Dante Bobadilla

Payasadas progresistas

Recientes episodios de la historia de la hipocresía izquierdista

Payasadas progresistas
Dante Bobadilla
08 de enero del 2020


Patética, ridícula, estrafalaria, grotesca, cantinflesca, burda, pueril y otras cosas más resulta la pataleta progrecaviar desatada porque un candidato tuvo la infeliz ocurrencia de ofrecerle un jabón a su contrincante, mofándose de la típica apariencia desaseada de los progresistas, quienes suelen hacer gala de su facha desaliñada y sucia. Ofrecer un jabón no es nada comparado con lo que acostumbran hacer los progrecaviares en sus asquerosas campañas políticas de demolición, con caricaturas ofensivas, titulares difamatorios e insultos del peor calibre, proferidos incluso por el propio personaje supuestamente agraviado por el jabón.

Es una raya más en la historia de la hipocresía izquierdista. De una izquierda que hoy no tiene absolutamente nada que ofrecer en la campaña, como no sea su típico estribillo de condenas al fujimorismo. No vamos a tomar en cuenta su charlatanería cansina de siempre a favor de una nueva Constitución, defendida con argumentos ridículos. No hay una sola razón válida para cambiar la Constitución. Y no es que a mí me encante esta Constitución plagada de falsos derechos y absurdos conceptos progresistas, como declarar todas las lenguas “oficiales”. 

El Estado tiene la obligación de atender a los ciudadanos en la lengua que hablen. Eso no convierte a esa lengua en “oficial”. El idioma oficial del Estado tiene que ser solo uno, y es el que se utiliza para publicar las leyes y comunicados oficiales, y para hablar en el parlamento. Punto. Eso no quita que el Estado tenga la obligación de atender a los ciudadanos en su propio idioma. Hasta los extranjeros tienen el derecho a ser atendidos en su propio idioma porque los derechos humanos son universales. 

Debería aclararse este enredo de las “lenguas oficiales” en la Constitución. Así nos ahorramos huachaferías como la vista en el acto oficial del Tribunal Constitucional, donde se hizo cantar el Himno Nacional en quechua, vieja reminiscencia del velascato añorado por la izquierda. Que los cusqueños canten el Himno en su quechua, los cajamarquinos en el suyo y los huaracinos en el propio me parece muy bien. Es su derecho. En el Perú hay por lo menos tres quechuas diferentes y otros dialectos del quechua, además de otras lenguas de minorías. Pero el castellano es uno solo y es mayoritario. Tiene escritura, reglas claras e instituciones que lo preservan. Hay una gran diferencia. 

En la Constitución de 1979 estaban más claros los conceptos de “idioma oficial” y “usos oficiales” de las lenguas. La Constitución vigente, en cambio, habla de “idiomas oficiales” creando la confusión actual y propiciando esta histeria progresista alrededor de las lenguas originarias. El idioma es algo que le pertenece a los pueblos. El Estado no tiene nada que hacer al respecto. No tiene que promover ni preservar las lenguas. Nada. Ese no es su trabajo. Las lenguas se transmiten de padres a hijos, se mezclan entre las comunidades, se actualizan, se diluyen y hasta se abandonan por sí mismas. Mantener una burocracia ociosa dedicada a la idolatría de las lenguas nativas es el gasto más insulso en el que se ha caído en los últimos tiempos, desde que se inventó un Ministerio de Cultura para felicidad del progresismo. 

En esta campaña electoral no se escucha ni una sola propuesta para reformar el Estado. Ya casi hemos vuelto al Estado hipertrofiado de los ochenta, repleto de ministerios y organismos públicos que nadie sabe para qué sirven. En San Isidro y San Borja nos topamos a cada paso con una casona lujosa que tiene un logotipo oficial. Es alguna dependencia pública pagando costosos alquileres y manteniendo una burocracia dorada que no aporta nada. Paso todos los días por el local de un Programa Nacional de Diversificación Productiva. ¿Cuánto nos cuesta y qué nos ha producido hasta ahora esa dependencia que ocupa toda una residencia en San Isidro?

Sería bueno que los candidatos empiecen a pensar en los verdaderos problemas del país, los cuales empiezan en un Estado gigantesco y absolutamente inoperante, dedicado a burdas exquisiteces progresistas que cuestan mucho y aportan nada.

Dante Bobadilla
08 de enero del 2020

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