Dante Bobadilla
La izquierda a sus anchas
Vuelve a validar a la violencia como instrumento del cambio histórico
Salvo el traspié de Evo Morales en Bolivia, o incluso con ello, ahora mismo podemos apreciar en su total magnitud el accionar de la izquierda en Latinoamérica. Y, si quieren, sumemos a la madre patria, España, donde la izquierda amenaza convertir al país en una Venezuela europea.
No hace falta ver a la triste historia mundial del siglo pasado. Lo visto en Latinoamérica en este nuevo milenio basta para confirmar –por si hacía falta– que la izquierda es la dictadura disfrazada de democracia, el abuso del poder, la perversión de todas las instituciones, las mafias organizadas dentro del Estado, la manipulación descarada de la ley y la Constitución, la manipulación de la población a base de prensa y propaganda, incluyendo plebiscitos y referéndum, el dispendio de los fondos públicos en la compra de clientela política (mediante subsidios y diversas formas de asistencialismo), la guerra a la oposición política (a la que se la descalifica y apresa), el control de la prensa, etc. ¿Me olvido de algo? Ah, sí. El enriquecimiento ilícito de la cúpula entronizada en el poder y el progresivo endeudamiento público, que termina hipotecando al país a una potencia extranjera por las próximas tres generaciones.
Y todo esto va siempre disfrazado del buenismo social progresista, adornado con el discurso de la igualdad, la justicia, los derechos, el antiimperialismo y otras boberías por el estilo. Con ellas se llenan la boca estos charlatanes para venderse como pan caliente ante las masas incautas, que no se cansan de votar por estos vendedores de humo y artífices de la miseria.
Lo que vemos en Chile, si es que todavía queda algo, es una muestra más de la típica violencia de izquierdas. En Chile no hay un pueblo indignado manifestándose contra una dictadura hambreadora y corrupta como en Venezuela; o como en Ecuador, rechazando el alza de los combustibles; o en Bolivia, ante el descarado fraude electoral de Evo. No. En Chile hay una fiesta infantil callejera a cargo de niñatos dedicados al vandalismo salvaje, amparados en la impunidad y la cobardía, quienes detrás de sus capuchas carecen de las más elementales ideas políticas, a menos que el cacareo de consignas baratas sea hoy ideas políticas.
En Chile hay toda una generación envenenada en el odio por el adoctrinamiento progresista en la academia y la prensa. Los jóvenes ya desde años atrás lucían un esquizofrénico apego por las fracasadas ideas del comunismo y un curioso amor por Allende. Líderes estudiantiles, como las hoy diputadas comunistas Karol Cariola y Camila Vallejo, viajaban sin el menor pudor a la empobrecida Cuba para rendir pleitesía al anciano dictador Fidel Castro, responsable de la miseria y el atraso cubano de los últimos sesenta años. ¿Cuántas dosis de inmoralidad y estupidez se requieren para idolatrar a un dictador fracasado? La izquierda en Chile, siguiendo las enseñanzas de Marx, ha vuelto a validar la violencia como instrumento del cambio histórico, usando una vez más a los jóvenes como sus tontos útiles y su carne de cañón. El terrorismo urbano juvenil ha iniciado un proceso que carece de sentido y de meta. Pero Chile no es el único. Es hora de mirar hacia Colombia donde la izquierda afila los machetes.
Y hay quienes desde afuera ven al Perú como un oasis de serenidad. Podemos contar con serenidad en un país mientras no haya una derecha en el poder, que es lo que exalta a las izquierdas a salir a las calles para sabotear al gobierno. Pero hemos visto la guerra sin cuartel contra el Congreso. Nunca le dieron tregua. Usaron todo su poder para destruir a ese Congreso, de mayoría fujimorista, mediante implacables campañas desde la prensa prostituida al poder, y un perverso y sistemático accionar de Vizcarra en contra del Congreso, desde discursos de odio hasta sus reformas basura, cuyo único objetivo era obtener el recurso legal que le permita disolverlo. No lo obtuvo pero lo hizo igual, convencido de que cuenta con el aval de la mafia.
La tranquilidad que hay ahora en el Perú se debe a que la mafia que dejaron instalada Odebrecht y las demás empresas brasileñas, por encargo de Lula y el PT, sigue operando a sus anchas y maneja a Vizcarra como una marioneta. Controla instituciones como el Ministerio Público, el Poder Judicial y el Tribunal Constitucional, al que Vizcarra se apuró a salvar disolviendo el Congreso inconstitucionalmente antes de que cambiara a sus miembros. Como antes lo hizo defendiendo a los fiscales que defienden a Odebrecht. Hay tranquilidad porque ya eliminaron al Congreso opositor, la oposición ha sido diezmada y la lideresa de Fuerza Popular sigue encarcelada sin juicio. Una mafia de izquierda controla el poder en el Perú. La única causa de la violencia es que la izquierda no pueda obtener el poder por los votos o por otros medios fuera del Estado de derecho.
















COMENTARIOS