Eduardo Vega

Policías que no conocen los colores

Sobre los múltiple problemas del tráfico limeño

Policías que no conocen los colores
Eduardo Vega
11 de septiembre del 2026

 

El tráfico en la capital es tan impredecible que los limeños pueden pasar las circunstancias más disímiles en un mismo día sin que exista mayor explicación. Podemos salir temprano y llegar tarde, salir tarde y llegar temprano, o salir con el tiempo justo y no poder proyectar ningún resultado posible.

Es cierto, la ciudad está infestada de autos, motos, scooters, bicicletas, buses, de todas las características, colores y clases de formalidades; que convierten a la circulación en una aventura diaria en la que ser peatón (teóricamente el gran preferente para mayoría de circunstancia) puede resultar tanto o más peligroso, como cualquiera de los que conduce o utiliza los vehículos que transitan por la calle.

Por increíble que parezca, en esta jungla donde todos se tratan como si fuera tierra de nadie, también existen autoridades supuestamente encargadas de controlar y regular las acciones y los excesos de todos los intervinientes; sin embargo, en múltiples oportunidades se puede observar que lejos de contribuir con la vialidad, generan más confusión, puedes llegar al semáforo en verde y no tener derecho a pasa o detenerte por ver el rojo y ser increpado a seguir con señales presurosas.

En efecto, existen esquinas o cruces críticos que se encuentran semaforizados, incluso con sensores para el volumen de tránsito para la automatización del sistema, pero que gracias a las “ayudas humanas”, se convierten en un despropósito absolutamente subjetivo, que no hace sino generar mayor frustración entre los ciudadanos ya estresados por los ajetreos y riesgos adheridos del día a día.

No es razonable que un peatón deba esperar el equivalente a tres o cuatro cambios de luz para cruzar una calle o avenida, cuando es tan ciudadano como el conductor “favorecido” por los criterios de los reguladores humanos. Peor aún, cuando favorecen los sentidos de la circulación, generan que en innumerables ocasiones, las personas se queden paradas en el medio de estrechas bermas centrales, o incluso intenten cruces suicidas en razón del apuro adicional que les generó la inusual demora para la autorización de su pase.

Así las cosas, y sin importar si son los agentes de la Policía Nacional del Perú o los que vienen de alguna municipalidad con chalecos amarillos. Resulta por demás irónico que ninguno de estos fiscalizadores se dedique en realidad a buscar el respeto de las normas de tránsito, y mientras distorsionan el cumplimiento de la norma, como si no conocieran los colores o fuesen daltónicos.

Si se les pregunta por qué lo hacen, seguro responden que “reciben órdenes” (sabe Dios de dónde o quién) y por eso, sin importar si viene una ambulancia o los bomberos, ellos solo se dedican a dar pasos desproporcionados a la vía que consideran o les ordenan sea preferencial (aparentemente de manera antojadiza o arbitraria).

Lejos de la anécdota, o el ridículo que generan haciendo señas fuera de las establecidas en el reglamento de tránsito (muchos parecen estar “abanicándose” con la linterna), creo que sería mejor que esos policías y agentes municipales, apaguen los costos semáforos con los que trabajan a contradicción, pues cada vez que generan esperas ridículamente largas –a contramano de las señales automáticas razonables–, solo se desautorizan a sí mismos; generando aún más desconfianza en la población, pues si antes que sancionar a los infractores, se encuentran promoviendo arbitrariedades aparentes, o prefieren hacerse de la vista gorda; poco o nada podremos mantener de algún concepto de autoridad.

Hace unas semanas el ministro de Transportes anunció que los miembros del gabinete no gozarían de comitivas de seguridad para circular por la capital. Si bien se trata de una buena iniciativa, creo que debería sumársele el planteamiento de instalar un sistema de inteligencia artificial para el control del tráfico, dejando a los agentes policiales y las cámaras la fiscalización para que den un paso preferente a las ambulancias (si no son detectadas) y sancionen directamente a quienes no sigan las señales. Porque de momento, como bien dice mi hija de siete años, “parece que no saben los colores”.

A ver si el próximo alcalde puede encontrar una solución, porque los criterios que tenemos hoy se aprecian autodestructivos en todos los sentidos.

Eduardo Vega
11 de septiembre del 2026

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