Dante Bobadilla
Rumbo a la debacle
¿Está la mitad de los peruanos dispuesta a ver cómo destruyen el país?
Estamos ante la eventualidad de un triunfo de Pedro Castillo, el dirigente sindical del magisterio vinculado a Sendero Luminoso, quien carece de las más elementales nociones de política, democracia, Estado de derecho, respeto a las instituciones, separación de poderes, etc. Es decir, un tipo que ignora por completo los principios del mundo moderno civilizado y que cree que puede hacer cualquier cosa si se lo pide “el pueblo”. Un Vizcarra aumentado.
Ni siquiera el improvisado “equipo técnico” que hoy rodea a Castillo, y que se ha batido tratando de corregir las barbaridades que el candidato ofrecía en plazas públicas, puede dar tranquilidad. Han corrido con baldes de agua y detergente a bañar a Castillo para quitarle el tinte rojo, lo han escondido de la prensa para evitar que exponga su pobreza mental, le han hecho firmar juramentos de respeto a la democracia, pero nada cambia la realidad.
Hoy vemos el penoso espectáculo de un Pedro Castillo jaloneado de un lado por una turba de trepadores de última hora, aparecidos como “equipo técnico”, y del otro, por Vladimir Cerrón y sus huestes del partido comunista Perú Libre. Lo que no se ve es al sector magisterial vinculado a Sendero Luminoso, que están muy tranquilos esperando que se oficialice el triunfo de Castillo para empezar a actuar. Después de todo, lo que Pedro Castillo es, se lo debe principalmente al sindicato magisterial Sutep-Conare (Movadef) y luego a Perú Libre. Los aparecidos de última hora no tienen credenciales para exigir mayor cuota de poder.
¿Quién gobernaría al Perú finalmente? No lo haría Pedro Castillo, pues claramente no le alcanza el cerebro ni la preparación para tal oficio. Es un monigote zarandeado al que otros darán vida desde bambalinas. Se dice que Toledo hizo un buen gobierno porque mientras él se emborrachaba en Palacio (al que llegaba pasadas las diez de la mañana) o se iba de vacaciones a Punta Sal, dejaba la tarea de gobierno a su premier. Algo similar ocurrió con Humala, cuya mujer asumió el timón del poder designando a los ministros y presidentes del Congreso. El mejor escenario para un Perú en manos de Castillo sería que él siga cumpliendo su rol de monigote, mientras un premier de consenso se hace cargo del gobierno. No queda de otra.
El peor escenario sería que Castillo se crea Napoleón y empiece a cambiarlo todo, empezando por la Constitución. Y es que nada motiva más a un izquierdista que la ideología. La realidad los tiene sin cuidado. Carecen de prudencia cuando se lanzan a las transformaciones. Los excita la idea de poder cambiar el mundo. Lo más seguro es que el capricho ideológico de cambiar la Constitución vaya por delante, con lo cual quedará abierta la puerta para convertir al Perú en otro experimento socialista fracasado del siglo XXI.
Es patético que en dos siglos no hayamos sido capaces de construir un país estable ni sentar las bases sólidas del progreso. Nos pasamos siglo y medio con golpes de Estado y revoluciones caudillistas. Luego vino la gran catástrofe iniciada por Velasco con el modelo estatista que casi nos desaparece del mapa. En los noventa se reconstruyó la economía y modernizó el Estado con nuevas instituciones, pero nada se hizo para fortalecer la democracia. Por el contrario, la maltrataron de diversas maneras, empezando por crear un mamarracho de Congreso unicameral, símbolo del desprecio por la democracia representativa y su punto más débil.
Las instituciones democráticas flaquean en la Constitución de 1993, donde no hay un escenario claro sobre el origen y el control del poder político, ni se cuida la estabilidad del régimen ya que es muy fácil cambiar la Constitución. Se la ha cambiado infinidad de veces. Hasta se introduce peligrosamente la opción del referéndum, una institución de democracia participativa que se enfrenta a la democracia representativa. De allí la delirante idea de que “el pueblo” puede no solo pedir una nueva Constitución sino incluso participar en su redacción. Esto es fruto del populismo, el desconcierto doctrinal y la confusión teórica a la hora de definir las estructuras de una democracia. Es un arroz con mango.
Con un Congreso convertido en circo de barrio pobre, un presidente sin ideas, pero borrachito de poder, que intente iniciar una nueva era, con una nueva Constitución a la medida de los delirios populares, poniendo “la economía al servicio de la sociedad” –como dicen los aturdidos del progresismo– el destino del Perú solo puede ser la debacle total y absoluta. Ahora cabe preguntarse si la mitad de los peruanos estamos dispuestos a ver cómo destruyen el país y resignarnos a migrar o a empobrecer sin hacer nada.
















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