Dante Bobadilla

El miedo a los cambios

Pretende negar la evolución natural de las sociedades

El miedo a los cambios
Dante Bobadilla
06 de enero del 2021


El mayor aporte intelectual en estos tiempos de confusión consiste en desbrozar el panorama y rebatir la cháchara que inunda las redes sociales, proveniente de una legión de charlatanes con llegada fácil a la gente. Debemos hacerle frente a ese vendaval de
influencers que ya empezaron a posicionarse en la política gracias a su mensaje simple y elocuencia convincente.

Como bien dice Fernando Savater, el charlatán es un ilusionista capaz de hacerle creer a los demás que es un profundo conocedor de temas misteriosos. Manipula los conceptos hábilmente, creando la impresión de que domina los territorios vedados para la mayoría. Sobran ejemplos en las redes sociales, pero como ilustración recomendaría ver el debate entre Deepak Chopra y Richard Dawkins, un charlatán de marca mayor frente a uno de los más destacados científicos del siglo XX. Y adivinen cuál de los dos tiene más libros vendidos y mayor influencia en la gente.

El rol del intelectual no es agradar al público ni defender una doctrina, sino analizar la realidad de manera objetiva, despojándose de cargas ideológicas, prejuicios y credos que se arrastran como lastre cultural. Se requiere conocer bien los temas de los que se habla y comprender la dinámica de la evolución social y cultural, tomando como referencias a la ciencia y la historia. Generalmente las verdades son incómodas, pero no estamos para agradarle a la gente. 

Antonio Escohotado dice que los liberales no le tenemos miedo al cambio, que los conservadores no quieren que nada cambie, y que los progresistas quieren cambiarlo todo. Es un buen resumen de la situación general, y nos advierte lo que podemos esperar de cualquiera de estos frentes. En efecto, para un conservador cualquier cambio es alarmante. Atribuye estos cambios al Demonio, a fuerzas extrañas, ocultas y poderosas que tratan de dominar el mundo para imponer su voluntad. Es casi una adaptación de su pensamiento religioso al análisis de la realidad. Se han ganado el apelativo de “conspiranoicos”, pues para ellos todo es una gran conspiración mundial, desde el virus sars-cov-2 y la inteligencia artificial hasta el matrimonio gay.

Lo cierto es que el mundo cambia. Nos guste o no, todo cambia. Y no porque haya una inteligencia superior o un club de superamigos organizando estos cambios para dominar el mundo. Lo más gracioso es que los conservadores mezclan todos los cambios –los tecnológicos, políticos y sociales– sugiriendo que todo forma parte de una sola gran conspiración mundial. Han acusado a los organismos internacionales de tener una agenda global, pero justamente para eso fueron creados. Estas agendas solo se imponen a los Estados débiles con democracias fallidas. 

He escuchado a un influencer conservador citar la Constitución de los EE.UU. porque –según dice– defiende “vida, propiedad y libertad”. Lo hace con ánimo de hacernos creer que la Constitución de EE.UU. es “provida”. Incluso pretende imponernos a los liberales la idea de que la primera causa liberal es “la vida”. Pero lo cierto es que la Constitución de EE.UU. solo advierte que ningún Estado puede quitarle a un ciudadano la vida, la libertad o la propiedad sin un debido juicio. Nada más que eso dice. Es la única mención a la vida. Y se hace, además, dentro de una amplia defensa de la libertad de los ciudadanos frente al poder político.

El Perú está mejor que EE.UU. en defensa de la vida puesto que ha abolido la pena de muerte. Sin embargo, quienes se declaran defensores de la vida son los más interesados en reactivarla. Su causa es todo un contrasentido porque le piden al Estado pena de muerte y al mismo tiempo que proteja la vida. ¿Desde cuándo el Estado protege la vida? El derecho a la vida solo se refiere a que nadie puede ser asesinado por el Estado. Básicamente eso es el famoso derecho a la vida. Mucho cuidado con la manipulación de estos conceptos.

Las sociedades cambian por su propia naturaleza y no se puede vivir de espaldas a estos cambios. Los negros y las mujeres han estado ganando espacios a lo largo de todo el siglo XX y quieren más. Los homosexuales han salido de las sombras en que fueron recluidos por siglos y reclaman su espacio. Tales cambios no obedecen a una conjura diabólica sino a la evolución natural de las sociedades en ambientes de libertad, a la interacción global, las comunicaciones, la ampliación del conocimiento y la tolerancia, que han reducido los dogmas y prejuicios. Y mientras el progresismo se sube a la ola de estos cambios para introducir su agenda política, los conservadores prefieren meter la cabeza en el hoyo y clamar al cielo acusando al Diablo por esos cambios.

Las leyes no deben servir para imponer dogmas, ideologías o moral, y menos para restringir libertades en aras de valores abstrusos. Deben procurar normar una convivencia social pacífica, respetando la realidad y el derecho de los individuos a tomar sus propias decisiones, vivir sus vidas y emprender sus proyectos personales, poniendo freno a la intervención y el poder del Estado.

Dante Bobadilla
06 de enero del 2021

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