Fernando Peña

Gobernar no es un acto de fe, es un acto de responsabilidad

El poder no es un pedestal moral, sino una carga

Gobernar no es un acto de fe, es un acto de responsabilidad
Fernando Peña
16 de junio del 2026

 

En la película The patriot (El patriota), el  personaje Benjamin Martin (Mel Gibson)  suelta una frase demoledora: “Soy padre. No tengo derecho a tener principios”, aludiendo a que su fundamento paternal es mayor que sus principios ideológicos. No es una renuncia moral; es una confesión brutal. Cuando la vida de los tuyos depende de ti, el purismo se vuelve un lujo. Y esa tensión  -entre principios individuales y responsabilidades mayores- es la misma que enfrenta cualquiera que pretenda conducir un país.

En el Perú real, el de las brechas históricas, la informalidad que desborda y la desconfianza crónica en la política, gobernar no es recitar consignas. Es decidir bajo presión. Es optar entre lo deseable y lo posible. Es entender que los principios, por nobles que sean, no pueden erigirse en dogmas pétreos cuando la urgencia colectiva exige soluciones inmediatas.

Aquí no se trata de relativizar valores. Se trata de jerarquizarlos en función del bien común. Un presidente no gobierna para su conciencia privada; gobierna para 33 millones de historias que no pueden esperar a que la pureza ideológica encuentre el momento perfecto. Cuando hay hambre, desempleo, inseguridad o colapso institucional, el deber es actuar. Y actuar implica negociar, ceder, pactar, priorizar.

El romanticismo político suele celebrar al líder intransigente, al que “no se vende”, al que no transa. Pero la experiencia demuestra que la intransigencia absoluta paraliza. Un país complejo como el Perú –diverso, desigual, fragmentado– requiere conducción, no testimonio. Requiere resultados, no declaraciones épicas.

Un verdadero conductor de los destinos nacionales entiende que sus principios personales no son un fin en sí mismo. Son un punto de partida. La responsabilidad mayor es armonizarlos con los principios de las mayorías, con las demandas concretas de quienes necesitan estabilidad, trabajo y seguridad hoy, no en el próximo manifiesto doctrinario.

Gobernar es administrar tensiones. Es aceptar que, a veces, sostener intacta una convicción puede significar sacrificar el bienestar inmediato de millones. Y ese es un costo moral que ningún líder responsable puede ignorar. La ética pública no es la ética del individuo aislado; es la ética de la responsabilidad. Implica medir consecuencias, anticipar impactos y asumir que cada decisión afecta vidas concretas.

Por eso la frase del personaje en El patriota resuena más allá del cine. No es una invitación al cinismo, sino al realismo. Cuando tienes algo más grande que tú bajo tu cuidado –una familia, una comunidad, una nación– tus principios dejan de ser absolutos y se convierten en instrumentos al servicio de un bien mayor.

El Perú necesita líderes que entiendan esa diferencia. Que no confundan firmeza con rigidez. Que no conviertan su ideología en un muro que impida acuerdos indispensables. Que sepan que ceder no siempre es traicionar; a veces es gobernar.

Someter los principios personales al mandato democrático de las mayorías no significa renunciar a la ética. Significa elevarla al plano de la responsabilidad colectiva. Significa comprender que el poder no es un pedestal moral, sino una carga. Y que, como en la frase de aquella película, cuando el deber es proteger y conducir, el derecho a la pureza absoluta se vuelve secundario frente a la obligación de responder.

Fernando Peña
16 de junio del 2026

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