Dante Bobadilla
La gentita indignada
La oenegecracia no quiere que existan partidos fuertes
Desopilante ha sido ver la reacción de la clase dominante frente al rechazo de uno de los suyos en el Congreso, al que vuelven a acusar de tener intereses subalternos, para no mencionar los comentarios de desprecio que le dedican a quienes no son dignos de su elevado estatus. “¿Qué es el Frepap?” se pregunta un representante de la alta sociedad. “No sé”, responde el príncipe de la casta real que aún no asimila cómo es que lo ningunearon luego de su discurso magistral y maratónico, que prometía refundar la patria de pe a pa.
Furibundos comentarios en flamígeras columnas y programas de opinión dieron color y calor a la fría mañana limeña. “¿Qué se han creído?” se repetía en nerviosos mensajes de Whatsapp de un iPhone a otro, sazonado con palabrotas de imposible reproducción. La gentita bien ya sentía que volvía nuevamente al pedestal del que nunca debieron salir. Celebraban con Chardonnay el final de la Era Oscura en que ese tal Zeballos (hasta el apellido lo tiene mal escrito) usurpó el cargo que les pertenece por gracia divina.
Los ya reconocidos dueños de la moral, guardianes de la memoria histórica y defensores de la democracia, que se pasaron veinte años rasgándose las vestiduras cada cinco de abril, tuvieron que morderse la lengua para no pedir, una vez más, el cierre del Congreso. Ya habían gastado todos sus argumentos promoviendo el cierre del Congreso anterior por “aprofujimorista”. Ya habían festejado el golpe de Estado, justificándolo con toda clase de argumentos jurídicos. Ahora, tensos constitucionalistas releían palabra por palabra la Constitución buscando un resquicio, una grieta, un insustancial vacío para sustentar la más mínima posibilidad de cerrar este Congreso atrevido, insolente, igualado. Pero nada. No había. Hasta que el presidente Vizcarra tuvo que aparecer en TV para anunciar con rostro desencajado que aceptaba la decisión del Congreso, posando una vez más como un demócrata cabal.
El Congreso fue acusado de defender intereses subalternos. Mejor dicho, intereses que no son los de la casta caviar. La caída de su miembro más ilustre les agrió el desayuno. ¡Quién iba a pensarlo! Rechazar a uno de los más insignes patricios de la República, cuando solo faltaba coronar sus sienes con laureles. “Este Congreso no está a la altura de los grandes retos del momento”, sentenciaron.
Una vez más descubrimos que cuando a la gentita le tocan sus intereses, abandonan sus poses de demócratas, porque la democracia solo les sirve cuando todo se alinea a su favor, cuando tienen el control de las instituciones, y sus amigos y allegados responden a sus instrucciones. De lo contrario, movilizan a sus huestes para cambiar el orden y quitar a quien se deba quitar y poner a quien conviene. Es por eso que detestan al Congreso, un foro que no pueden controlar porque representa al pueblo, les guste o no. A veces logran comprar a un judas que sirva a sus intereses, pero no siempre es posible. Es por eso que confabulan contra los partidos ideando reformas que minen su poder. Siempre en nombre de la democracia “verdadera”.
En la mira de la gentita están los líderes de partidos que se financian con sus universidades. Son vistos como una competencia desleal a las oenegés caviares, donde se cocinan las leyes, las reformas, y se adiestran y eligen a los ministros del establishment. La oenegecracia no puede permitir partidos fuertes y mucho menos universidades que financien partidos. Hay que acabar con ellos. Para eso están las reformas. No en vano Vizcarra es un firme defensor de la reforma política que destruye a los partidos y de la reforma universitaria teledirigida. Ambas cocinadas en los laboratorios de las oenegés. Nada se mueve en este país sin el permiso de la gentita.
Ahora falta saber a quién elegirá la gentita como sucesor de Pedro el Breve. Vizcarra debe estar impaciente por saberlo.
















COMENTARIOS