Cecilia Bákula
Un proceso electoral peligroso y casi fallido
En la segunda vuelta debemos emitir un voto de rescate del país
Lo ocurrido y aún no solucionado el último domingo 12 de abril, debe llamar la atención de todos los ciudadanos, de todos los peruanos. Y también obligarnos a hacer una profunda reflexión sobre diversos aspectos que han salido a la palestra, pues hoy nos enfrentamos a una dramática situación que podría significar repetir la tragedia política que se inició en el 2021 y que nos ha llevado a la seguidilla de presidentes –espurios, indignos, de recambio, incapaces– que han puesto en riesgo no solo la estabilidad institucional, sino la legitimidad de sus acciones. Todo ello bajo la mirada culposa y culpable de un Congreso que, en su mayoría, optó por equivocarse actuando en beneficio de sus propios intereses personales y partidarios.
La crisis de este proceso electoral tiene sus raíces en la Ley de Partidos Políticos (Ley N.º 28094) y en la Ley Orgánica de Elecciones (Ley N.º 26859), las modificaciones e interpretaciones que, en gran medida, han contribuido a hacer de este proceso una realidad severamente peligrosa para la estabilidad política, el orden social y la marcha ordenada de nuestra democracia. A ello agregamos la incapacidad severa de la ONPE, cuya conducta deleznable ya había quedado evidenciada en el proceso electoral del 2021. No obstante, contra viento y marea, se permitió que las autoridades a cargo de ese ente importantísimo se mantuvieran, aun a pesar de la calamidad de su desempeño, realidad que hoy comprobamos en toda su magnitud.
Agregamos a ello el surgimiento de mini partidos cuyos dirigentes, porque carecen de las cualidades para ser llamados líderes, son en su mayoría individuos sin mérito alguno para la contienda electoral y no obstante ello, optaron por hacer prevalecer sus deseos mesiánicos y sus supuesta capacidades y lograron enturbiar y desestabilizar la democracia pues es imposible suponer que más de 30 grupos políticos, estarían en capacidad de ser todos, opciones positivas para el futuro. Primaron los personalismos y los intereses y ello se reflejó en la incapacidad de derecha e izquierda de hacer alianzas, habiéndo logrado tan solo una que, a pesar de ello, no obtuvo votación relevante.
Lo que tendremos en segunda vuelta, será un voto de revancha, un voto no a favor de, sino en contra de y ello nos podría llevar a un panorama peor aún que el que vivimos desde el 2021, lo que viene impidiendo la consolidación de la democracia, el progreso y deteriora profundamente la credibilidad de los ciudadanos en sus representantes y en las instituciones. Hoy, el Perú puede estar debatiéndose entre incendiar la pradera u optar por un resquicio de madurez, dejando de aceptar las narrativas baratas, haciendo oídos sordos a las cifras interesadas que mostraron algunas encuestadoras y decidirse por un futuro que, aún puede ser posible.
En la lectura del proceso que acabamos de vivir, resulta evidente el rechazo de la población a algunos candidatos y por ello, claro que nos sentimos complacidos, pero es de lamentar la ausencia de algunos partidos políticos en el futuro Congreso que estará obligado a pactar, a unirse y a entender que los parlamentarios se enfrentan a un nuevo sistema, el bicameral, con funciones y responsabilidades distintas respecto a lo que viene siendo la actual práctica congresal.
El proceso electoral del 12 de abril está manchado con irregularidades severas; baste con señalar que ya hay siete mociones o pedidos para declarar nulo todo el proceso; que todos los ciudadanos vivimos esas irregularidades que pasaron no solo por la demora en la apertura de las mesas de votación, no solo porque a muchos centros no llegó el material electoral, sino porque no se tomaron las medidas adecuadas para que el proceso fluyera. El hecho de que hubiera tenido que haber una votación complementaria el día 13 de abril, ya pone de manifiesto manipulación, incapacidad, culpabilidad y grave daño.
Agreguemos a ello la dificultad misma del conteo de votos ante una cédula confusa, inmensa y con la posibilidad de tener, a través del voto cruzado, muchas opciones a ser registradas en las actas así como infinitas posibilidades de error tanto en la propia voluntad del elector, como en que pudiera, sin quererlo, viciar su voto.
No sé si a estas alturas lo que sea conveniente es necesariamente lo que procede, es decir, un nuevo proceso electoral general. No alcanzo a vislumbrar si las fuerzas políticas y la madurez ciudadana de la gran mayoría, es decir la Nación Peruana, pueda resistir un nuevo proceso. Hay que contar hasta el último voto y denunciar las trampas, los robos, las artimañas y todo ello, de la mano de la indispensable e inmediata salida con deshonra de las autoridades de la ONPE y la intervención de la fiscalía y veedores locales, porque los extranjeros, han sido en su mayoría incapaces de entender nuestra realidad y de asumir lo que de ellos se esperaba, que era todo menos ser complacientes y ciegos.
Nos toca, para la segunda vuelta, emitir un voto de rescate del país; un voto ajeno a los odios, un voto que podría ser, en largos próximos años, la única esperanza, para mantener y defender la Constitución, el estado de derecho y la economía de libre mercado, optando, siendo el caso, por no dar respaldo a un candidato antisistema que entiende la revolución no como un cambio bueno para todos, sino como un quiebre tan radical que haría del Perú un país que siendo rico, estaría ahogado en pobreza para la gran mayoría, en retraso y desgobierno pero, muy probablemente, significaría para ellos, los antisistema, años de bonanza, ganancia, corrupción y enriquecimiento a costas del pueblo peruano que merece, sin duda, un futuro diferente, con esperanza y desarrollo.
En Perú el clamor es orden, seguridad y autoridad. Optemos con firmeza, valentía y patriotismo por ello.















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