Fernando Ordoñez
Anatomía de un espejismo ideológico
Por qué el socialismo sigue siendo defendido pese a sus fracasos
El Perú desde este 28 de julio tiene un nuevo gobierno. En su primer mensaje a la Nación, la presidente de la República Keiko Fujimori ha reconocido que el país enfrenta una situación crítica y ha afirmado que recibe un Estado hondamente afectado por años de inestabilidad y mala gestión. "El diagnóstico de nuestra patria es complejo y doloroso. Recibimos un Estado
debilitado por la improvisación", señaló ante el Congreso, advirtiendo que su gobierno enfrentará el desafío de recuperar la capacidad institucional y reconstruir la confianza de la ciudadanía.
El plan de gobierno de la presidente Fujimori proyecta un país seguro, competitivo y justo, donde la economía social de mercado genere empleo formal y digno, y donde la gestión pública sea moderna, digital y transparente. Se busca consolidar una sociedad cohesionada en la que todos los ciudadanos cuenten con las condiciones necesarias para desarrollarse plenamente, en un entorno libre de corrupción y con instituciones que protejan sus derechos y promuevan su desarrollo.
A pesar del estado catastrófico en que se encuentra el país, el nuevo gobierno transmite un mensaje de esperanza a los millones de peruanos que creemos que el verdadero y comprobado camino para lograr el desarrollo, el crecimiento económico, mejorar de calidad de vida y la prosperidad de las personas y las familias se asienta sobre la base de la iniciativa privada, la libertad económica, las inversiones, la creación de empresas, la generación de empleo, la honestidad y el trabajo arduo y disciplinado.
Recuperar la institucionalidad y el orden en nuestro país, tras varios gobiernos signados por la improvisación, la corrupción y la ineficiencia no será tarea fácil. Esos gobiernos —orientados principalmente por una ideología socialista y plagados de funcionarios corruptos— exhiben como mayor mérito cuatro expresidentes presos (Toledo, Humala, Vizcarra y Castillo) y otros con carpetas de investigación fiscal. La izquierda y sus seguidores “socialistas caviares”, durante lustros, implementaron políticas nacionales que retrasaron la competitividad del país, fomentaron la corrupción, el desorden y debilitaron las instituciones. También contribuyeron a la división social, alentaron el asistencialismo económico, el mercantilismo político y colocaron por encima del mérito profesional a burócratas dependientes del clientelismo de izquierda.
¿Cuál es la verdad del socialismo?
Durante décadas, el debate político peruano ha estado marcado por la búsqueda de justicia social, igualdad y un Estado que funcione para todos. Estas aspiraciones son legítimas y necesarias. Sin embargo, cuando se analizan los resultados concretos de los países que han sido gobernados según modelos económicos y sistemas políticos socialistas en el mundo, surge una contradicción que merece reflexión: los países que adoptaron el socialismo como sistema económico no han logrado traducir sus promesas en bienestar real, mientras que las democracias con economías mixtas y mercados regulados sí lo han hecho.
El Índice de Desarrollo Humano (IDH), que combina salud, educación e ingreso, permite observar esta diferencia con claridad: Noruega, Suiza, Canadá, Australia y Países Bajos se ubican de manera consistente en los primeros lugares del IDH. A ellos les siguen otros países que comparten características similares: Suecia, Alemania, Dinamarca, Irlanda, Islandia, Finlandia, Singapur, Reino Unido, Bélgica y Nueva Zelanda. Todos ellos son democracias constitucionales con economías abiertas, instituciones sólidas, mercados competitivos y políticas sociales robustas. Ninguno es socialista. Ninguno ha reemplazado la iniciativa privada por la planificación estatal. Ninguno ha eliminado la competencia ni la propiedad privada.
En contraste, los países que han aplicado modelos socialistas rígidos muestran resultados persistentemente inferiores. Cuba mantiene un IDH estancado y bajos ingresos; Venezuela sufrió un colapso económico y un deterioro institucional severo; Nicaragua y Corea del Norte exhiben restricciones profundas a libertades civiles y economías cerradas con baja productividad. La evidencia empírica indica que el socialismo, cuando se aplica como sistema económico, no logra generar desarrollo humano sostenible.
Las falacias doctrinales del socialismo
Tres ideas centrales explican este fracaso:
- La eficiencia estatal como dogma. La planificación centralizada presume que el Estado puede coordinar la economía mejor que el mercado. La historia demuestra que la falta de incentivos y la burocracia generan ineficiencia crónica.
- La igualdad garantizada. El socialismo promete igualdad material, pero en la práctica produce escasez, mercados negros y élites políticas privilegiadas.
- La sustitución del mercado. Al eliminar la competencia, se reduce la innovación, la inversión y la capacidad de adaptación económica.
Estas falacias no son simples errores teóricos: son fallas estructurales que se repiten en cada intento de aplicar el socialismo como sistema económico dominante.
¿Por qué el socialismo sigue siendo defendido? La teoría de la estupidez de Bonhoeffer
Dietrich Bonhoeffer, teólogo alemán, desarrolló durante la Segunda Guerra Mundial la “Teoría de la Estupidez”, tratado donde sostiene que la estupidez no es falta de inteligencia, sino un fenómeno social y político. Según Bonhoeffer: “La estupidez es más peligrosa que la maldad, porque contra la maldad se puede protestar; contra la estupidez, no.”
Bonhoeffer explica que la estupidez surge cuando las personas, absorbidas por discursos de masas, renuncian a su juicio crítico y adoptan ideas sin examinarlas. Aplicado al contexto político peruano, esto ayuda a entender por qué, pese a su fracaso empírico, el socialismo sigue siendo defendido por ciertos líderes y grupos. Veamos:
- Utilizar narrativas simples para problemas complejos: En un país marcado por desigualdad, corrupción y frustración social, el socialismo ofrece explicaciones emocionalmente atractivas:
- “Los ricos son culpables.”
- “El mercado es injusto.”
- “El Estado resolverá todo.” Estas narrativas simplifican la realidad y generan sensación de claridad moral.
- Hacer promesas moralmente seductoras: La igualdad absoluta y la justicia social son ideales que apelan a la emoción. Bonhoeffer explica que las personas en estado de “estupidez social” aceptan ideas que les hacen sentir virtuosas, incluso si son impracticables.
- Dinámica de masa y presión grupal: En momentos de crisis —como los que el Perú ha vivido repetidamente— los discursos que prometen soluciones rápidas ganan fuerza. La identidad política reemplaza la reflexión individual.
- Liderazgos que explotan la narrativa: En el Perú, algunos líderes de izquierda utilizan el discurso socialista para justificar controles, estatizaciones o concentraciones de poder. Según Bonhoeffer, estos líderes no necesitan convencer mediante argumentos, sino mediante emociones y repetición.
- La composición de la masa electoral: ingenuos, ignorantes y convenidos
Bonhoeffer también ayuda a entender la composición de la masa electoral que sostiene estos proyectos. En términos sociopolíticos, suelen coexistir tres grupos: Los ingenuos, que creen sinceramente en las promesas de igualdad y justicia sin revisar la evidencia histórica. Los ignorantes, que desconocen cómo funciona la economía, las instituciones y los indicadores de desarrollo, y por ello aceptan discursos simplificados. Los convenidos, que apoyan el sistema porque esperan beneficios personales: subsidios, empleos públicos, impunidad (en actividades extractivas ilegales y otros delitos), o la posibilidad de integrarse a redes clientelares.
Esta mezcla crea una base electoral resistente a los datos y a la experiencia internacional. Para Bonhoeffer, este fenómeno no es intelectual, sino emocional y social: la masa deja de pensar por sí misma y se vuelve vulnerable a discursos que prometen soluciones mágicas para los ingenuos y los ignorantes y, —alientan para los convenidos— los sucios beneficios del mercantilismo político.
- Desconexión entre teoría y evidencia: Bonhoeffer sostiene que la persona atrapada en la estupidez social no responde a hechos ni datos. Por ello, aunque tengan los datos de indicadores como el IDH, la inflación, la productividad o la fuga de talento no logran modificar su postura. La idea se convierte en identidad, no en análisis.
- La captura del poder y el ciclo de corrupción
Una vez que los movimientos socialistas capturan el poder, suele iniciarse un proceso que se repite en distintos países:
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- Se concentra el poder en la cúpula del partido o del líder.
- Se debilitan las instituciones de control y fiscalización.
- Se privilegia a un grupo reducido de allegados, mientras el resto de la población se empobrece.
Este patrón se ha observado en Cuba, Venezuela y Nicaragua. Lo paradójico es que quienes más sufren este deterioro son precisamente los ciudadanos que votaron por un proyecto que prometía “no más pobres en un país rico”. La concentración del poder, la falta de transparencia y la eliminación de contrapesos institucionales generan un ambiente donde la corrupción florece desde el más alto nivel. El resultado es un país más pobre, más desigual y más dependiente del Estado, mientras una élite política se beneficia del control económico y administrativo.
Una invitación a la reflexión de la sociedad peruana
Bonhoeffer advertía que la estupidez puede llegar a causar más daño que la propia maldad.
La maldad, según Bonhoeffer, hace mucho daño, pero es relativamente fácil de reconocer. La persona malvada sabe que está perjudicando a otros, aunque intente justificar sus acciones diciendo que actúa por una causa, por deber o por interés. Como es consciente de lo que hace, se le puede enfrentar con argumentos, pruebas y justicia. La maldad puede ser denunciada, desenmascarada y castigada porque quien la practica entiende las consecuencias de sus actos y suele temer ser descubierto.
La estupidez, en cambio, es mucho más peligrosa. Bonhoeffer no la entiende como falta de inteligencia, sino como la decisión de dejar de pensar por uno mismo. La persona estúpida no analiza la información ni cuestiona lo que escucha; simplemente repite lo que otros dicen. Por eso no cambia de opinión aunque se le presenten pruebas o razones. En épocas de propaganda, miedo o fuerte polarización, muchas personas dejan de pensar de manera independiente y siguen al grupo sin reflexionar. De esta forma, pueden terminar apoyando o difundiendo ideas falsas y acciones dañinas sin darse cuenta. Mientras la maldad inventa la mentira, la estupidez la cree y la difunde.
Muchos peruanos han votado capturados por los discursos de izquierda en el Perú, por líderes socialistas que les prometen un país más justo, menos desigual y con un Estado que funcione. Esas aspiraciones son valiosas. Pero la evidencia internacional muestra que los países que mejor han logrado esos objetivos no son socialistas, sino democracias con economías mixtas, instituciones fuertes y mercados regulados.
El desafío para la sociedad peruana no es repetir modelos que han fracasado, sino desarrollar y fortalecer un modelo moderno, basado en evidencia, que combine igualdad de oportunidades, libertad económica, innovación y respeto institucional del Estado al ciudadano. En ese sentido, el Perú necesita una sociedad que piense, no una que repita dogmas; y líderes que sean honestos, no que solo parezcan honestos.
Porque captar el voto de los ingenuos y de los ignorantes, obtener asientos en el Congreso y usar esos votos para negociar prebendas, obtener beneficios particulares o sostener una falsa superioridad moral no es justicia social: es mercantilismo político. Y el mercantilismo político —sea de izquierda, derecha o cualquier otro color— siempre termina traicionando a quienes más esperaban un cambio real.
















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