Fernando Lucena

Un país, dos sistemas de justicia

Un recorrido por las inhóspitas carreteras del sur del Perú

Un país, dos sistemas de justicia
Fernando Lucena
06 de febrero del 2023


Hace unos días, tuve que realizar un viaje por la carretera Interoceánica Sur. Volé de Lima al Cusco un sábado, ya que me habían informado que los fines de semana los manifestantes que tienen bloqueada la primera mitad de la referida carretera daban ‘tregua’; es decir, tienen la bonhomía de dejar que los ciudadanos utilicemos esa porción de la carretera que, por ley, nos corresponde usufructuar. La segunda mitad de esa carretera está totalmente inaccesible. 

Ato, un amigo chofer de 66 años y con mucha experiencia manejando en la zona, me esperaba en el aeropuerto del Cusco. Sin problemas nos trasladamos por la carretera, aunque encontrando rocas enormes y filudas en varios tramos donde, horas atrás, se situaron los ‘piquetes’ de manifestantes. Ato las evitó con bastante destreza. Si su auto golpeaba una de esas rocas podría ser el fin del viaje. Me explicó que había tenido que recolectar gasolina desde las cinco de la mañana, yendo de grifo en grifo, porque tienen grandes colas y muy poco stock. El galón de gasolina de 90 octanos cuesta S/ 26 en Cusco.

Logramos avanzar hasta el pueblo de Mazuko, ya pasando el límite entre Cusco y Madre de Dios. Ahí se ubicaba el primer piquete que no da tregua ni durante los fines de semana. Y es ahí donde empieza la zona de la minería ilegal. La zona que está decidida a asfixiar a Puerto Maldonado por haber tenido el atrevimiento de no plegarse al paro general. De ese punto en adelante hay varios bloqueos más, según me informaron. En los referidos piquetes que continúan hacia el este de la Carretera Interoceánica, abundan los delincuentes comunes pagados por la minería ilegal, la misma que se favorece de esta etapa de caos que reina particularmente en la zona de Madre de Dios, la misma que parece haber sido totalmente olvidada por el gobierno central, salvo por algunos vuelos de emergencia llevando insumos químicos para potabilizar el agua y algunas cosas más de extrema necesidad. No ha habido ni el más remoto intento de desbloquear la carretera ni de ‘liberar’ a Puerto Maldonado – ¿O quizás para la Sra. Boluarte Puerto Maldonado tampoco es el Perú?

Ato me comentaba que no le gustaba manejar de Mazuko para el este, así otorguen un eventual ‘pase’: “Los manifestantes te pinchan las llantas cuando haces la cola. A los camioneros les cortan los pitones de las llantas y los tiran para el monte. Luego los Ronderos te pegan con chicote”. Y todo esto únicamente por haber tenido la osadía de manejar durante el permanente paro general decretado en dicha zona.

Pasé una semana movilizándome en las localidades ubicadas entre Mazuko y Marcapata. En el pueblo de Quincemil, un poblador me comentaba que ahí la gente es pacífica y que, en su mayoría, únicamente quiere que esta crisis se acabe para poder regresar a vivir sus vidas en tranquilidad. Por el momento, no tienen insumos básicos, como pollo, carne o huevos. La gasolina de 90 octanos la venden a 30 soles el galón. Si llega un camión con alimentos, todo el pueblo corre a hacer cola para pagar lo que sea por algo de comida. No hay gas, ahora todos cocinan con leña (los últimos balones de gas se vendieron a 150 soles). Pregunté sobre los piquetes. Me comentaron que no tenía sentido que pongan un piquete en el pueblo, ya que la carretera estaba bloqueada al este y al oeste, y el tránsito dentro de este corto tramo de la carretera, era mínimo. No obstante, una señora me dijo que unos pocos días atrás, un grupo de ‘manifestantes’ habían organizado un piquete afuera de su casa. Ella vive a las afueras del pueblo y su esposo estaba en la chacra. Ella tenía que ir a trabajar ese día, pero no reconoció a ninguno de los que armaron el referido piquete: “Acá en el pueblo todos nos conocemos, ellos no eran de acá. Se pusieron a cobrar peaje a los carros que pasaban y al día siguiente se fueron. Yo no pude salir de mi casa porque tenía miedo de que se metieran a robar”. 

Luego de una semana, aproveché que llegaba el fin de semana y, por ende, la siguiente ‘tregua’ para emprender el retorno. Ato realizó sus averiguaciones y resultaba que en Marcapata y Ocongate anunciaban problemas para el sábado, pero el viernes a las 6pm iban a dar pase, por lo cual era más seguro salir el viernes en la tarde e intentar llegar al Cusco de noche. Eso hicimos. A las seis en punto llegamos a Marcapata. Desafortunadamente nos dijeron que no abrirían el pase hasta las 8 p.m. Bueno, a abrigarse y esperar. Llegada la hora pasó un ‘dirigente’, con actitud bastante matonesca, gritando a todos que quien no pinta en el parabrisas “Viva el Paro” no pasa. Ato me preguntó si tenía pasta de dientes. Saqué un chisguete de la mochila y con eso pintó lo solicitado, luego salimos rumbo al Cusco. Esta vez no tuvimos tanta suerte: a pesar de la destreza de Ato al volante, rompió el silenciador del tubo de escape de su auto nuevo al golpear una de las más de 60 piedras - restos de piquetes - que tuvimos que esquivar en el camino. 

Avanzamos hasta la localidad de Ocongate, en donde nos encontramos con el siguiente bloqueo. Nos dijeron que abrirían a las 10 p.m. La temperatura seguía bajando, pero no quedaba sino abrigarse más y esperar. Llegada la hora, Ato fue a averiguar con el dirigente. “Han discutido entre ellos mismos, están ‘chupados’ [ebrios] y ahora dicen que van a abrir a las cinco de la mañana”. No teníamos comida y muy poca agua. Peor aún, era totalmente impredecible lo que estos antisociales podrían decidir en su euforia etílica autoritaria. No quedaba sino mantener la calma, aunque esto se hacía cada vez más difícil. Lo peculiar es que pasamos la noche durmiendo (o, más bien, intentando dormir), detrás de una camioneta de la policía de carreteras – yo, quizás ingenuo, no sabía que la policía también estaba obligada a acatar las directrices de estas turbas de ‘manifestantes’ que administran órdenes como parte de un sistema de justicia paralela, del cual la Policía Nacional no forma parte. 

Llegadas las 5 a.m., la cola de autos y camiones ya era bastante más considerable – aproximadamente unos 300 en total. Empezaba a amanecer y los empoderados manifestantes, ya cansados de una larga noche de celebración y juerga, mientras 300 vehículos llenos de pasajeros se congelaban a la espera, comenzaban a desfilar de regreso a sus casas. Algunos ebrios zigzagueaban cargando los palos con los que habían armado el bloqueo. Uno de ellos pasó arrastrando los pies mientras dos más lo cargaban. Parecía que al fin se les acabó el trago y se estaban yendo – podríamos pasar, finalmente. Pero no había ningún movimiento de autos. Nos acercamos a averiguar y el ‘dirigente’ o, más bien, el ‘borracho en jefe’, gritó: “¡A las seis!”. Ya en ese momento sentía una ira impotente de la cual me era difícil deshacerme. Este energúmeno estaba regocijándose en su empoderamiento, disfrutando hasta el último segundo de su ‘viaje de poder’, a expensas de los cientos de personas que perjudicaba. Aún más que esto, me sorprendía la pasividad con la que la mayoría de los afectados parecían tomarse la situación. Si bien muchos se quejaban murmurando, nadie osaba emplazar a estos sujetos. La lógica ley de números, de los muchos contra los menos, parecía no funcionar contra este manojo de antisociales borrachos de poder (literalmente).

Poco después de las seis nos dejaron pasar. La enorme caravana de autos, camiones y demás (para ese entonces ya nos acompañaban dos camionetas de la policía de carreteras) siguió camino, esperando llegar al Cusco en dos horas y media aproximadamente. Ingenua expectativa. 

No habían pasado ni 20 minutos y nos topamos con otro bloqueo, esta vez en el pequeño poblado de Llullucha. Este grupo de manifestantes era bastante pequeño, pero tan pequeño como intransigente: “Acá no vamos a abrir en toda la semana”, fue lo primero que nos dijeron. Algunos de los vehículos que venían en dirección opuesta, desde el Cusco hacia el este, llevaban cuatro días haciendo cola. En este punto mi paciencia si llegó al límite. Les preguntaba a los conductores que por qué no hacían nada, que si acaso los transportistas no tenían derechos. Ahí empecé a notar las muy marcadas diferencias entre la gente de la zona y transportistas con acentos quizás costeños. La gente de la zona se dividía en dos: de un lado estaban los que se mostraban aún solidarios con el paro y con lo que sus paisanos estaban haciendo, así los perjudiquen. Del otro lado, los que ‘entendían’ el ‘derecho de huelga’ de sus paisanos, pero también exigían un poco de ‘tregua’ y consideración por su larga espera. En todo caso, se mostraban poco confrontacionales. 

Luego estaban los transportistas con acentos costeños o, al menos, no andinos. Estos si estaban hartos de la situación. Finalmente escuche a uno decir “¡Si somos como 300, vamos a sacarles la m…!”. Pensé que era algo que por fin hacía sentido luego de tanto atropello. Me uní a un grupo que se dirigió hacia donde estaba el piquete. Ahí un dirigente hablaba en quechua en un megáfono. Cuando terminó de hablar todos aplaudían. Pregunté qué había dicho. “Van a levantar el piquete”, me respondieron. Me pareció humillante tener que agradecer por eso. Al minuto otro dirigente cogió el megáfono. Misma historia, sólo que esta vez terminó con abucheos. “Dice que no van a abrir en toda la semana,” me informaron. No se ponían de acuerdo entre los antisociales empoderados. Luego un transportista comienza a pasar la voz: “A la cuenta de tres, empezamos a levantar las piedras y las botamos en las cunetas, luego pasamos los carros nomás”. ‘Perfecto’, pensé yo. A la cuenta de tres yo fui el primero en ponerme a mover piedras. De hecho, solo dos o tres me acompañaron. No habían pasado ni dos minutos y en la colina de al lado aparecieron unos cinco o seis sujetos con huaracas cargadas con piedras bastante grandes. “¡Compadre zafa nomás!”, me gritó un transportista, “¡estos nos matan, y nos destrozan los carros!”. Tuve que retirarme rápidamente en dirección hacia el auto de Ato, cubriéndome detrás de los vehículos en la cola, mientras los vándalos, impunemente, sonreían, huaraca en mano, desde la colina.

Al regresar al auto, Ato me llamó la atención: “¡Pa’ que los fastidias pues!, no hay que hacerles enojar”. Le intenté explicar que estos sujetos no representan ningún tipo de autoridad, que él no les debe obediencia alguna y que esa actitud sumisa ante una autoridad ilegítima no lo va a llevar a ninguna parte. Luego me di cuenta de que era como hablar en otro idioma. Estábamos en una realidad absolutamente distinta a la que se vive en las partes del Perú donde, mal que bien, el estado de derecho aún es lo que prima. Acá teníamos a dos camionetas llenas de policías que ni siquiera hicieron el más mínimo ademán de intentar mediar en el conflicto, o imponerse para pasar el bloqueo. Luego Ato me comentó que ellos hubieran sido los que peor se la hubiesen llevado, ya que los vándalos y otros manifestantes ven a la policía cómo su enemigo natural, así que hubieran acabado linchados. Ato también me contó que no todos los comuneros que están en los piquetes quieren estar ahí. Los ‘dirigentes’ de las varias comunidades campesinas multan a quienes no se presentan con S/.100 por persona. Las comunidades (me dijo que sólo en Ocongate son 26) tienen que turnarse para controlar el piquete. La pregunta de quién está detrás de esta decisión de forzar a la gente a participar de actos violentos bajo amenaza de extorsión económica, debería ser motivo de investigación.

Eventualmente pasamos ese bloqueo (una vez más, cada vehículo fue obligado a pintar “Viva el Paro” en el parabrisas). ¿El motivo detrás del cambio de opinión?: A los ‘manifestantes’ les dio hambre y decidieron dar dos horas de tregua para ir a tomar desayuno, luego de lo cual ese piquete se cerraría hasta nuevo aviso, muy probablemente por varios días.

Es inaceptable que en un Estado nación existan dos sistemas de justicia paralelos. El monopolio sobre el uso de la fuerza únicamente le corresponde al Estado. No pueden haber ‘líderes comunales’ tomando carreteras o castigando a ciudadanos por no plegarse a un paro decretado por ellos, imponiéndose sobre la policía y otras autoridades legítimas, atacándolos con armas letales, como huaracas cargadas con piedras angulosas y pesadas (mientras algunos imberbes se rasgan las vestiduras porque agentes del orden legítimamente defienden sus vidas con armas de fuego, igualmente letales). 

A los Ronderos tampoco les corresponde esta función, de manera alguna.

No olvidemos que los Ronderos fueron legitimados por Alberto Fujimori y Hernando De Soto, en un viaje a Washington que De Soto orgullosamente no se cansa de narrar y de considerar como el principio de la derrota de Sendero Luminoso. Empecemos porque, cómo en los últimos años nos ha quedado bastante claro, Sendero no fue derrotado y sigue vigente, aunque en una reencarnación alternativa. Si bien la iniciativa de De Soto, en aquél entonces, funcionó, debió ser únicamente una cura temporal en un momento de crisis y desesperación. Una vez acabada la lucha armada terrorista, se debieron desactivar las rondas campesinas que, hoy por hoy, se han convertido en un monstruo de siete cabezas. Las hay de todo tipo: desde los Ronderos que imparten justicia donde el Estado no llega, hasta los que son parte de la delincuencia común, los que están aliados con el narcotráfico y hasta con la mismísima facción terrorista Quispe Palomino, en la zona de Canayre (VRAEM). También, por supuesto, están los que Pedro Castillo decidió empoderar - sino recordemos ese disparatado anuncio de la ‘Oficina de Ronderos’ que Castillo intentó abrir en Palacio de Gobierno. Esa iniciativa vino directamente de Evo Morales, tomando como ejemplo a los ‘Colectivos Chavistas’ de Venezuela (esta información la he conseguido directamente de fuentes de Seguridad del Estado leales a la integridad nacional). Estos últimos Ronderos son los que están detrás de asegurar la implementación del ‘paro nacional’ en muchas partes del sur del país. Es decir, van directamente en contra de los dictámenes del gobierno central: totalmente inaceptable.

Así de inaceptable como resulta esta realidad, tampoco están exentos de culpa ninguno de los gobiernos de las últimas décadas. Desde que el ‘boom’ económico proveniente del modelo neoliberal generó considerable riqueza para el Perú, esta riqueza nunca fue redistribuida con conciencia social, con gasto significativo en salud, en educación o en asegurar una presencia de las instituciones del Estado en todos los rincones del país – esa presencia que eventualmente dejará sin excusas la existencia de sistemas de justicia paralelos como los que estamos viendo ahora en acción. El referido modelo jamás fue concebido para la distribución de la riqueza con énfasis en lo colectivo. Los varios gobernantes que aplicaron el mentado modelo no tienen la potestad de argüir ignorancia, ya que varios otros países lo habían aplicado antes, con similares resultados: el neoliberalismo es muy exitoso para generar riqueza, mas no para distribuirla con la más mínima conciencia social y, mientras por más tiempo se aplique el modelo, más ricos se harán los ricos y más grande se hará a brecha entre ellos y los pobres. Para una distribución más justa de la riqueza generada, se requieren drásticas correcciones y ajustes al modelo neoliberal.

Para terminar: cuando finalmente veamos la luz al final del túnel, no únicamente debe haber énfasis en llevar justicia social a todos los rincones del Perú, sino, a cualquier precio, también llevar la presencia del Estado y de su único y monopólico sistema de justicia y uso legítimo de la fuerza. Mientras eso no suceda, estos resquebrajamientos sociales seguirán siendo el perfecto caldo de cultivo para los intereses de sarnas sociales cómo Sendero Luminoso y el Movadef, el MRTA, Evo Morales y sus secuaces y las distintas industrias ilegales que proliferan en situaciones de caos y anarquía, como, desafortunadamente, lo es la coyuntura actual.

Fernando Lucena
06 de febrero del 2023

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