Berit Knudsen

La Gran Divergencia y el orden Imperial

La brecha entre las sociedades industrializadas y las que quedaron rezagadas

La Gran Divergencia y el orden Imperial
Berit Knudsen
27 de agosto del 2026

 

A finales del siglo XIX el mundo enfrenta un gran cambio. La Revolución Industrial transforma las capacidades de las potencias europeas más allá de la producción. Aparecen ferrocarriles, barcos de vapor, nuevas armas, sistemas financieros, comunicaciones y la capacidad para trasladar hombres, mercancías y poder a grandes distancias.

Eric Hobsbawm analiza esta transformación como el inicio de la Era del Imperio. Un reducido grupo de países industrializados logra un crecimiento económico, tecnológico y capacidades militares por encima del resto del mundo. La historiografía llama Gran Divergencia a la brecha entre las sociedades industrializadas y aquellas que quedaron rezagadas.

La divergencia crea una enorme asimetría de poder, surgiendo países “avanzados” con capacidades para dominar a los “atrasados”. Entre 1880 y 1914, la superioridad económica y militar se convierte en conquista, anexión, protectorados y esferas de influencia. 

Al mismo tiempo, el planeta se integra como nunca antes. Comercio, capitales, migraciones, ferrocarriles y navegación conectaron territorios alejados de los grandes centros económicos. Regiones remotas se convierten en proveedores de caucho, cobre, algodón, petróleo, alimentos y mercados para una producción industrial en constante crecimiento. Para Hobsbawm, esta economía mundial permite entender la expansión imperial. 

Las potencias compiten por rutas estratégicas, seguridad y prestigio. Poseer colonias se convierte en una demostración de poder. Alemania quería un imperio porque Gran Bretaña y Francia los tenían; Italia necesitaba colonias para afirmar su condición de potencia. Iniciado el reparto, los avances de un rival impulsaron nuevas expansiones. 

A ello se sumó la justificación ideológica. Nacionalismo, racismo, darwinismo social y “misión civilizadora” presentan una relación profundamente desigual como parte del progreso. La superioridad material se convirtió en argumento de superioridad cultural.

Así nace el “orden imperial”, sistema internacional jerárquico con potencias industriales ocupando el centro, mientras regiones de África, Asia y las periferias quedan subordinadas política o económicamente. Las colonias suministraban materias primas y mercados; las metrópolis concentraban capital, tecnología y manufacturas. Hobsbawm afirma que la función de las colonias era complementar las economías metropolitanas, no competir con ellas. 

Años más tarde, el primer Congreso contra la Opresión Colonial y el Imperialismo, reúne en Bruselas (1927) a representantes de movimientos anticoloniales, organizaciones obreras, socialistas y comunistas, dando origen a la Liga contra el Imperialismo. La iniciativa, impulsada por el Komintern y otros movimientos nacionalistas, busca articular la lucha contra el colonialismo y el capitalismo. La evolución conceptual llega hasta nuestros días. En la tradición marxista, imperialismo termina identificándose con capitalismo occidental y posteriormente con Estados Unidos como potencia hegemónica.

En el siglo XXI, la conducta imperialista se entiende como la “pretensión de una potencia que limita de manera sostenida la autonomía política, económica o estratégica de otros Estados en una relación jerárquica favorable a sus intereses”. Pero se aplica selectivamente. Estados Unidos puede desarrollar conductas imperialistas. Pero Rusia actúa en forma imperialista cuando pretende decidir los límites de soberanía de sus vecinos, utilizando la fuerza para anexar territorios. China lo hace al convertir la asimetría económica y estratégica en instrumento de coerción, imponiendo esferas de influencia. Irán utiliza redes de actores armados y organizaciones dependientes para proyectar poder regional. El imperialismo, entonces, no se define por la ideología de quien domina, sino por la relación de poder que establece.

Esa es la paradoja contemporánea. Un siglo después de Bruselas, algunos movimientos siguen denunciando relaciones de dominación, pero reservan la palabra “imperialismo” exclusivamente para Estados Unidos y Occidente. Hobsbawm permite regresar al origen: concentración de poder que permite a unos Estados reducir la autonomía de otros, desarrollando una relación jerárquica. Las potencias cambian, cambian los instrumentos y desaparecen muchas colonias. Pero la lógica del poder resulta sorprendentemente actual.

Berit Knudsen
27 de agosto del 2026

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