Si el Estado de derecho en el Perú, si las instituciones del si...
En la segunda década del nuevo milenio, luego de dos siglos de fundación republicana, hoy el Perú está más cerca de la peruanidad que luego de los triunfos independentistas en las batallas de Ayacucho y Junín. ¿Por qué? La fundación republicana se materializó en base a principios abstractos que colisionaban con la historia, las tradiciones y las instituciones que se habían forjado en tres décadas de virreinato.
En la nueva república se eliminaron las noblezas indígenas reconocidas por el Imperio Español –herederas del linaje de los Incas– para construir un sistema político basado en un ciudadano, un voto. En ese entonces las comunidades campesinas conducían más de dos tercios de las tierras del Perú; y la eliminación de las noblezas andinas, simplemente, dejó al mundo indígena, sin representantes, sin interlocutores. En ese contexto, el siglo XIX se convirtió en el siglo de las mayores expropiaciones de tierras de nuestra historia republicana. De allí que la centuria del XIX fuera un siglo perdido, un siglo de enfrentamientos fratricidas entre peruanos.
Todo ese escenario devastador empezó a cambiar con las migraciones desde los Andes hacia la costa y la conversión de Lima en la principal ciudad andina del Perú. Más tarde, las reformas económicas de los noventa liberaron las energías creadoras de la sociedad y emergió un empresariado nacional que combinaba la herencia europea con la andina. Y de pronto, el Perú se llenó de mercados populares. Nunca la peruanidad había reverberado con esa intensidad.
Una de las columnas de esa peruanidad es el proyecto de convertir al Perú en una potencia agroexportadora mundial sin parangón, no solo porque es una fuente increíble de prosperidad y bienestar, sino también porque construye peruanidad. ¿A qué nos referimos? Por ejemplo, de casi un total de 8,000 empresas agroexportadoras, cerca del 80% corresponde a las pequeñas y medianas empresas. Los resultados de las agroexportaciones en las últimas dos décadas son realmente impresionantes: de US $651 millones exportados se ha pasado a cerca de US $15,000 millones en la actualidad, luego de haberse captado más de US $20,000 millones en inversiones. En la actualidad se generan más de 1.5 millones de empleos formales, entre directos e indirectos, y las tasas de pobreza en las regiones agroexportadoras están muy por debajo del promedio nacional. Ica, una región agroexportadora por excelencia, tiene 6% de pobreza en tanto el promedio nacional se ubica en 27%.
Las cifras son contundentes. Sin embargo, el Perú todavía no ha desatado su potencial agroexportador. Por ejemplo, el milagro agroexportador del país se desarrolla en el 5% de las tierras dedicadas a la agricultura (el 95% restante corresponde a los minifundios). Pero a través de diversos proyectos hídricos el país tiene la posibilidad de multiplicar por cuatro la frontera agrícola agroexportadora. El Perú entonces tiene la potencialidad de desarrollar inversiones en un millón de hectáreas en la costa y convocar US $60,000 millones en inversiones y crear más de cuatro millones de empleos formales.
Sin embargo, lo más impresionante es que las agroexportaciones tienen la posibilidad de reorganizar la urbanización del Perú. ¿A qué nos referimos? El desarrollo de los proyectos agroexportadores en la costa posibilitará organizar ciudades intermedias –ojalá planificadas y sostenibles– que desatará una migración inversa desde Lima hacia las señaladas áreas; e igualmente desde los pequeños poblados de la sierra, que por la distancia y la lejanía no pueden concentrar los servicios del Estado.
El proyecto agroexportador, pues, es una de las claves de la construcción de la peruanidad. No obstante, se necesita una política de Estado que se proyecte más allá de la coyuntura y de los gobiernos para desarrollar un sistema promocional de inversiones, reinversiones y multiplicación del empleo formal y de todos los ciclos constructivos que generan las agroexportaciones en el país.
















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