Dante Bobadilla
La furia de los conservadores
No debemos fiarnos de quien diga tener a dios por encima de todo
“Si se quiere suicidar que suba a un edificio y se lance” fue el fino comentario del candidato ultra conservador Rafael López Aliaga cuando se le pidió su opinión sobre el caso de Ana Estrada, la mujer en silla de ruedas que padece una enfermedad degenerativa incurable, y que está destinada a sufrir dolores e incapacidad progresiva hasta quedar en estado vegetal. Anticipándose a su destino, ella ha pedido al Estado que se respete su decisión de morir cuando ella lo determine. El Poder Judicial falló a su favor, desatando la furia de los conservadores.
De pronto, las redes se llenaron con toda clase de epítetos contra Ana Estrada, provenientes de la misma gente que se pasa los días repartiendo bendiciones y pidiendo cadenas de oración. Ellos se dedicaron a lapidarla virtualmente. Farsante, activista, progre, ¿qué esperas para matarte?, no quiero que usen mis impuestos en tu eutanasia. Fueron algunas de las cosas que le gritaban. ¿Cómo explicar esta conducta de parte de quienes viven golpeándose el pecho y orando? Como se ve, la falsa moral no es patrimonio de la caviarada.
Mientras los liberales ponemos por delante de todo a la persona humana –tal como lo hace nuestra Constitución en su artículo primero– y respetamos su voluntad y decisión sobre su propio cuerpo, vida y destino, los conservadores ponen por delante y encima de todo a su dios. Y digo “su dios” porque el dios de la Biblia es solo uno de los muchos dioses creados por los pueblos de la antigüedad, en este caso por los judíos. Todos los dioses tienen un nombre, incluso este, pero las religiones monoteístas se han apropiado del término genérico porque creen que el suyo es el único y verdadero. Pero solo se trata de un dios más.
Para los creyentes primero está Dios y luego todo lo demás, incluso las personas. Es imposible adivinar lo que realmente piensan. Ni siquiera lo que llaman “la voluntad de Dios” es clara. Una es la voluntad del dios de los judíos, otra la de los cristianos, y otra la de los musulmanes. Incluso la voluntad de Dios cambia según el predicador. Se sabe, por ejemplo, que a cierto dios no le gustan las ofrendas menores de cien dólares. De allí lo peligroso que resultan los defensores de “la voluntad de Dios”. A lo largo de la historia, Dios ha sido un pretexto perfecto para cometer toda clase de atrocidades. Cualquier cosa vale si se hace en nombre de Dios. Podemos llenar varios volúmenes con los actos demenciales cometidos por quienes han tenido a su dios por encima de todo y actúan defendiendo su voluntad.
Habría que empezar con lo hecho por los cristianos para imponer su fe en Occidente tras la caída del Imperio romano. Arrasaron con todo para imponer un solo dios, un solo libro, un solo credo, una sola iglesia. Como lo narran la historiadora británica Catherine Nixey y el filósofo francés Michel Onfray, templos, estatuas, bibliotecas fueron destruidos y quemados. Todo el mundo clásico fue borrado del mapa. Luego, el genocidio de Carlomagno, que arrasó pueblos enteros para imponer el cristianismo, fue silenciado. Pero la historia la cuentan los vencedores, y nada de esto es materia de estudio en nuestros días. Las atrocidades que se condenan son las cometidas por la Revolución francesa “en nombre de la razón”, según dicen. O las cometidas por los “ateos” como Stalin y Mao.
No me fío de nadie que diga tener a Dios por encima de todo, pues eso significa que el mundo entero y la humanidad en pleno están por debajo de su fe. El penoso espectáculo que acabamos de ver ante Ana Estrada es solo una pequeña muestra del desprecio que algunos creyentes pueden sentir por quienes consideran pecadores. Y el único pecado que cometió Ana Estrada fue decidir cuándo morir. Algo inaceptable para algunos creyentes, pues para ellos solo Dios puede dar esa orden. En su escala de valores, las personas valemos menos que su fe.
















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