Silvana Pareja
El peso de la inseguridad ciudadana
No se explica solo por la ferocidad de las organizaciones criminales
Tucídides entendió hace veinticinco siglos que las derrotas rara vez pertenecen únicamente a los soldados: casi siempre revelan la calidad de quienes los conducen. Roma convirtió esa idea en doctrina. El imperium daba al comandante poder extraordinario, pero también hacía recaer sobre él la responsabilidad por el orden, la disciplina y el resultado. Mandar nunca fue posar con la espada; era responder cuando la batalla salía mal.
Esa antigua regla debería aplicarse hoy en Perú. La inseguridad ciudadana ya no puede explicarse sólo por la ferocidad de las organizaciones criminales. También debe medirse por la capacidad de quienes conducen a la Policía y del Gobierno que dirige la política nacional de seguridad.
Lo ocurrido en Trujillo obliga a mirar al comandante general de la PNP. Después de un secuestro y del asesinato de cuatro personas, la respuesta policial debía ser impecable. Sin embargo, la presentación de supuestos responsables terminó rodeada de dudas sobre la identificación de los detenidos y la solidez con la que se atribuyeron responsabilidades.
Un comandante general no puede limitarse a ser el rostro visible de las capturas. Es el máximo responsable del mando policial. Si una investigación de enorme trascendencia termina generando más dudas que certezas, no basta responsabilizar al investigador de turno. Hay que mirar hacia arriba.
Los antiguos romanos desconfiaban tanto del poder sin resultados como del poder sin límites. Sabían que conceder facultades extraordinarias solo tenía sentido frente a una amenaza extraordinaria y siempre bajo una condición: que quien recibiera ese poder respondiera por su uso. Esa es hoy la pregunta que debe enfrentar la presidenta Keiko Fujimori.
Si el Ejecutivo solicita nuevas facultades para combatir el crimen, entonces también acepta una responsabilidad mayor sobre sus resultados. No puede pedirse más poder para después atribuir el fracaso a la falta de herramientas. La historia no juzga a los gobernantes por las facultades que solicitaron, sino por aquello que hicieron cuando finalmente tuvieron capacidad para actuar.
Julio César comprendió que cruzar el Rubicón significaba asumir todas las consecuencias de una decisión. Gobernar también tiene sus propios Rubicones. La inseguridad ciudadana es uno de ellos. La presidenta debe decidir si su Gobierno administrará estadísticas, declarará emergencias y anunciará nuevas normas, o si exigirá una transformación real del mando policial. Porque cuando una institución pierde precisión, inteligencia y credibilidad, mantener intacta su conducción también es una decisión política.
Los griegos diferenciaban a Ares de Atenea: fuerza frente a estrategia. Hoy el Perú necesita menos estruendo y mucha más inteligencia. La historia suele ser cruel con quienes tuvieron poder suficiente para cambiar el rumbo y no lo hicieron. La inseguridad pesa sobre todos. Pero sobre el comandante general y sobre la presidenta pesa algo mucho mayor: haber recibido el mando cuando el país necesitaba conducción y tener que explicar, algún día, qué hicieron con él.
















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