lo que produjo la parálisis absoluta de sistemas de defensa. No aconteció destrucción de infraestructuras económicas ni ataques a instalaciones militares no directamente comprometidas con el esquema de protección de Maduro. En rápida sucesión Washington respaldó la sucesión constitucional del régimen venezolano en la persona de la vicepresidente Delcy Rodríguez y la continuidad de la precaria institucionalidad que representa. Son señales claras de que no ha habido agresión. Se ha tratado del control de una amenaza compuesta e integrada desde poderes extrarregionales. El mensaje de Trump es claro: No se tolerará un ensamble de amenazas compuestas a la seguridad de EE.UU. en «nuestra región»; serán desmanteladas antes de que se activen. Neutralización con advertencia de alcance global.

En una entrega anterior de esta columna he señalado que Trump actúa con una singular combinación de resolución y prudencia (no obstante sus balandronadas muy mediáticas). La resolución ha sido expuesta el 3 de enero y le ha seguido la prudencia. Ahora está claro que no va a repetir la desastrosa intervención en Irak el 2003, que destruyó el estado y produjo la tribalización del país sin solución de continuidad hasta hoy.

Contando con la evidencia de que en el momento presente Venezuela representa un caso práctico de aplicación de la NSS del gobierno de Trump en el continente americano, al que considera su zona de influencia indisputable, corresponde prefigurar lo que puede suceder a futuro inmediato en ese país.

En Washington hay conciencia de que el peor escenario posible en una Venezuela post Maduro sería el derrumbe del orden estatal que, aunque corrompido y fracturado, presenta todavía rasgos de institucionalidad. La transformación política del país para recuperarlo de la tiranía que todavía lo gobierna exige afrontar la deriva de las pugnas evidentes entre los componentes de la troika en el poder: los hermanos Rodríguez, Delcy y Jorge, en el control –por lo menos formal– del Ejecutivo y el Legislativo; Vladimir Padrino al mando de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB); y Diosdado Cabello, quien dirige el oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y sus diferentes aparatos armados: milicias y «colectivos chavistas», a más de otros cuerpos represivos.

Ese peor escenario podría materializarse si se genera un conflicto abierto, armado y violento entre las fuerzas de la troika. El componente más débil es el de la facción de los hermanos Rodríguez, que no cuenta con aparatos armados propios, aunque en días muy recientes la investida presidente Delcy se empeña en asegurarse la lealtad de una parte militar empoderando al general Gustavo González López, especialista en contrainteligencia y seguridad, como comandante de la Guardia de Honor Presidencial, que debe encargarse del anillo de protección del gobierno y la asamblea nacional, y elevar el costo de conspirar dentro y desde los otros aparatos del poder. Habrá que ver si la FANB se alinea con la presidente por función de González; y habrá que ver si la parte militar que él representa, en conexión con el general en jefe Vladimir Padrino, puede neutralizar –con o sin Padrino– a Diosdado Cabello porque, en definitiva, éste controla grupos armados fascistas con disfraz de revolucionarios nacionalistas que son decididamente opositores a cualquier transición post tiranía; Cabello es un antagonista indeseable en cualquier escenario provechoso para Venezuela. 

No se puede descartar este escenario de tragedia, que podría llevar a la guerra civil si colapsa el «equilibrio de la paranoia y el miedo» hoy existente en la troika, por pulseos entre sus cabecillas para dirimir cuál de ellos puede imponer con más fuerza y menos visibilidad el control de las disidencias (o traiciones) en el oficialismo y la represión de la oposición política. Cada uno mide sus fuerzas. La dupla de los hermanos Rodríguez y el general González, bregando para que la contrainteligencia y la seguridad represiva neutralicen reacciones adversas en la cúpula y en mandos medios de la FANB. El general Padrino trabajando para que no se debilite allí su poder, para que no surjan figuras de doble poder rompiendo la cohesión militar, y para que las agrupaciones del PSUV no liquiden el muy resquebrajado monopolio de las armas en manos de militares. Cabello a la expectativa de impedir un shock económico que le sustraiga la capacidad de atender a la subsistencia de sus mesnadas armadas que revelan lealtades muy fluidas.

Otro escenario posible es el de la estabilidad transitoria y acotada del actual régimen post Maduro con un gobierno de los hermanos Rodríguez tutelado por EE.UU., negociando en el frente interno coaliciones puntuales de intereses, un entendimiento entre las facciones militares que consiga mantener cohesionada a la cúpula de la FANB (convivencia Padrino-Gonzáles) disuadiendo fracturas mediante el mantenimiento de un reparto aceptable de rentas y de protección para los mandos altos e intermedios que los ponga a salvo de acciones disruptivas de los grupos de Cabello y, a la vez, les considere posiciones en un nuevo orden político por tiempo indeterminado exento de retaliaciones desde la oposición y de persecución internacional. 

Este escenario es menos malo que el anterior. Exige para concretarse que los hermanos Rodríguez puedan obtener dos logros que serían bien vistos por Trump: someter al poder militar para un ulterior proceso largo de recomposición, agobiar y desarmar a las huestes de Diosdado Cabello. Lo segundo es bastante más complicado que lo primero y debe pasar, necesariamente, por el estrangulamiento de las economías en poder del PSUV.

En el frente externo exigiría un arduo despliegue de negociaciones con el gobierno de EE.UU. y con los de otros estados interesados, que sólo podrían ser efectivas si en Venezuela se extingue el factor disruptivo del chavismo-madurismo, es decir, la desaparición del PSUV en tanto aparato de poder, como en Irak fue necesaria la abolición del partido Baaz Árabe Socialista de Saddam Hussein. Habrá que estar muy atento a señales de la manifestación de uno u otro escenario.

Miguel Rodriguez Sosa
12 de enero del 2026

NOTICIAS RELACIONADAS >

Reflexiones sobre el imperialismo de Trump (I)

Columnas

Reflexiones sobre el imperialismo de Trump (I)

  La nueva Estrategia de Seguridad Nacional 2025 estadounidense ...

15 de diciembre
El Palais Concert, una máscara del Perú

Columnas

El Palais Concert, una máscara del Perú

  La máscara es una presencia tradicional y constante en ...

01 de diciembre
Amnesia disociativa y envidia cicatera

Columnas

Amnesia disociativa y envidia cicatera

El primer mes de gestión del presidente José Jerí...

17 de noviembre

COMENTARIOS