Alan Salinas
Elecciones rumbo al bicentenario
Una sociedad polarizada y muy volátil en materia electoral
En mi columna de hoy quiero publicar una importante reflexión de Anderson Seclen Altamirano, estudiante de último año de Ciencia Política de la Universidad Pedro Ruiz Gallo de Chiclayo, sobre el proceso electoral reciente:
El Perú ha llegado a sus 200 años de vida independiente caracterizado –durante estas últimas décadas– por múltiples realidades pintorescas, llamativas e interesantes. El país está amenazado por una desconfianza total hacia sus instituciones y una sociedad que no se comprende, que no dialoga ni tolera; con múltiples fenómenos políticos que lo sumergen en un laberinto dificilísimo de descifrar.
Su realidad vivida actualmente ha sido castigada en las urnas de este último proceso electoral. Un proceso atípico, marcado por problemas estructurales que aún no se ha logrado resolver, con un espacio-tiempo (como diría Haya de la Torre) difícil de comprender; esto ha permitido que el Perú no vuelva a su normalidad. Por eso, el siguiente análisis tratará de ensayar una respuesta a este castigo electoral que, ante el asombro de muchos, los cuales manifiestan quedarse pasmados ante los resultados de esta última elección presidencial (el paso a segunda vuelta de Pedro Castillo de Perú Libre y Keiko Fujimori de Fuerza Popular) que nos colocan en una seria encrucijada.
Analistas, periodistas y académicos de pupitre confirmaron no tener en su radar al presidenciable candidato Pedro Castillo; es más, confirman el no haberle dado “bola”, a pesar de que este, en las últimas encuestas, subía cada día en un 1%; por otro lado, no entienden la lógica del peruano de darle nuevamente respaldo a la sra. Keiko Fujimori, se rasgan las vestiduras por volver nuevamente a darle la confianza a su organización política. Al parecer, lo acontecido con estos dos candidatos presidenciales ha hecho marear a un cierto sector que no mira a su alrededor, que no sabe lo que se cocina al centro, al sur, al norte de nuestro país.
Pregonan muchos analistas y periodistas conocer el Perú, tan solo por admirar sus reliquias, sus maravillas, sus “huacas”, sus museos. Y pregonan la frase de que el Perú es un país pobre sentado en un banco de oro. No le faltaría razón a J. C. Mariátegui al tildarlos de “huachafos” o recordar la famosa frase de González Prada, con su verbo viril característico: “ El Perú es un organismo enfermo, donde se pone el dedo salta la pus”.
Lo cierto es que ambos presidenciables que han pasado a una segunda vuelta, para bien o para mal, han devuelto a la palestra nuestras debilidades estructurales: una sociedad polarizada, muy volátil en materia electoral, una nación todavía por parir, entre muchas más. Los ganadores saben de su precariedad, y por ende les será muy difícil conseguir legitimidad, y más aún mantener un marco de gobernabilidad.
“¿Es el arte de hacer política?” muchos se preguntarían. Les respondo: haría votos porque se forjen en estos momentos de prueba e iniciemos un debate inclusivo, sin ataduras ni caretas arribistas en torno al bienestar de ese Perú olvidado y no escuchado.
















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