Fernando Peña
De belicosos "guardianes de las lagunas" al cínico mutismo
La minería ilegal y el silencio que resuena
Mientras la minería ilegal devora ríos y bosques bajo el mando de mafias, los líderes que incendiaron Cajamarca contra el proyecto Conga han desaparecido del mapa. Como sabemos, el conflicto socioambiental acontecido en torno al proyecto minero Conga dividió al país y estimuló uno de los debates respecto a la industria extractiva más apasionados de la historia reciente. Hoy, a medida que la minería ilegal avanza y deja un rastro visible de daños, el debate parece haberse quedado sin algunas de sus voces más pertinaces.
Todavía tintina el eco de los gritos, las marchas y esos puños en alto que paralizaron al país. Conga no fue solo una suspendida inversión; fue la peana perfecta. Sobre aquella plataforma, decenas de falsos y convenidos “líderes sociales”, oenegés y políticos de turno produjeron sus carreras, arropándose en una bandera de "defensa de la vida" que hoy, quince años después, luce desteñida y salpicada de mercurio. El silencio de aquellos mismos protagonistas no es solo una ausencia; es estridente.
Resulta alucinante –por no decir enojoso– observar cómo funciona la selectividad de la ira en el Perú. Cuando el objetivo es un proyecto formal, con oficinas, centros de información, vocería, y estudios de miles de páginas, la repulsa es inmediata, antitécnica y, sobre todo, muy aparatosa. Pero cuando el enemigo es una red criminal que contamina los ríos, esclaviza mujeres en campamentos de trata y borra del mapa hectáreas de selva virgen, ese mismo activismo parece haber entrado en "modo avión".
¿Cuánto vale el agua?
La pregunta cae por su propio peso: ¿es que el agua de los ríos amazónicos vale menos que la de las lagunas de Cajamarca? ¿O será, más bien, que es mucho más rentable –y menos arriesgado– contender contra una empresa que contra una mafia que no sabe de formalidades, protocolos ni de derechos humanos?
El mapa minero actual es un guantazo a la coherencia. Hoy tenemos "zonas de exclusión" donde el Estado no se atreve a asomar la nariz, pero donde la maquinaria pesada de la ilegalidad opera a vista de todos, a plena luz del día.
Estamos ante un daño irreversible, que no tiene restauración: ríos biológicamente muertos, suelos transformados en desiertos infructuosos y una economía delictiva que ya no solo extrae oro, sino que financia campañas y coloca autoridades. ¿Dónde están los que hablaban de "autonomía y soberanía territorial"? Han dejado el territorio en manos de las mafias, así de sencillo.
El doblez del "no"
Ayer se rasgaron las vestiduras por un posible impacto ambiental y bajo medidas de control y supervisión; hoy callan ante una devastación salvaje que ya ocurrió. Esa falta de columna vertebral debilita cualquier debate ambiental serio. Si el argumento fundamental fue siempre la naturaleza, la minería ilegal debería ser hoy la prioridad fundamental de cada agenda ambientalista. Que no lo sea solo corrobora las sospechas: para muchos, Conga fue apenas un instrumento político, un caballo de Troya para asaltar el poder.
Este silencio hiede. La expansión de la minería ilegal ha terminado por desnudar una verdad incómoda: a muchos de los "defensores del medio ambiente" no les importaba el agua, no les importaba la vida, les importaba el control y embestir el poder. Callar ante la ilegalidad no es desidia, es una confesión. Es admitir que el daño ambiental solo enfurece si el perpetrador es alguien a quien se le puede pasar una factura política o pedir una prestación.
El Perú ya no tolera más debates con doble moral. La crisis del ilícito extractivismo devastador exige voces críticas que no se cubran detrás de excusas ideológicas ni temores selectivos. Conga nos dejó lecciones sobre el conflicto, pero lo que vivimos hoy nos da una magistral cátedra de cinismo. Mientras los antiguos líderes siguen mudos, el país se desangra por los márgenes, justo allí donde el oro ilegal brilla más que la coherencia de quienes juraron protegernos.
















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