Juan Carlos Llosa
Punta Angamos, 8 de octubre de 1879
Y Lima al día siguiente
Tras el duelo de artillería entre el monitor Huáscar y los blindados chilenos Cochrane y Blanco Encalada, frente a Punta Angamos, en aguas que pertenecían a Bolivia, la noticia, que llegó primero a Arica y luego a Lima, fue desconcertante y estremecedora. A medida que el panorama se fue esclareciendo, el dolor, la angustia y la desolación se fueron apoderando de miles de peruanos, desde el gobierno hasta las clases más modestas de la sociedad. Se había perdido el control del mar, había caído el Huáscar y, con él, su glorioso comandante; el contralmirante Miguel Grau, que partía irremediablemente a la eternidad. En la calle Lescano, donde residía el almirante con su esposa Dolores, su hermana soltera Ana Joaquina y sus 8 pequeños hijos, el drama fue indescriptible. Como había augurado el hijo más querido de la Patria: «si el Huáscar no regresa triunfante al Callao, tampoco yo regresaré». El destino había dictado su sentencia y la había cumplido. Su cuerpo destrozado fue a sepultarse en el fondo del mar.
La diferencia entre sus enemigos y él durante la campaña naval de 1879 —que lo hace muy superior a ellos— fue precisamente su humanidad, su caballerosidad y su empatía con el dolor ajeno aun en la vorágine de la batalla, como en el caso del capitán que lo había desafiado espada en mano y que había perecido en el intento sobre la cubierta del monitor. A la viuda del Capitán de Fragata Arturo Prat Chacón, el Caballero de los Mares envió una sentida carta de pésame, que es una de las grandes joyas que guarda con orgullo nuestra Nación, así como la devolución a doña Carmela Carvajal de Prat, de la espada no rendida de su esposo. Por ello, y más, Grau fue superior a sus enemigos, manteniéndolos en vilo durante meses.
Quien tuvo la responsabilidad de comunicar la muerte de Grau —tras ser confirmada mediante un telegrama al gabinete de ministros por el presidente en campaña, general Mariano Ignacio Prado— a la esposa de Grau y a sus hermanas, fue Carlos Elías de la Quintana, diputado civilista, íntimo amigo y compadre del caído. Elías, por encargo del presidente del Consejo de Ministros, general Manuel de Mendiburu, llevó la trágica noticia a la familia Grau-Cavero en la calle Lescano N° 22 la mañana del 9 de octubre de 1879. Al momento de recibir la mala nueva, doña Dolores Cavero de Grau estaba acompañada de sus cuñadas, Dolores y Ana Joaquina. Según la tradición familiar, las reacciones de aquellas damas fueron desgarradoras, como era de esperarse; uno de los familiares, probablemente el cuñado, el coronel Manuel María Gómez (esposo de Dolores Grau), mandó llamar de urgencia a Enrique, el hijo mayor de 11 años, que se hallaba en el colegio, un colegio privado que funcionaba cerca de la plaza 2 de mayo, según refiere su bisnieto, el contralmirante Fernando Grau Unlauf. Esta escena es magistralmente narrada por Hernán Carpio Montoya en su novela histórica En el horizonte, la historia del Caballero de los Mares, lectura que sugiero (2010).
No existe evidencia de que los capitanes de navío chilenos, Juan José Latorre, comandante del Cochrane —de donde se disparó el proyectil que mató a Grau—, o Galvarino Riveros, comandante del Blanco Encalada y comandante en jefe de la escuadra chilena, enviaran una sola carta de pésame a doña Dolores; como sí la recibió doña Carmela Carvajal. El historiador Rodolfo Castro Lizarbe en su obra “Dolores Cavero de Grau, vida y legado” (Instituto de Estudios Histórico-Marítimos del Perú, 2025) —que es la investigación más completa que existe sobre la viuda del héroe— recoge la versión de que la muerte de Grau era ocasión propicia para que algún chileno escribiera una carta de pésame. Pero hasta donde se sabe, no aprovecharon el momento.
Por otra parte, en el camarote del Almirante Grau en el Huáscar, las pertenencias que debieron salvarse de los impactos de las baterías enemigas, no fueron entregadas a la viuda hasta donde se conoce. Nadie tuvo la dignidad de tener un gesto con la mujer del hombre que había causado admiración aun entre ellos, a pesar de que se cuidasen de hablarlo abiertamente.
Por otra parte, la espada del Almirante, que llevó al cinto y que le fue alcanzada poco antes de iniciarse el combate, hoy es propiedad de su bisnieto, el contralmirante Fernando Grau Umlauff, ex director de la Escuela Naval y ex Comandante de la Fuerza de Superficie, la misma que su heroico antepasado alguna vez también comandó. Según refiere don Fernando, esa espada, que fue partida en tres por el impacto del proyectil que mató al héroe, llegó a manos de su abuelo Rafael Grau Cavero tiempo después. Según la tradición familiar, la espada la tenía el concuñado de Grau, el almirante Oscar Viel y Toro, quien se la haría llegar a Rafael a través de un pariente colombiano de los Grau. Como se recordará, Rafael Grau Cavero fue un destacado político que siguió las huellas de su padre en el parlamento y también fue alcalde del Callao. Murió asesinado durante el proceso electoral de renovación de escaños para la cámara de diputados, por la circunscripción de Cotabambas en Apurímac, el 4 de mayo de 1917. Hoy una provincia de Apurímac lleva su nombre.
Fueron cuantiosas las cartas de pésame que recibió la viuda, desde el presidente de la República hasta muchos amigos, conocidos y desconocidos por ella y su esposo, además de otras del extranjero. Ninguna chilena. O al menos ninguna que se conozca; si existe, ojalá algún día aparezca. Los Grau aún esperan ese pésame.
















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