Dante Bobadilla
Oxígeno para Vizcarra
Nuevo Gabinete trae cuadros más técnicos y menos ideologizados
La soledad política ha llevado a Vizcarra a echar mano de Pedro Cateriano para conducir la nave del Gobierno, que hace tiempo va a la deriva. Es un cambio prudente y por ahora merece el beneficio de la duda. Confiamos en que la presencia de Cateriano garantice un mayor respeto por la Constitución y la institucionalidad democrática del que hasta ahora ha venido mostrando Vizcarra. Si hay un papel que Cateriano puede cumplir a cabalidad es ese.
Lo único que queda es mantener a flote este Gobierno hasta la transferencia. No podemos pedir más, dadas las circunstancias. Vizcarra necesita que alguien le haga pisar tierra y lo convenza de que no es Napoleón, y que sus reformas políticas no son vitales. Lo que debe hacer es enfocarse por completo en resolver el grave problema de la pandemia. Ya no es el terrorismo despiadado de grupos de izquierda, sino un virus igual de letal. No es, pues, el momento de ponerse a discutir sobre la paridad de género ni de evitar que los corruptos lleguen al Congreso, cuando todo el Estado está infestado de corrupción.
Cuenta la leyenda que en el siglo XV, mientras los turcos otomanos sitiaban Constantinopla, en esta ciudad sus líderes debatían sobre el sexo de los ángeles. No es muy diferente lo que ocurre en nuestro país. Mientras la pandemia se cernía como una amenaza mortal sobre los peruanos, en Palacio de Gobierno se debatía sobre cómo luchar contra el patriarcado, y se diseñaban estrategias de igualdad de géneros. Ya hemos superado la leyenda.
Si de algo nos ha colmado hasta el cansancio Vizcarra es de su guerra política disfrazada de lucha contra la corrupción, materializada finalmente en un golpe de Estado y una caprichosa reforma política. Esta reforma –emprendida con alardes de proeza– tiene todos los vicios de un gesto populista. En primer lugar es reactiva. Surge como respuesta apurada a una serie de hechos que provocaron indignación en determinados sectores, tales como la mayoría fujimorista en el Congreso del 2016, que encolerizó a la clase dominante, luego los llamados “audios de la vergüenza”, y la megacorrupción de la mafia brasileña con sus repercusiones en la política peruana, lo que motivó una inusual guerra político-judicial que no acaba.
En segundo lugar, esta reforma pretende corregir con simples brochazos males profundos de la sociedad, la cultura y la política peruana. Parte de culpabilizar a ciertos sectores identificados como “los corruptos” para levantar vetos, como si fueran muros para resguardar la integridad de la política. La historia ya nos ha demostrado que los muros nunca han contenido a los bárbaros, y que más bien facilitaban los sitios. En ese intento, lo que han hecho es perjudicar a los partidos políticos quitándoles autonomía y financiamiento, han complicado aún más el proceso electoral, han pervertido la democracia y la meritocracia con ideología de género, con lo que han terminado afectando la calidad de la futura clase política.
En resumen, ni van a evitar que los corruptos ingresen a la política, ni van a mejorar a la clase política o –mucho menos– a los partidos, si queda alguno. Ya tenemos en el nuevo Congreso una pequeña muestra de lo que resulta de las reformas de Vizcarra, y de sus actitudes políticas.
Lo que resta de este Gobierno debería transcurrir en la reconstrucción del país, dejando de lado todas estas discusiones bizantinas. El mal ya está hecho, pero no debemos empeorarlo. Ahora hay que enfocarnos en sobrevivir y reconstruir la economía. Para este objetivo ha hecho bien Vizcarra desembarcando al Frente Amplio y sumando cuadros más técnicos y menos ideologizados. Esperamos que se cambie la tónica confrontacional y hepática del Gobierno, y se tome consciencia de la gravedad del momento. Es hora de tomar medidas no solo de emergencia sino desesperadas. Por ejemplo, liberalizar el mercado laboral por completo. Es hora de pensar en los empleos antes que en los derechos laborales. La gente quiere tener un trabajo y un sueldo antes que cualquier otra gracia. Las empresas quieren reactivar los negocios, pero no están en condiciones para cubrir las exigencias legales del campo laboral y tributario. Hay que dejar temporalmente de lado las leyes para tiempos normales.
Después de Katrina, el gobierno de EE.UU. dio leyes especiales para la reconstrucción, y prácticamente se liberalizó todo, al punto que se podía contratar mano de obra sin ningún requisito legal, incluyendo inmigrantes indocumentados. A grandes problemas, grandes soluciones. Veremos si Pedro Cateriano está a la altura de las circunstancias.
















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