Dante Bobadilla
La pandemia progresista
El Estado es una poderosa arma que puede caer en manos equivocadas
La pandemia está poniendo a prueba la eficacia del Estado, y ha suscitado un debate entre progresistas y liberales. Para los progresistas solo el Estado puede hacer frente a una pandemia, lo cual haría necesaria su existencia. Una justificación bastante floja si lo que se quiere es defender la omnipresencia del Estado en cada segmento de la vida de los ciudadanos, que es la obsesión del progresismo.
Nadie duda de que se requiere un Estado para cierto número muy limitado de cosas. Hasta una comunidad elemental, como un vecindario, requiere cierta estructura administrativa, un grupo especial que se ocupe de lo público y común. Pero nadie toleraría que este comité se inmiscuya en la moral, costumbres y valores de cada familia, pretendiendo imponer reglas alimenticias, por ejemplo, con el argumento de que eso también es “bien común”.
El debate entonces se centra no en la existencia del Estado –que es un mal necesario, hay que admitirlo–, sino en su tamaño, prerrogativas y limitaciones. Lo que tenemos en el Perú es un enorme Estado omnipotente que se cree con autoridad para meterse en todo. Crece sin control al impulso de la demagogia y el voluntarismo de cada gobernante. Acá tenemos alcaldes que exceden sus atribuciones, fiscales que abusan de su poder, jueces que exageran sus prerrogativas y presidentes que se creen emperadores. El Estado es, pues, una poderosa arma que puede caer en manos equivocadas. ¿Por qué quisiéramos los ciudadanos que el Estado sea un arma demasiado poderosa sabiendo que el pueblo no sabe elegir?
Lo ideal es que el Estado sea muy limitado, pero eficiente. La principal virtud de la Constitución de 1993, tal vez la única, es que le pone límites a la intervención del Estado en la economía. Sin eso hoy estaríamos una vez más en la crisis económica de los ochenta. Un buen ejemplo es Petroperú, que ya nos endeudó por US$ 6,000 millones con una refinería innecesaria. Petroperú no vale ni el edificio que tiene como sede. Mientras el Estado malgasta miles de millones en aventuras empresariales y ministerios inútiles, carecemos de las cosas más básicas, como carreteras, puentes, agua potable y alcantarillado, hospitales, policías, etc.
La actual crisis sanitaria ha puesto de manifiesto lo que realmente es útil en el Estado. El presidente Vizcarra comparece ante la prensa con lo que importa; es decir, un puñado de seis ministros, en el que incluso sale sobrando la titular del Midis. Lo que ahora vemos movilizado es lo básico de un Estado; es decir, sus Fuerzas Armadas y policiales, la sanidad, un relacionista público internacional, la que maneja las cuentas de la caja fiscal y punto. Viendo el desastre que es la educación pública en manos de fanáticos ideologizados que han pervertido el currículo escolar, y de un sindicato comunista que ha impuesto su mediocridad, no me atrevería a sumarle la educación.
Todo lo demás es descartable en el Estado o se puede reducir a una simple oficina. Muchos ministerios son una feria de viceministerios pomposos y organismos parásitos que no le aportan nada al país. A menos que alguien crea en los despropósitos de la ministra Montenegro son esenciales, o que un viceministerio de la interculturalidad hace algo, o que sin una oficina del diálogo nada es posible. Esta pandemia ha demostrado que la sociedad no es susceptible de ser concientizada con campañas de “sensibilización”. No tienen ningún sentido. Eso no cambia la conducta de la gente. La mayoría es inmune a esos conjuros progresistas.
Esa mala costumbre de crear un organismo cada vez que aparece un problema no nos ha ayudado a resolver nada. Y menos en el campo social, que es adonde le encanta meterse al progresismo por la ridícula idea de que la sociedad puede ser transformada a base de leyes. La obsesión de la izquierda es el cambio social. Sueñan con la sociedad perfecta y creen que es misión del Estado crearla, formando ciudadanos perfectos que actúen como robots hechos en serie para acatar los dictados del Estado. Es un delirio absurdo. En el siglo pasado lo intentaron mediante el genocidio, la limpieza social y el adoctrinamiento compulsivo, y fracasaron. Hoy emplean la ley, la charlatanería cursi y el discurso moral.
En una época de baja lectura y problemas de comprensión lectora, la gente ya no sabe de qué trata el Estado ni en qué consiste la democracia. El presidente Vizcarra no entiende de separación de poderes ni sabe bein cuál es su rol en el Estado. ¿Qué podemos esperar de las masas? Ellos adoran al Estado como a un dios laico. La pregunta final es ¿hasta dónde crecerá el Estado? ¿Cuánto más nos costará? Hoy solo el 30% del Estado nos sirve. El resto solo es peso muerto sobre nuestros hombros.
















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