Carlos Adrianzén

Algo previsible

El Perú tiene un déficit fiscal heredado considerablemente grande

Algo previsible
Carlos Adrianzén
22 de julio del 2026

 

Por estos días se viene produciendo algo previsible. El debate sobre la política fiscal —es decir, sobre la forma en la que los burócratas financian sus gastos— ha pasado a ocupar un lugar central en el análisis de la coyuntura económica y política del Perú, y todo indica que seguirá haciéndolo durante un tiempo considerable.

Ello responde, al menos, a cuatro razones que se superponen y refuerzan entre sí.

1. Las confusiones persistentes sobre la política fiscal. La primera razón remite a la extraordinaria cantidad de confusiones que, desde hace demasiados años, caracterizan la discusión cotidiana y técnica sobre los asuntos fiscales en el Perú.

Una creencia ampliamente difundida sostiene que cualquier intento de ordenar o contraer el gasto público provocará de manera inmediata una recesión, acompañada de elevados costos sociales y violentas protestas.

Podría calificarse esta visión como una forma de keynesianismo bastardo o, más propiamente, de neopopulismo fiscal. Tan arraigada e ideologizada se encuentra esta creencia que la evidencia contraria suele ser sistemáticamente ignorada. Buena parte de los análisis periodísticos omite considerar episodios en los cuales el cierre de brechas fiscales permitió, simultáneamente, reducir los costos asociados al financiamiento del déficit y liberar recursos para familias y empresas, contribuyendo así a la reactivación económica.

2 Nuestra vulnerabilidad frente a los shocks externos. La segunda razón se relaciona con la precariedad de nuestra posición fiscal frente a eventuales shocks negativos. Estos pueden provenir, por un lado, de cambios adversos en los precios internacionales que afectan nuestras exportaciones e importaciones y, por otro, de incrementos en las tasas de interés a las que ya estamos endeudados o a las que deberíamos recurrir para financiar nuevas necesidades.

La sensibilidad de la recaudación tributaria frente al primer factor y el encarecimiento del servicio de la deuda frente al segundo podrían deteriorar abruptamente nuestra posición fiscal.

Conviene subrayar que, al consolidar los pasivos públicos y privados, el valor de la deuda externa peruana ya alcanza niveles elevados. De mantenerse las tendencias actuales, es perfectamente posible que, al momento de asumir la señora Fujimori, dicha deuda supere el 70 % del PBI.

3. El deterioro de la gobernanza estatal. La tercera consideración nos obliga a observar el deterioro reciente de la gobernanza pública. Durante la última década se ha registrado un retroceso significativo en indicadores de corrupción y efectividad burocrática. En teoría, podríamos imaginar un aparato estatal capaz de garantizar la seguridad ciudadana, responder eficazmente a los desastres naturales o administrar con solvencia los procesos electorales. En la práctica, sin embargo, los resultados recientes sugieren otra realidad. Por ello, desde una perspectiva institucional, incrementar el gasto público resulta insuficiente —e incluso contraproducente— si previamente no se corrigen los problemas de gestión y control que afectan a la burocracia estatal. En esa línea, la candidata Keiko Fujimori ha insistido en la necesidad de ordenar y limpiar la administración pública antes de ampliar sus recursos.

4. La herencia fiscal del próximo gobierno. La cuarta y última razón se refiere a la herencia que recibirá el próximo gobierno. Se trata de un cuadro fiscal particularmente peligroso, pues a primera vista puede parecer manejable, cuando en realidad encierra complicaciones profundas. Esta herencia fiscal, acumulada tras ocho gobiernos consecutivos de izquierda, llega además en un contexto marcado por las tres vulnerabilidades anteriormente descritas. No se trata de problemas aislados: se potencian mutuamente.

Ese es precisamente el trasfondo que, más allá de los sesgos y confusiones que dominan el debate actual, abordaremos en las siguientes líneas y que queda ilustrado en los tres gráficos que acompañan este análisis. Comencemos pues observando las apariencias.

 

El mundo de las ilusiones

Una revisión apresurada de la Figura I podría llevar a concluir que el Perú atraviesa hoy una etapa de relativa austeridad fiscal.

Desde esta perspectiva, el extraordinario deterioro de la brecha fiscal durante la pandemia —que alcanzó el 9,3 % del PBI— habría constituido apenas una excepción transitoria. Asimismo, podría sostenerse que, tras el desorden fiscal y monetario heredado del velascato, la economía peruana convergió hacia déficits moderados del Sector Público No Financiero, requiriendo cada año un endeudamiento neto cercano al 2 % del PBI.

Bajo esta lectura, los actuales desequilibrios parecerían compatibles con una trayectoria de endeudamiento sostenible y relativamente cómoda. Sin embargo, esta interpretación pasa por alto varios elementos fundamentales. Ignora las restricciones que dichos déficits imponen sobre la política monetaria del Banco Central, minimiza el deterioro observado en las condiciones de financiamiento soberano y subestima tanto los niveles de corrupción como los problemas de ineficiencia que afectan al aparato estatal.

 

Los cuadros que usted nunca verá

Pero no lo olvidemos, estimado lector: concentrarse exclusivamente en el corto plazo fiscal equivale a construir una estrategia potencialmente suicida de política pública. Cuando ampliamos el horizonte de análisis y observamos las tendencias fiscales de largo plazo mediante promedios quinquenales, descubrimos no solo las limitaciones del enfoque cortoplacista, sino también el carácter engañoso de las apariencias descritas anteriormente.

Desde esa perspectiva, el déficit fiscal heredado resulta considerablemente mayor de lo que sugieren los datos anuales. Su corrección exige medidas estructurales que exceden el alcance de esta discusión. A la inversa, la inacción —o la apuesta por una reducción gradual difícilmente creíble— podría terminar desencadenando problemas de gran magnitud, acompañados de elevados costos sociales y económicos durante un período prolongado.

Teniendo en cuenta que casi el íntegro del gasto estatal implica remuneraciones, bienes y servicios, transferencias y servicio de deuda –léase, de carácter permanente en los hechos (a la luz de cualquier burócrata o periodista local)–, todo resulta mucho más complicado. Notemos además que vender endeudamientos al gobierno implica un jugoso negocio privado, aquí y afuera.

Las Figuras II y III, que deben leerse de manera complementaria, permiten apreciar con mayor claridad esta realidad. Ordenar implica un liderazgo claro y empático. Algo muy raro en el Perú actual.

 

Reflexiones de cerradura

Si se observan con detenimiento los dos gráficos complementarios, se advierte que la corrección de un déficit quinquenal de magnitud excepcional —ya comparable, en términos reales, a los registrados durante el velascato— exige liderazgos firmemente comprometidos tanto en el Ministerio de Economía y Finanzas como en las dos cámaras del Congreso. 

Más importante aún, la ausencia de tales liderazgos probablemente conduciría a una profundización del estancamiento económico e incluso al ingreso gradual en una fase recesiva, con un altísimo costo social.

Paradójicamente, ese costo difícilmente sería atribuido a los gobiernos que dejaron esta herencia fiscal. Lo más probable es que la responsabilidad política recaiga sobre la señora Fujimori si no enfrenta el problema de manera inmediata y decidida. Vale añadir una reflexión final. 

Existe una salida relativamente llevadera, aunque ciertamente no sencilla. Esta pasa por la liquidación ordenada de un botín (Petroperú) y por la utilización de los ahorros fiscales derivados de dicha decisión para contribuir al cierre de la brecha fiscal de largo plazo. Sin embargo, esta medida solo representaría una solución parcial. 

Resulta igualmente crítico profundizar las políticas de austeridad y emprender una reforma integral de la gobernanza pública en todos los niveles de gobierno. Sin ello los problemas persistirán.

En síntesis, todo esto es lo que no suele contarse sobre la complicadísima situación fiscal que heredaría la hija de Alberto Fujimori. Algo también previsible, habría mucha plata en juego.

Carlos Adrianzén
22 de julio del 2026

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