Dante Bobadilla
Nada que celebrar
Tenemos ahora una cuasi dictadura tribal
Francamente el país da pena. Estamos bien económicamente gracias al modelo económico de la Constitución, que resiste a pesar de tantas leyes bobas de intervención del mercado; pero política y socialmente el país es un desastre. Los dueños de la moral se pasaron 18 años condenando los defectos de los noventa, pero lo que han creado al final es mucho peor.
Por ejemplo, la corrupción ha superado cualquier antecedente histórico, el chuponeo y reglaje de opositores es más descarado, el nivel de la prensa es simplemente una vergüenza, las campañas de demolición política han superado todo lo vivido, hasta han convertido a los principales diarios en “diarios chicha”, y usan fiscales para encarcelar enemigos. Deberían dejar de cacarear contra los noventa y empezar a preocuparse por el presente. Está peor.
Quienes ayer fustigaban a las periodistas tildándolas de “geishas de Fujimori”, hoy podrían hablar de las “cortesanas de Vizcarra”. Pero no lo harán porque los ataques más abyectos se dirigen solo al fujimorismo. Jamás había visto los niveles a los que se llega hoy en el insulto a Keiko Fujimori. Todo vale: pancartas denigrantes, marchas fascistas, caricaturas perversas, humor degradante, portadas difamantes y mucho más. Y todo en defensa de la moral política. Hay periodistas que salen al aire como fieras hambrientas, y lo único que tienen para ofrecer en horario estelar es su histeria, pobreza mental y fanatismo irracional. Nada de esto se vio jamás antes. Hoy la degradación es mayor. El país da pena.
Y ni hablar de las redes sociales. Echarle una mirada a los comentarios debajo de las columnas es nauseabundo. No pasan del insulto. Por regla general insultan a Keiko y el “fujiaprismo”, sin importar de qué trate la columna, que ni se molestan en leer. La mayoría son jóvenes, y me resulta difícil entender por qué odian tanto a Keiko. Dicen que no hace falta haber vivido los noventa o la Guerra del Pacífico para conocerla, pero no pueden reconocer a Miguel Grau en una lámina. La mayoría de estos rabiosos neoantifujimoristas tiene un nombre de esos que se leen el parabrisas posterior de un taxi, con una cuenta repleta de anime japonés. Todos ellos son el resultado de una década y media de adoctrinamiento en el odio y la mentira.
Pero al parecer nadie se da cuenta de lo mal que estamos. Hemos perdido el rumbo como país y a nadie le interesa. Nunca el país había estado tan dividido y enconado. Salvo en la dictadura de Velasco, jamás tuvimos una prensa tan sumisa al poder, ni estuvimos rodeados de tanta mediocridad convertida en celebridad y referente moral. Y no tengo ninguna duda de que toda esta miseria social es obra del progresismo y la élite caviar, quienes tuvieron todo el poder y amplia libertad para emprender su macartismo antifujimorista durante 18 años, como si fuera necesario llegar a tales niveles de degradación, obsesión y perversidad. La política sistemática de aniquilamiento, el adoctrinamiento en el odio, la judicialización de mentiras perversas y la implacable maquinaria de demolición disfrazada de cruzada moral han hecho estragos en nuestra sociedad y democracia. Esto ya no merece llamarse ni sociedad ni democracia.
La culminación del plan maestro caviar ha sido la injusta y arbitraria prisión de Keiko. Una vez más, disfrazada de lucha contra la corrupción. Ridícula excusa usada con alguien que nunca tuvo un cargo público, pero que basta para cubrir las apariencias. A esto hemos llegado hoy: vivimos un mundo de fingimientos de verdades oficiales que solo sirven para encubrir la realidad. Ahora tenemos una cuasi dictadura tribal. El libreto de Vizcarra es el de cualquier dictador: trepado en la ola de la indignación popular, trata de capitalizar el sentimiento de la plebe para personificarlo y liderarlo. Mantiene al pueblo entretenido con el circo de la lucha contra la corrupción, repitiéndolo como si fuera la dosis diaria de una droga.
Vizcarra lo tiene todo para montar su dictadura: un libreto efectivo, un chivo expiatorio, apoyo popular, un Congreso pasmado, instituciones debilitadas, sumisión de la prensa (a través de una descontrolada y millonaria publicidad estatal), apoyo del poderoso cartel oenegero, simpatía de los “notables” de la élite caviar, y un desconcierto total en la clase política, en la que no se aprecia un mínimo frente de oposición. Nunca tuvimos semejante escenario en el país. Y no sé si llegaremos al bicentenario siendo todavía un país.
















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