Dante Bobadilla

Que empiece la función

Los nuevos congresistas visitan Palacio de Gobierno

Que empiece la función
Dante Bobadilla
05 de febrero del 2020


Si hay algo que distingue a Martín Vizcarra es su afán protagónico. El tipo ya no vive sin los reflectores encima. Es todo un
showman que cada día nos tiene un número político para las portadas, aunque repita las mismas relamidas frases. El pleito con el Congreso hasta su cierre final lo mantuvo a tope, entre la algarabía de las tribunas que lo aplaudieron de pie. Eso debe haberle producido una transformación molecular a su personalidad. Ya no es el mismo. En su mente resuena a diario la frase de Luis XIV: “El Estado soy yo”.

Ansioso por acaparar el protagonismo tras las elecciones, montó el show del diálogo con los congresistas electos y que aún no han sido proclamados. Es decir, aún no son nada. Pero no importa. Vizcarra está apurado por vender su imagen. Visto en frío, no se entiende para qué otra cosa sirven estas reuniones como no sea solo para llamar la atención de la prensa. Y lo peor es que los partidos –o los grupos que se venden como partidos– no han podido resistirse. Ni siquiera los directamente afectados por el golpe de Estado, como los fujimoristas. Todos han corrido al llamado del gobernante de facto a recibir su palmadita en el lomo y su manual de instrucciones llamada “agenda país”. Si no lo siguen al pie de la letra obviamente serán acusados de obstruccionismo, anti patriotismo o algo por el estilo. Ya veremos.

¿Qué tienen que hacer los congresistas en Palacio de Gobierno sin agenda ni motivo? Nada. Pero han corrido ansiosos a formar fila con su DNI en la mano para ver a Su Majestad. Algunos, como Urresti y Arana, lo hacen para montar su propio show. Hasta la chica símbolo Arlette Contreras empezó ya con su espectáculo feminista, el único rollo que tiene en la cabeza. Estos personajes aprovechan cualquier ocasión para sus propios fines políticos, pero el saldo final para la democracia es nefasto. Lo paradójico es que fueron los iluminados santones del Frepap quienes dieron lecciones de cordura y prudencia al negarse al besamanos presidencial.

La conclusión es que no hay políticos acá. No se vislumbran los códigos de la política. No hay sentido de democracia, se ignoran los roles de cada instancia del Estado. Se limitan a la pose, a peinarse bien y alinearse como escolares para la foto de la promo con fondo de Túpac Amaru, el cuadro que el dictador Velasco Alvarado colgó en palacio y nadie se atrevió a retirar. Una imagen bastante sugestiva. Y es que nunca fuimos una república. Solo pasamos a ser una colonia sin virrey, donde el poder era asaltado por aventureros. Primero con armas y caballos, luego con tanques y ahora solo con abogados. Antes hacía falta el ejército para dar un golpe, ahora bastan unos abogados vestidos de constitucionalistas y unos amigos en la prensa. Nada que no se pueda conseguir fácilmente en estos días.

Sigamos jugando a la democracia y supongamos que somos una república. ¿Qué sigue ahora? ¿Cuál es el siguiente show de la política? Porque acá todo es show. Hay que entretener a las masas con algo. Lo que sea. Son masas que no piensan, no razonan, no analizan. Siempre se quejan del Estado, pero igual adoran al Estado. Ya están acostumbradas al desastre del Estado, a las colas en los hospitales, a la falta de citas, de equipos y medicinas. Ya saben que les toca hacer colas desde la madrugada y sobornar a alguien para conseguir un cupo en una mediocre escuela pública. Viajan resignados por la angosta y precaria carretera Central, rezando para que no haya un atoro de seis horas. Ya no se quejan por nada. Solo quieren más promesas y circo.

A nadie le importa el desastre del Estado. Ni siquiera importan las víctimas que ocasiona la incuria de la burocracia. Todo se cubre con publicidad, media training y campaña de medios, o se tapa con un psicosocial contra los enemigos del régimen. En el país de ficción en el que hoy vivimos la persecución política se vende como “lucha contra la corrupción”; el chantaje, como “investigación”; la destrucción de los partidos, como “reforma política”; el soborno a la prensa, como “comunicación del Estado”; el control de la justicia, como “reforma de justicia”. Y hasta el golpe de Estado con cierre del Congreso se vende como “auténtica democracia” avalada por las encuestas. Para colmo, el griterío de la chusma se asume como “la voz de Dios”. Y si todo eso es poco, todavía nos siguen repitiendo la frase más relamida de los últimos veinte años: “lucha contra la corrupción”.

Dante Bobadilla
05 de febrero del 2020

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