Dante Bobadilla
Liquidación de la clase política
Sobre autoritarismos y salvadores de la patria
Vizcarra parece estar siguiendo al pie de la letra el manual del típico dictador populista caribeño y latinoamericano. No hay un solo gobierno de corte autoritario que no haya labrado su fama denostando a la clase política y culpando a los gobiernos anteriores de todos los males del presente. El dictador se muestra siempre como un salvador de la patria que ama a su pueblo y está presto a luchar fieramente contra los malos, que suelen ser los políticos de oposición, los empresarios que suben los precios y los periodistas críticos de su gestión.
No hay nada nuevo en Vizcarra. Tiene a sus aliados de ocasión, su corte de adulones, su argolla mafiosa que hace y deshace en su nombre, y su bufete de abogados constitucionalistas encargados de echarle un brochazo de legalidad retórica a cada exabrupto para guardar las apariencias democráticas. Vizcarra no tiene empacho alguno en mencionar con absoluto cinismo su respeto irrestricto por la Constitución y la separación de poderes, antes de meter su cuchara, criticar o darle un ultimátum al Congreso o la Fiscalía.
Pero lo más peligroso de los dictadores mesiánicos es su afán reformista. Al estilo de Napoleón, les encanta refundar la patria y crear un nuevo orden. Napoleón no tuvo otra opción, ya que los revolucionarios habían destruido todo y no crearon nada nuevo. La tan idealizada Revolución francesa no pasó del genocidio y el caos. Napoleón tuvo que detener la masacre, imponer el orden y luego emprender las reformas que definieron la nueva República. Fue el genio de Napoleón, y no las masas histéricas ni los intelectuales reformistas, quien hizo los cambios. Hasta tuvo que pactar con la Iglesia y coronarse emperador para ser tratado de igual en un mundo dominado por grandes y viejas monarquías. A diferencia de los revolucionarios, Napoleón comprendía perfectamente el peso de la realidad.
A los dictadores latinoamericanos les encanta posar como Napoleón, pero pasar por revolucionarios. Siempre están hablando de reformas, pero solo para detentar más poder o aplastar a sus enemigos. Vizcarra no es la excepción. Primero hipnotizó a la sociedad con una campaña siniestra de demolición del Congreso. Así creó la coyuntura perfecta para presentar su reforma como la cura de todos los males de la política perversa. Apostó a lo grande: cambiar la Constitución con referéndum de por medio. A lo Hugo Chávez. Luego, para que nadie dude de su inquebrantable honestidad y neutralidad, encargó a un grupito selecto de caviares diseñar las reformas políticas. Era como pedir a los filósofos los protocolos sanitarios contra el coronavirus. Y es que acá se ha llegado a creer que la política es un asunto vulgar que cualquiera conoce y lo puede ejercer y hasta modificar. ¡Cómo se iba a desconfiar de un comité de encumbrados señorones de la academia!
Así fueron saliendo las propuestas de reforma política con los infaltables caprichos ideológicos del progresismo mundial, como la relamida igualdad de género. Reformas que impiden la profesionalización de los políticos y bloquean a los más capaces prohibiendo su reelección; y que buscan controlar desde afuera a los partidos –impidiendo su dinámica propia y eliminando los liderazgos naturales–, burocratizar la elección de los candidatos, limitar su financiamiento –para impedir el compromiso de la sociedad civil y de la clase empresarial con la política–, debilitar las prerrogativas de los congresistas para disminuir su capacidad fiscalizadora, etc.
La reforma política no ha sido hecha por políticos, sino por académicos ilusos, opinólogos de escritorio y por esa nueva plaga de los llamados “científicos sociales”, que han hecho de la ideología el pan de cada día. Pero básicamente por allegados improvisados y temporales de la política que, cual aves de paso, no conocen el mundo de la política ni serán las víctimas de sus reformas en el futuro. Una reforma chambona impulsada como mero acto político en tono de venganza por el Gobierno más mediocre de la historia, pero a cuenta de la izquierda caviar.
Y, como suele suceder, todo este desastre se ha hecho invocando las mejores intenciones, levantando las banderas de la moral y lucha contra la corrupción, defendiendo el ridículo principio de igualdad forzada y numérica entre hombres y mujeres, alegando la guerra contra el narcotráfico, combatiendo a los cacicazgos y a los políticos eternos, favoreciendo la renovación de la política, fortaleciendo la democracia y los partidos, etc. Demasiadas buenas intenciones que no han sido más que excusas burdas para perpetrar lo que sin duda ya es la liquidación de la clase política en el Perú. Esta reforma es la estocada que faltaba. Este Congreso ya nos ha permitido saborear lo que son las reformas de Vizcarra.
















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