Carlos Adrianzén
La izquierda extractivista
La data desmiente el discurso de la izquierda.
Los datos y la racionalidad no resultan grandes amigos de los activistas políticos de Izquierda. No resulta casual que ellos se hayan especializado en retóricas muy efectivas y por un oscuro desprecio por la evidencia empírica.
En general podemos decir que la gente es de izquierda –confusiones aparte– básicamente por su interés personal (i.e.: llegar a una posición de comando sobre los alienados) o por algún plano emocional encandilador. Y esto aplica la abundancia y prevalencia temporal de regímenes de izquierda… a pesar de los recurrentes y estrepitosos desastres sociales que producen.
Pero, estimado lector, ¿Cómo alguien puede sostener esto sin que los activistas de izquierda lo pulvericen? Bueno pues, se puede y cómodamente, si no aceptamos cándidamente discutir sobre poses o categorías ideológicas no epistémicas. Es decir, si definimos los polos ideológicos –digamos, socialismo versus capitalismo o, izquierda versus derecha o puntualmente, regímenes con altos índices de opresión versus libertad– definiéndolos y midiéndolos. Al hacerlo, descubriremos tanto innumerables matices ideológicos como mutaciones temporales.
La data mata al palabreo
Al hacerlo, le advierto que usted no recibirá calurosas aprobaciones o la atención de los bandos que usan estas etiquetas; o porque en realidad no son lo que declaran ser o porque son de izquierda. Verá usted, la evidencia empírica –discursos fuera– desprecia a los gobiernos con bajas libertades políticas y económicas (digamos a Cuba y sus colonias o Corea del Norte).
Para cerrar esta antesala recuerde que el socialismo –en todo tiempo y lugar– implica irrespeto por la propiedad privada (léase, por la libertad); y el capitalismo lo contrario. Y eso, como sostenía Proudhon, facilita las cosas. Insisto que aquí lo que usted opine, sienta o crea resulta irrelevante. No importa. Solo importaría la data. Es decir, si las libertades de su país toman altos o bajos valores. Esta situación se ve complicada por la desgracia empírica de los gobiernos de izquierda.
La cosa resulta simple y global. Con índices estadísticamente validados, a mayor opresión –izquierda–, mayor corrupción, mayor pobreza, mayor estancamiento, mayor subdesarrollo et al. No resulta, pues, casualidad que los candidatos de izquierda usen los vocablos centro-izquierda, izquierda responsable o izquierda moderada; o el Programa de Desarrollo de la Naciones Unidas haya tenido que inventar un índice medio turbio para medir el bienestar de sus gobiernos afines.
La lógica escondida
En este plano es útil recordar que no existe régimen más rapaz o extractivista que uno de Izquierda. Ni tampoco alguno más proclive al estancamiento o la Ccrrupción (pero esto ya lo hemos dicho párrafos atrás). Ya que sabemos que las izquierdas implican diferentes matices de opresión (inclinada para el mercader, para el dictador etc.). Llegamos al momento de definir el extractivismo, y para ello usaremos la aproximación de moda. Las ideas de Acemoğlu y Robinson, premios Nobel de Economía el año pasado. En ellas se habla de instituciones extractivas como aquellas que extraen riqueza en beneficio de unos pocos.
Históricamente, en naciones económicamente fracasadas como Cuba, Colombia, México o Venezuela, bajo diferentes matices de socialismo y/o mercantilismo, se extraen recursos naturales a espaldas del pueblo. No son pues australianos. Reza el viejo dicho iberoamericano, poder que no abusa no es poder. Descubren la esencia de la antítesis de un sistema de Libertad natural smithiano. Allí no hay mercados libres; sino una gobernanza estatal cubanoide, repleta de corrupción e ineficacia burocráticas, incumplimiento de la ley, abusos regulatorios y del orden público. Altos niveles de opresión política y económica. En estos países se extrae para que los mercaderes afines y los burócratas de turno roben y destruyan.
Volviendo a casa. No resulta casual que –después de una década de caviarada y filosenderismo– el crecimiento económico peruano resulte inestable y magro (ver figura I). Nuestros últimos veintitantos años –lapso en el que la opresión resultaría mucho menor a la registrada en los aciagos días de la izquierda populista y el velascato– confirman que nuestro crecimiento de largo plazo (3.3%) nos aleja del mundo desarrollado.
www.worldbank.org Elaboración propia

El saqueo idealista
Tengámoslo claro, el regreso de la izquierda al poder enfatizó un estilo extractivista. El bloquearse la inversión, los beneficios quedaron en manos de una burocracia ineficaz y corrupta. Nuestros izquierdistas expropian y extraen todos los recursos que pueden (son extractivistas hasta la médula), pero, por su ideología, traban o corrompen todas las inversiones que pueden (ver Figura II) y luego nos hablan de la maldición de los recursos naturales.
Estimados lectores, la maldición proviene del tener un Estado opresor y cleptócrata. Izquierda le dicen, aunque a veces se autodenominan centristas, social-cristianos, social-demócratas, caviares, socialistas, centro-izquierda, senderistas, et al. Todos van de más a menos libertades… En todos, la inversión privada y/o extranjera (bajo reglas de libre mercado) es el enemigo.


El cambalache
Pero nuestros fabricantes de pobreza –y amantes de la institucionalidad extractivista– se las saben todas. Cualquier desarrollo privado relativamente exitoso resulta… extractivista. Mienten con persistencia y registran una penosa efectividad.
Los ideólogos locales del fracaso –perdón, la izquierda política- etiquetan a pujantes mineros y agricultores locales que logran exportar… como terribles sectores extractivistas. Tratan, desde sus medios de comunicación y su burocracia, con mano suave a los que no cumplen regulaciones o pagan impuestos (informales): y con arbitrariedad y dureza, a los peruanos que sí lo hacen (formales).
La explotación laboral, la evasión tributaria o sus daños ecológicos de la minería ilegal para ellos son mínimos. Incluso se pintan como defensores del pueblo y el medio ambiente. Esta es la izquierda peruana.
Rebobinando. Generan un ambiente donde, cuando los precios externos suben, se exporta más, pero se traba la inversión. Extractivismo hipócrita, puro y duro.
















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