Dante Bobadilla
Paremos la reforma
Un gobierno no está para hacer reformas políticas, está para gobernar
Cambio y reforma son las palabras más manoseadas por los políticos. Y cuanto más a la izquierda están, más las usan. Los casos extremos llevan al abuso de la palabra “revolución”, que ya es el emblema de los más grandes charlatanes de izquierda. También es cierto que cuanto más mediocre es un político, más procura ocultar su pobreza con el aspaviento de las reformas. En esas estamos ahora.
Un gobierno no está para hacer reformas políticas, sino para gobernar. Las reformas políticas solo pueden surgir de una Asamblea Constituyente o de un Congreso. Cuando un gobierno se dedica a las reformas políticas o reformas sociales es porque ha perdido el rumbo, sumido en alguna ideología totalitaria. Esto suele conducir a desastres, como le sucedió al general Velasco en medio de una fervorosa propaganda patriotera y clasista. Incluso las fastuosas leyes firmadas por Toledo, tratando de vender cada ley como un nuevo renacer de la patria, provocaron crisis. De allí viene la actual crisis de partidos. Y entre ambos se encuentra Vizcarra, con su espectáculo reformista que promete acabar con la corrupción y darnos un futuro glorioso de democracia ejemplar. De hecho, lo que se nos viene es otra gran crisis política. Lo firmo.
Lo que tenemos hoy es un gobierno que califica como el más mediocre del siglo, sin bases políticas ni partido, sin doctrina política ni bancada propia, que gobierna a trompicones, aliado con los sectores de izquierda, entre tibios y termocéfalos. Y resulta que la tarea principal de este gobierno es sacar adelante unas reformas mandadas a hacer en un laboratorio caviar, con el agravante de que se las impone al Congreso bajo amenaza de cierre. Decir que este es un escenario democrático sería descabellado. Es la dictadura de un régimen que roza apenas la legalidad, que no le rinde cuentas a nadie, que se preocupa más por la popularidad que por la democracia, y que somete la Constitución a sus propias interpretaciones antojadizas.
A mí me disculpan, pero no le guardo ningún respeto intelectual a nadie que se rotule como “politólogo”. La ciencia política es tan ciencia como la astrología, y las opiniones políticas de un politólogo están al mismo nivel epistemológico que los comentarios de fútbol de un periodista deportivo. Es así de simple. No hay razón para tenerle tanta fe a los que se presentan como politólogos de academia. De manera que sus reformas políticas son tan discutibles como las de cualquiera. Yo hubiera preferido convocar a dirigentes políticos de vieja data, experimentados en organización partidaria y lides electorales, antes que a meros gurús de escritorio.
Las propuestas reformistas del gobierno, que en realidad provienen de oenegés caviares, no son muy lúcidas ni convenientes. Están marcadas por un sesgo ideológico progresista, que incorpora la ideología de género, guiadas por prejuicios en contra de los partidos y con un afán regulador desmesurado. Lo que están por perpetrar es un sancochado que no tiene pies ni cabeza. En especial si insisten con ese disparate de la paridad de género y las elecciones internas abiertas, última gran creación de nuestros genios politólogos.
Los problemas que hemos visto en la vida política reciente son consecuencia de las malas leyes dadas en reformas anteriores. Si no se les hubiera ocurrido imponer topes a los aportes de campaña, no habrían existido aportes fantasmas ni pitufeo, ni estarían denunciados los partidos por recibir aportes de campaña. Todo este desbarajuste político y judicial es consecuencia de malas leyes hechas con mala leche. Y lo que están por hacer ahora es más de lo mismo: pretenden manosear los partidos para solucionar un problema que no fue generado por los partidos, sino por las malas leyes. Lo único que tienen que hacer es derogar todas las malas leyes, desde Toledo en adelante, y se acabó el problema.
Toda reforma trae cola, y el principal problema de estas reformas oenegeras, impuestas por Vizcarra, es que estamos a punto de ser infectados con la aberrante ideología de género metida como paridad, además de la instauración de un Estado totalitario a cargo de los partidos políticos para mantenerlos, vigilarlos, financiarlos, organizarlos, etc. Será el fin de la democracia tal como la conocimos.
















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