Carlos Adrianzén

Marketing desesperado

La única forma sostenible para recaudar más es crecer económicamente

Marketing desesperado
Carlos Adrianzén
26 de agosto del 2026

 

Ya estamos en el límite. No existen, ni previsiblemente existirán, recursos suficientes para enfrentar los problemas que se avecinan, si antes no priorizamos el gasto público con responsabilidad. En términos prácticos, ello implica cerrar Petroperú, redimensionar los dieciocho ministerios hasta concentrarlos en los cinco despachos verdaderamente indispensables; y por supuesto, evitar la práctica manirrota de contratar deuda costosa.

Queramos reconocerlo o no la presión tributaria, entendida como la proporción de los ingresos corrientes del gobierno respecto del producto nacional, ya se encuentra en su límite histórico, alrededor del 21% del PBI, nivel que ha caracterizado al Perú desde que esta variable puede medirse de manera consistente (ver Figura 1).

La primera lección es, por tanto, contundente: pretender elevar significativamente la recaudación mediante simples incrementos de tasas –redimensionando cargas sectoriales arbitrariamente– ignora una restricción empírica claramente observable. El Estado peruano ya se encuentra cerca de su techo histórico de extracción de recursos sobre las personas y firmas. Sin alto crecimiento económico, si un impuesto recauda más, otro deja de hacerlo.

La consecuencia natural de ello implica que la única forma sostenible de recaudar implica crecer de manera sostenida y a tasas significativamente más elevadas (ver Figura 2).

Sin embargo, algunos tributaristas locales persisten en la ilusión de las viejas pócimas del socialismo criollo. Repiten que exportamos únicamente piedras, que la calidad gerencial de nuestras empresas mineras y agroexportadoras resulta irrelevante y que la recaudación tributaria depende esencialmente de la evolución de los precios internacionales.

 

Una vez más, se equivocan

La agricultura costeña y la minería peruanas constituyen dos de las áreas más competitivas del planeta. Y la evidencia muestra que la recaudación tributaria depende mucho más del desempeño de la economía nacional que de los precios externos o términos de intercambio. 

Esa es precisamente la principal enseñanza de la Figura 2: cuando la economía peruana crece, la recaudación crece también, normalmente a un ritmo algo mayor. Los ingresos fiscales responden principalmente a la expansión de la actividad económica doméstica y no solamente a fluctuaciones circunstanciales de los mercados internacionales.

Desde luego, ese crecimiento de la recaudación nunca parece suficiente para satisfacer ciertas voracidades estatistas. Pero es precisamente allí donde la Figura 3 aporta una enseñanza particularmente reveladora.

Como resultado de tres factores concurrentes: (a) los bajos niveles de producto por habitante que aún caracterizan a numerosas regiones del país; (b) la elevada informalidad asociada al deterioro transversal de nuestra gobernanza burocrática; y (c) los sesgos ideológicos de sucesivos gobiernos que han perforado progresivamente la estructura tributaria, el Perú ha terminado configurando un sistema impositivo especialmente concentrado y torpe (ver Figura 3).

El resultado es una estructura basada en dos grandes impuestos, IGV e Impuesto a la Renta, ambos plagados de excepciones, acompañados por un conjunto de ingresos calificados administrativamente como "no tributarios" que, desde una perspectiva económica, cumplen perfectamente la definición de impuesto. Grosso modo, de un nuevo impuesto a la renta fundamentalmente enfocado en las planillas. 

La lección de la Figura 3 es clara: cuando el afán recaudador busca presionar simultáneamente por múltiples vías a los mismos agentes, termina restringiendo las bases imponibles y reduciendo la eficiencia global del sistema. 

Como enseña la teoría económica, y en particular las aproximaciones derivadas del ciclo vital y de los límites de sostenibilidad fiscal, cada país posee un umbral de presión tributaria más allá del cual los resultados se vuelven crecientemente contraproducentes, ceteris paribus.

 

Desesperadamente abusivos

Es precisamente en este punto donde aparecen los imitadores de Augusto Gramsci y los eternos promotores de la manipulación discursiva. Frente al universo de exoneraciones tributarias existentes en el Perú, cuya presencia nadie discute, la cuestión relevante no consiste en condenarlas indiscriminadamente, sino en distinguir entre aquellas que fracasan y aquellas que generan resultados verificables.

Para comprender esta diferencia conviene partir de una regla de oro aplicable a cualquier exoneración tributaria: existe una exoneración óptima: la exoneración para todos. Sin embargo, para el ideólogo tributarista o para el activista socialista, categorías que frecuentemente convergen en la práctica, la lógica no es la eficiencia sino el abuso. 

Los tributos son concebidos como instrumentos de castigo, expresión de su dimensión redistributiva más agresiva, mientras que las exoneraciones son tratadas como premios selectivos o prebendas, reflejando su faceta más abiertamente mercantilista.

Por ello, cuando un régimen tributario se aproxima a una estructura más eficiente y reduce distorsiones, surgen inmediatamente las críticas. Así ha ocurrido con los regímenes que han permitido el desarrollo de las exportaciones peruanas. Los gramscianos locales reaparecen entonces exigiendo la reducción de supuestos beneficios tributarios al sector privado. La combinación resultante suele ser la misma: extrema torpeza técnica acompañada de oportunismo político.

Se intentará presentar el retorno a esquemas tributarios hostiles a la exportación agrícola como un simple acto de justicia. Se dirá que los beneficios existentes no son más que regalos dirigidos a empresarios exitosos y que su eliminación corregiría supuestos privilegios de los ricos. Pero la evidencia empírica, aunque incómoda para esa narrativa, sigue siendo contundente.

Los datos que muestran el empleo generado por la agroexportación, así como la significativa reducción de la pobreza observada en las zonas donde esta actividad se ha desarrollado, simplemente son ignorados. La realidad les resulta invisible cuando contradice sus presupuestos ideológicos. 

Y aunque los expone a ridículo técnico, los hace atractivos para un segmento de la clase política local exuberantemente fácil de engañar.

Carlos Adrianzén
26 de agosto del 2026

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