Fernando Peña

Cuando conocí al hombre detrás del terror

En una carceleta de Seguridad del Estado, en 1979

Cuando conocí al hombre detrás del terror
Fernando Peña
20 de enero del 2026

 

Lo conocí antes de que el país aprendiera a temer su nombre. Antes de que su rostro se volviera sinónimo de muerte, fanatismo y duelo. Lo conocí en la carceleta de Seguridad del Estado, en enero de 1979, cuando el Perú todavía no imaginaba la dimensión de la tragedia que se le venía encima.

El lugar no invitaba a la épica. Era un espacio áspero, vigilado, con ese olor rancio que tienen los sitios donde la libertad ha sido suspendida a la fuerza. Allí no había discursos encendidos ni arengas revolucionarias. Había silencio, miradas medidas, pasos que resonaban más de la cuenta. Y en medio de ese escenario, estaba él.

No era el monstruo que años después ocuparía los titulares de los periódicos. Era un hombre bajo custodia, contenido, aparentemente sereno. Regordete, de raleada barba y con anteojos de gruesas lunas, la mirada fija, casi fría. Ataviado de negro y rodeado de algunos escasos discípulos. No hablaba, observaba con la presunción de superioridad, lo hacía con una convicción que inquietaba. No hablaba, nadie necesitaba oírlo. Se mostraba aborto, con una seguridad absoluta en sus ideas, una fe cerrada que no dejaba espacio a la duda ni a la compasión.

Recuerdo que me impresionó esa calma. No la calma del hombre común, sino la del que se cree dueño de una verdad superior. No parecía nervioso ni derrotado. Parecía esperando. Como si ese encierro fuera apenas una pausa táctica, un contratiempo menor en un plan que solo él conocía.

Lo observé más como ser humano que como símbolo. Y tal vez por eso la experiencia fue aún más perturbadora. Porque no vi a un demonio con cuernos, sino a alguien capaz de razonar, de ordenar ideas, de sostener una conversación. Y ahí está, creo yo, una de las claves más duras de aceptar: el terror también puede nacer de personas comunes cuando la ideología anula toda empatía.

En 1979, Sendero Luminoso era todavía un nombre que sonaba lejano para la mayoría. No había coches bomba, no había apagones, no había ríos de sangre. Pero ya estaba todo ahí, latente, comprimido en ese hombre y en su manera de mirar el mundo como un tablero donde las vidas ajenas eran fichas prescindibles.

Tres días después salí de esa carceleta con una sensación difícil de explicar. No fue miedo inmediato. Fue algo más hondo: la intuición de que había conocido a alguien capaz de causar un daño incalculable sin pestañear. El tiempo, lamentablemente, se encargó de confirmarlo.

Hoy, al recordar ese encuentro, no lo hago para engrandecerlo ni para alimentar su leyenda negra. Lo hago porque la memoria también es una forma de responsabilidad. Porque entender cómo se gesta el horror -y que no siempre llega con estruendo- es una manera de intentar que no se repita.

Yo lo conocí cuando aún era solo un detenido más en una carceleta. El Perú lo conocería después, de la peor manera.

Fernando Peña
20 de enero del 2026

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