Alejandro Arestegui

La pasión según San Mateo

Reseña de una profunda y lúcida visión de un católico liberal

La pasión según San Mateo
Alejandro Arestegui
25 de septiembre del 2026

 

Hay libros que no se leen: se interiorizan. “La pasión según San Mateo” es uno de ellos. El pasado 21 de septiembre se celebró la fiesta del apóstol San Mateo. Más allá de ser el patrono de contadores, banqueros y hombres de negocios, su legado más grande, sin duda alguna, es el evangelio que se le atribuye. Hoy quiero compartir algunos pensamientos sobre un libro olvidado por el tiempo, pero que contiene un valioso mensaje que analiza de forma exegética el evangelio de San Mateo. Me refiero al libro La pasión según san Mateo, del reconocido periodista Arturo Salazar Larraín. Es una confesión meditabunda y reflexiva, escrita en una prosa de alta calidad literaria, en la que el evangelio de Mateo se convierte en espejo de la condición humana y, al mismo tiempo, en brújula de una postura liberal profundamente católica.

De acuerdo con lo que pude indagar, este libro es una de las primeras publicaciones del destacado periodista limeño. Tal como indica anteriormente, el libro es poco conocido pues no existen reediciones del mismo, de hecho, fue su hijo Federico quien tuvo a bien compartir conmigo este escrito. Debo reconocer que disfruté bastante de su lectura y quedé muy complacido por la profundidad de su mensaje y la prosa del autor. Este escrito básicamente analiza de forma profunda y reflexiva muchos temas humanos y existenciales a través de la mirada del evangelio de San Mateo. Los doce temas que aborda no siguen un orden dogmático. Los tres primeros (la pasión, el hombre y la palabra) establecen el eje del texto: el hombre está encadenado a la pasión; Jesús encarna esa pasión de todos los hombres y de todos los tiempos; y la palabra es el único canal de redención que permanece cuando el cielo y la tierra pasan. El resto de los capítulos, violencia, economía, propiedad, destierro, prensa, gobernante, lucha, demagogia y, finalmente, “la hija”, se despliegan como variaciones existenciales de esa misma herida.

Lo que resulta conmovedor, y lo que otorga al libro su rareza y su fuerza, es la claridad con que esta mirada evangélica se hace liberal sin dejar de ser católica. Salazar Larraín no traduce el evangelio a un ideario político. Hace algo más audaz: deja que el evangelio mismo juzgue las idolatrías de su tiempo. Situémonos en contexto, la obra data del año 1975. La nefasta dictadura de Juan Velasco Alvarado había finalizado, incluso le había costado al propio autor el exilio, solamente por defender la libertad de prensa, de opinión e ideas de individualidad. 

Es así que encuentro aún más interesante todos los pensamientos plasmados en esta obra. Salazar lee a Mateo en “un grado de extrema soledad” (en un estado de pasión, por lo tanto). Esta frase de la introducción lo define todo. No se acerca al texto como un exégeta o como moralista, sino como un hombre que padece. Y porque padece, descubre que la pasión no es un accidente de la existencia, sino su sustancia misma: “ser es, ciertamente, padecer”. La pasión es cárcel y tribunal, condenación y esperanza, la vestidura del primer día y el sayal del último. En esa paradoja terrible, que “labra implacable la verdad de la sangre y de la historia”, se inscribe a todo el escrito.

En “La economía” y “La propiedad” la postura es inequívoca y, en el contexto de 1975, casi temeraria (aunque Salazar escribiría en 1977 un contundente texto condenado la dictadura titulado “La Herencia de Velasco, el pueblo quedó atrás”). La riqueza entendida como multiplicación (de los panes y los peces, así la parábola de los talentos) no es un pecado; sino que es un mandato. Confundir el atesoramiento usurero con la actividad creadora de riqueza es, según nuestro autor, “un tipo de confusión muy al estilo de las que se aprecian en algunas interpretaciones del texto evangélico”. La propiedad no es un accidente económico, sino la proyección de la identidad personal y la condición misma de la renuncia. “No se puede concebir renuncia de algo que no se tiene y, desde luego, de algo que no es propio.” El bien común no es la comunidad de los bienes, sino “la garantía extendida del bien propio y su respeto”. Frente a la estatización y la socialización, que “técnica y prácticamente son la negación misma de la propiedad”, nuestro autor pregunta con serenidad evangélica: “¿No explicó Jesús que por sus frutos debemos conocerlos?”

La misma lucidez liberal atraviesa los capítulos políticos. La violencia no es partera de la historia como aludía el afiebrado Marx, sino es nefasta ceguera que se disfraza de justicia. El gobernante que se enseñorea de las naciones traiciona el mandato de ser servidor. La lucha de grupos contra grupos (esa metamorfosis del odio que ya no es hombre contra hombre, sino colectividad contra colectividad) es una forma sofisticada de perder al prójimo. La demagogia es la hipocresía farisaica que pide la choza y habita el palacio, que cita el amor y propone el tanque. Y la prensa, lejos de ser un instrumento de poder, es el manantial de la expresión y del albedrío: “el hombre es su albedrío, incluso frente a Dios”.

Todo esto se dice sin programa, sin manifiesto, sin el tono propio de quien quiere convencer. Se dice con la voz de quien ha leído el evangelio hasta el fondo y ha descubierto que la libertad personal, la propiedad como extensión de sí mismo, la palabra libre y el rechazo de la violencia no son concesiones al mundo moderno, sino exigencias de la misma fe.

El libro alcanza su momento más íntimo y luminoso en el último capítulo: “La hija”. Allí la meditación se vuelve una elegía. La niña que “no está muerta, sino duerme” se convierte en “una visita de Dios”, breve y deslumbrante. Dar la vida es “más muerte y más vida que vivirla propiamente”. La aritmética divina de la paternidad y de la pérdida se revela como misterio: la hija permanece “como si fuera el aire o la luz que nos invade sin horario”. En esa página final, el pensador liberal y el padre católico se funden sin resto. La misma mirada que defendió la propiedad como condición de la renuncia y la libertad como manantial inviolable, ahora contempla la muerte de la hija y descubre que el amor no se agota en la biología ni en el tiempo.

La pasión según San Mateo es, en definitiva, el testimonio de un católico peruano que no renuncia a la razón ni a la libertad, y de un liberal que no renuncia a la Cruz. Escrito en una prosa que busca la sugerencia más que la demostración, el libro no pretende cerrar sendos debates. Abre, en cambio, una proposición fecunda: la de un hombre que, leyendo a San Mateo en soledad y en pasión, descubre que el Evangelio no es solo una promesa de otro mundo, sino el juicio y esperanza de este.

Alejandro Arestegui
25 de septiembre del 2026

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