Miguel Rodriguez Sosa
Venezuela: momento crucial
Tres posibles desenlaces de la actual coyuntura política
Venezuela experimenta hoy lo que una acertada corriente de la teoría política (A. Gramsci) denomina «crisis de hegemonía», la situación en la cual un sistema político, social y económico se encuentra en inestabilidad grave debido a que sus instituciones y sus órganos de poder han perdido la legitimidad social. Se la llama también crisis orgánica.
En el caso, aparece como un interregno donde el gobierno de la presidente sustituta y tutelada del capturado Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez, presenta todavía capacidad de dominación política pero muy afectada por el descrédito social y el colapso económico. Y es entonces que a ese gobierno se le sobrepone una arquitectura de poder con fuerza dominante y sobre-determinante, la del gobierno estadounidense de Donald Trump, que lo coloca en posición de soportar una administración estratégica.
El análisis sugiere la necesidad de recurrir al concepto (también gramsciano) de «bloque histórico» que designa la unidad política, sociocultural y económica estableciendo un consenso social y la hegemonía, por tanto, en un período y para una sociedad. En Venezuela se había instaurado como resultado del populismo financiado con la economía petrolera que edificó efectivamente una base socialmente enraizada para el chavismo-madurismo forjando redes clientelares y un liderazgo prebendista desde el PSUV (Partido Socialista Unificado de Venezuela); ambos amparados en el poder militar de la FANB (Fuerza Armada Nacional Bolivariana) a su vez convertida en burocracia estatal rentista.
Ese bloque histórico se había arruinado en sus componentes económico y social con el muy grave deterioro de la economía y con los fraudes electorales sumados a la represión de las protestas de la población venezolana, operada desde el poder político, aunque no ha estallado con la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de este año.
Porque es notorio que, de ahí para adelante (ya hace un mes), en Venezuela no se ha producido transición política alguna, que sería una pérdida existencial para los actores del chavismo-madurismo en cualquiera de sus configuraciones dentro y fuera del régimen. Pero tampoco se ha producido una recomposición de ese poder resistiendo las presiones desde EE.UU. Lo que hay hoy en día en Venezuela es ese momento oscuro pero que se anuncia alboral en el cual la agonía irremediable del viejo régimen ensombrece la eclosión del nuevo.
Un momento especialmente complicado en el que se presentan tensiones tremendas, porque la burocracia civil-militar del viejo régimen actúa buscando una renta residual de lo que le queda del poder con pactos opacos (a los que los actores estadounidenses no son refractarios) y una gestión represiva atenuada en tanto que no ocurra una oleada de protestas sociales; en tanto que la oposición política no manifiesta unidad sino, en una parte, voluntad de pactos oportunistas, y no ha empeñado su indudable legitimidad para edificar hegemonía porque sus líderes principales (María Corina Machado, por ejemplo) han declinado su poder de convocatoria en espera de las decisiones sobre-determinantes que emanen de Washington, puesto que ahora la clave del manejo de la situación estriba en el recurso petrolero cuya gestión es crucial para la configuración de un nuevo bloque histórico en Venezuela, y este factor está bajo control externo, de EE.UU.
La cuestión realmente gravitante es la de si Venezuela puede romper la lógica rentista-prebendista-populista que forjó el arruinado bloque histórico en su sociedad por veinte años. Es un hecho que los actores del viejo régimen chavista-madurista sólo pueden aspirar a negociaciones para conseguir impunidad posterior a su retiro del poder, que saben muy factible, y a manejar a su favor una versión soft de «justicia transicional», lo que supone la mayor extensión temporal posible de una fase de estabilización precaria con algunas reformas políticas.
Por su parte, los actores de lo que puede surgir como el nuevo régimen necesitan aprovechar la estabilización para construir hegemonía cultural y política, pero para eso tienen que erigir un liderazgo social propio y cabalmente independiente de las agencias del poder actual, lo que es extremadamente difícil porque los actores con más posibilidades de construir un relato temperado de la democratización en su mayor parte residen en Venezuela y son también quienes menos independencia tienen respecto del viejo régimen, en tanto que los actores con marcada independencia son, a la vez, los que no alcanzan a transformar su liderazgo en herramienta para construir espacios de poder democrático desde la sociedad, porque sólo pueden actuar desde el extranjero debido a la represión que pende sobre ellos.
De esa situación pueden emerger escenarios alternativos. Un escenario donde la coalición burocrático-partidista-militar del viejo régimen conduce un proceso de reformas limitadas –aceptando la presencia tutelar de EE.UU. en el manejo de la economía petrolera y en la política exterior– para seguir administrando el Estado sin desmontar cabalmente los aparatos del chavismo-madurismo. El escenario de la supervivencia del sistema, maquillado: el autoritarismo reformado negociando con EE.UU. y a cuentagotas soltando burbujas de liberación social para mantener en lo posible el control político. Debido a que el viejo régimen experimenta la pérdida de su relato legitimador que, precisamente, ha detonado la crisis de hegemonía, sólo puede ejercer dominación sin rumbo, es decir, sin hegemonía. Una estrategia de manual propia del populismo pos-autoritario para la supervivencia en una larga marcha hacia un punto desdibujado de la historia. Pero puede ser duradero.
Otro escenario, en el cual por presiones desde el poder tutelar estadounidense y por exigencias de las fuerzas opositoras al viejo régimen, dentro y fuera de Venezuela, se produce una suerte de transición pautada en la búsqueda de legitimidad que será muy acotada por acción del régimen decaído pero todavía vigente. Si esta forma de transición manifiesta formas de administración del pasado con una justicia transicional que he calificado de «blanda» por la debilidad de sus procesos para la rendición de cuentas, pero más si procede con el recurso a las elecciones de nuevo gobierno sin la previa erradicación de los aparatos políticos con poder coercitivo del chavismo-madurismo, lo que va a producir es una aberración que se puede etiquetar como «democracia populista», si bien tolerable para los actores del viejo régimen y aceptable para los del nuevo régimen, pero la crisis de hegemonía no habrá sido superada con la ruptura necesaria y se establecerá una situación de interregno político de duración indeterminada y sin solución de continuidad.
Un tercer escenario se abre si ocurre que de la situación actual resulta una auténtica ruptura con el viejo régimen y se edifica una nueva hegemonía social y cultural que se puede expresar políticamente en libertad sobreponiéndose a la coerción desde el debilitado poder gobernante y más si es concurrente con el agobio recaído sobre los aparatos coercitivos del chavismo-madurismo. La condición indispensable para que florezca este escenario es el brote de un liderazgo verdaderamente identitario y actuante en territorio venezolano que vincule estrechamente los anhelos de libertad y de bienestar de la población con una plataforma política de cambio razonado, prudente pero resuelto y radical. La crisis de hegemonía sería superada en curso a estructurar un nuevo bloque histórico social, político y económico.
Es notorio que esta última opción exige, previo, el andamiaje que pueda sostener en los hechos la nueva edificación del poder en Venezuela, y es aquí donde entra en escena la política pautada para Venezuela por el secretario de Estado de EE.UU. Marco Rubio en representación del presidente Donald Trump. En su muy reciente presentación ante el Senado de EE.UU. Rubio ha declarado sin embozo que en Venezuela EE.UU. dirige ahora un proceso de estabilización «bajo administración estratégica» reinsertando al país en un orden económico supervisado para evitar el colapso del Estado y neutralizar las amenazas criminales asociadas al viejo régimen. Así, la voz de orden es: asentamiento de control antes que construcción de nueva legitimidad.
Se acierta en afirmar que lo que Rubio presentó ante el Congreso es una hoja de ruta graficando la arquitectura general del proceso que el gobierno de Trump ha puesto en marcha: tutelar al doblegado poder que queda del chavismo (Delcy y Jorge Rodríguez en el Ejecutivo y el Legislativo, sometiendo a Vladimir Padrino de la FANB) bajo una relación vertical con exigencias concretas que deben cumplirse; no hay negociación entre pares, sino sometimiento que puede tolerar declaraciones de resistencia pero no hechos de lo mismo.
Rubio proclama que la fase de estabilización tiene como clave que el chavismo-madurismo sea convertido en residual camino a la extinción. Por eso es que el factor de Diosdado Cabello y el PSUV con sus milicias no está considerado en el diseño; debe ser eliminado y Rubio desea que sea el actual gobierno de Caracas quien asuma el costo de la operación. El viejo régimen está siendo obligado desde EE.UU. a administrarse a sí mismo en curso a su demolición para desmantelar su urdimbre criminal, desmontar sus aparatos de terror interno y romper sus alianzas internacionales con grupos subversivos y narcoterroristas.
La estabilización no puede ser entendida como una catarsis y no es, todavía, la transición al nuevo régimen. No es ni va a ser propiamente democrática sino de estilo consular. En los hechos, Marco Rubio aparece investido como procónsul estadounidense con poder efectivo de imperium (autoridad con mando y poder de punición) sobre Venezuela. La estabilización es, pues, una fase de aseguramiento para sofocar la renta residual de poder pretendida por los sobrevivientes del viejo régimen, para propiciar la ganancia potencial de hegemonía, de los actores del nuevo régimen, y para evitar el surgimiento indeseable de una democracia populista que interrumpa la formación del nuevo bloque histórico.
En definitiva, la intervención de Rubio debe ser entendida como la estrategia para impedir que en Venezuela la coalición burocrático-partidista--militar del viejo régimen conduzca un proceso de reformas limitadas: autoritarismo maquillado para la supervivencia, o una forma amañada de transición sin rendición de cuentas y conducente a una democracia populista tolerable para los actores del viejo régimen y aceptable para los del nuevo régimen.
Esa intervención busca conseguir una auténtica ruptura con el pasado y para eso, necesariamente debe desmantelar el poder del PSUV, único factor del viejo régimen que es irremisible y debe ser aniquilado. La tensión de la coyuntura está centrada en este asunto y nadie, ninguno de los actores considerados, tiene en manos y por anticipado una baza ganadora al respecto. Habrá que ver cómo evoluciona la situación del gobierno venezolano tutelado en los próximos meses, para afinar el pronóstico.
















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