Christian Luján
El LUM no debe cerrarse, debe reorganizarse por completo
Un espacio que debe honrar la gesta patriótica de quienes pacificaron el país
En los últimos días, tras la llegada de Keiko Fujimori a la Casa de Pizarro, el miedo se ha apoderado de diferentes actores políticos progresistas. Uno de ellos es el expresidente Francisco Sagasti, quien ha “advertido” que el gobierno de Fujimori busca “minimizar la violación de derechos humanos” al plantear cambios en el Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM); mientras, por otro lado, Martha Chávez, senadora de Fuerza Popular, ha propuesto que este recinto debe de replantearse. Sin lugar a dudas, la postura de la senadora es la más lúcida y necesaria; y sí, también es importante cuestionar a todos aquellos que anhelaban su cierre, y por cierto esta torpe posición ya ha sido descartada por el actual ministro de Cultura Alberto Beingolea.
El problema no es que exista el LUM. Es importante que una nación cuente con lugares para poder hacer memoria de los acontecimientos que los han forjado sean estos gloriosos o dolorosos; el problema con el LUM está en su concepción y en la narrativa que ha dominado su existencia, una que muchas veces traiciona la verdad histórica que dice defender, por esto debe ser refundado.
El problema primigenio de base es su armazón documental principal con el que se ha construído este museo: el Informe Final de la Comisión de Verdad y Reconciliación (CVR). Sólo se debe revisar la composición de los doce comisionados para, de antemano, advertir un grosísimo y groserísimo sesgo: Salomón Lerner Febres, Carlos Iván Degregori, Rolando Ames Cobián, Sofía Macher, Carlos Tapia García, entre otros, todos provenían, en su gran mayoría, de oenegés de derechos humanos o de universidades hoy convertidas en los bastiones de la izquierda y diferentes espacios académicos de esencia progresista.
Ninguna voz hubo de los diferentes actores que participaron del bautizado “conflicto armado interno” en la conformación de la mencionada comisión, entre ellos del fujimorismo, que gobernó y, aunque muchos no quieren reconocerlo, derrotó militarmente al terrorismo. Muchos recordarán al propio Luis Arias Graziani, el único militar de la CVR, denunciando públicamente el sesgo antimilitarista del documento en cuestión. Un tribunal de la “memoria” que excluye de manera deliberada a una de las partes centrales, cruciales y decisivas del conflicto no puede erigirse como árbitro imparcial de la historia cuando en realidad todos sabemos de la solapada, y a veces no tanto, benevolencia que esta tuvo con los auténticos malvados de esta historia.
Esta distorsión de origen se traduce como una asimetría inaceptable en el relato que prevalece en el museo: una igualación moral y de responsabilidad implícita (y a veces explícita) entre las Fuerzas del Orden y las organizaciones terroristas. Se coloca en una balanza equitativa a quienes pacificaron este azotado territorio frente a quienes lo querían destruir y dejaron casi agonizando. Pero la propia data de la CVR pone en aprietos sus objetivos últimos de igualación malintencionada: Sendero Luminoso fue responsable de más el 50% de las víctimas del conflicto, más de 30,000 asesinatos directos, mientras que el MRTA añadió un 1.5% más de desgracias en esta dimensión.
Sendero perpetró más 200 masacres, entres ellas Lucanamarca, Soras o el de la calle Tarata, sembraron la peor ansiedad colectiva que ha sufrido este país bajo una demencial y absurda ideología de la muerte: el marxismo leninismo maoísmo- pensamiento Gonzalo; un culto totalitario a la personalidad de Abimael Guzmán, el mayor enemigo del Perú, culpable del mayor derramamiento de sangre de nuestra historia, aún mayor al de La Guerra del Pacífico. Por otro lado, es verdad que partes de los agentes del Estado también han sido señalados como responsables de diferentes eventos y muertes, eso es verdad y el peso de la ley ha caído ya y sigue cayendo sobre los responsables; sin embargo, esto no debe de ser sinónimo de generalizaciones ni de acusaciones irresponsables, jamás puede confundirse, en grado ni en naturaleza, con una estrategia deliberada de exterminio ideológico.
Este estándar es el que precisamente otros países con desgracias históricas similares han adoptado. El Museo del Terror en Praga o el Museo del Comunismo en Varsovia no colocan en el mismo estandarte moral a las víctimas del totalitarismo con sus verdugos, se documenta sin medias tintas el horror que sus regímenes respectivos perpetraron contra sus propios pueblos. Nadie pide en Moscú que el Museo de la Victoria “equilibre” la narrativa de la Gran Guerra Patria con la perspectiva del invasor nazi, por poner un ejemplo. El LUM, en cambio, presenta en muchas de sus partes un relato que diluye o edulcora la responsabilidad histórica que el terrorismo comunista tiene en esos oscuros veinte años.
El LUM debe transformarse en un espacio que honre explícitamente la gesta patriótica de quienes han pacificado este país, debe jerarquizar con claridad quiénes iniciaron la barbarie y quiénes, con enormes costos, defendieron este país y le regresaron algo de paz. Nuestro erario público no debe canalizarse para financiar discursos que denigren e insulten la memoria de los más de 20,000 policías y militares caídos, y de los millones de peruanos que vivieron el terror senderista, bajo la careta de una neutralidad que nunca existió.
















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