Fernando Peña

Chancay: un apacible distrito al lado de un gran hub

Comienza a mostrar señales de una incomodidad larvada, de un malestar latente

Chancay: un apacible distrito al lado de un gran hub
Fernando Peña
14 de enero del 2026

 

En Chancay, el mar ya no suena igual. Los pescadores lo dicen sin dramatismos, casi en voz baja, mientras arreglan sus redes o miran el horizonte con una mezcla de resignación y desconfianza. No es que el océano haya cambiado de humor de un día para otro, es que el territorio ya no es el mismo. Chancay sigue siendo un sosegado distrito en la memoria de su gente, pero hoy convive, pared de por medio, con un gran hub portuario que avanza con la contundencia del concreto y la inflexible lógica del comercio global.

Durante generaciones la vida allí fue sencilla. El tiempo se medía por las mareas, no por los cronogramas de obra. El distrito era un espacio de trabajo, pero también de encuentro, de identidad, de afectos compartidos. Hoy, ese universo pequeño y profundamente humano advierte cómo, a su lado, se levanta una infraestructura monumental que promete desarrollo, empleo y modernidad, pero que no termina de mirar e involucrar a quienes siempre estuvieron allí.

El puerto crece y con él crecen también las preguntas. ¿Qué pasará con el mar que alimenta a cientos de familias? ¿Cómo se protegerá el borde costero, ya de por sí frágil? ¿Quién acompaña a la población en este tránsito abrupto hacia una realidad que no eligió, pero que debe enfrentar? Son preguntas que circulan en el distrito, en conversaciones breves, en gestos, en silencios. Preguntas que no siempre encuentran respuesta.

El impacto ya se siente en lo cotidiano. Los pescadores hablan de cambios en las corrientes, de zonas que antes eran generosas y ahora resultan esquivas. No son discursos técnicos ni consignas políticas; son relatos nacidos de la experiencia, de quien ha aprendido a leer el mar como se lee un rostro querido. Para ellos, el temor no es abstracto: es la posibilidad real de perder su sustento y, con él, una forma de vida transmitida de padres a hijos.

En tierra firme, Chancay tampoco estaba preparado para un crecimiento tan acelerado. Las calles, los servicios básicos, la gestión municipal, todo parece quedar corto frente a la magnitud del proyecto. El tránsito pesado irrumpe en la rutina, el paisaje se transforma sin transición, y la sensación de desorden se instala. El progreso, tal como llega, no siempre se siente como progreso.

La comunicación con la población ha sido, en el mejor de los casos, insuficiente. Se informa, pero no se conversa. Se explican los beneficios, pero no se escuchan los temores de la gente. Se habla de cifras y proyecciones, pero poco de los apegos, de las pérdidas simbólicas, de ese vínculo profundo entre las personas y su entorno. Esa distancia va dejando huella. No hay aún un estallido, pero sí una incomodidad persistente, una sensación de estar siendo llevados por una corriente demasiado fuerte.

Chancay comienza a mostrar señales de una incomodidad larvada, de un malestar latente, de esos que no hacen ruido al inicio, pero que se van acumulando. Están quienes ven en el puerto una oportunidad necesaria, casi la única, y quienes sienten que el costo es demasiado alto. Entre unos y otros, se va tensando el tejido social, lentamente, casi sin que se note.

Lo más terrible es que esta historia ya la conocemos. El país ha visto demasiadas veces cómo grandes proyectos avanzan sin un real acompañamiento social y ambiental, dejando comunidades heridas y relaciones rotas. Se ha aprendido poco de esas experiencias. Y Chancay corre el riesgo de repetir ese camino si no se pone a las personas en el centro de la decisión pública.

Aún es posible hacer las cosas de otra manera. Aún se puede escuchar con atención, fortalecer a la municipalidad, cuidar el mar con rigor y respeto, y construir espacios de entendimiento que no sean meros trámites. Pero para ello hay que reconocer algo fundamental: Chancay no es solo un punto estratégico en el mapa ni una pieza en la cadena logística global. Es un lugar habitado. Un lugar con memoria, con afectos, con gente que quiere seguir viviendo del mar sin sentirse extraña en su propio territorio.

Si el gran hub avanza sin mirar al distrito, el daño no será solo ambiental o económico: será humano. Y ese es, casi siempre, el costo más alto.

Fernando Peña
14 de enero del 2026

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