Fernando Lucena
La derecha y el lobo
El lobo está a punto de entrar a Palacio de Gobierno
Érase una vez un pastorcillo llamado Pedro. El joven subía cada mañana, muy temprano, con su rebaño de ovejas para que pastaran… Creo que todos sabemos cómo sigue el cuento: “Pedro gritó “¡Socorro! ¡Qué viene el lobo! ¡Ayuda!” tantas veces, sin que fuera cierto que el lobo venía que, cuando finalmente llegó el lobo, nadie le creyó.
Durante años, los partidos y medios de comunicación de derecha han “terruqueado” a diestra y siniestra, apuntando contra cualquiera que discrepase con ellos. Como ejemplo, aún recuerdo cuando, con asombro, vi el video de una candidata al congreso por Fuerza Popular visitando un mercado, como parte de su campaña para las elecciones congresales. Contra lo que ella esperaba, la gran mayoría de los presentes la pifió, luego de lo cual la referida congresista optó por retirarse. Su “portátil” de simpatizantes, mientras emprendían la retirada, gritaba en respuesta a los vendedores y clientes del mercado: “¡terrucos!, ¡terroristas!”.
En un país que ha vivido una de las perores expresiones del terrorismo en el mundo, este adjetivo no puede ser empleado con tanta ligereza. Ser terrorista en el Perú no puede dejar de significar lo peor que existe, el último eslabón en la cadena de psicopatías delictivas. La época del terrorismo fue –para los que tenemos suficientes años para recordarla– el punto más bajo en la historia republicana del país; una pesadilla que, si bien preferiríamos olvidar, por responsabilidad estamos obligados a recordar y a compartir con aquellos que eran aún muy jóvenes (o quizás no habían nacido) para tener memorias de tan oscuros años.
Desafortunadamente –cortesía de un grupo de entre aproximadamente 400 delincuentes armados operando en una porción del VRAEM, junto con otro grupo de delincuentes desarmados que están antagónicamente opuestos a los recién descritos y conforman el Movadef– aún no podemos hablar del terrorismo en tiempo pasado. Estos elementos aún existen y, en su versión “militarizada”, todavía siembran terror y muerte en lugares remotos del país. Mientras tanto, su versión “política” continúa con sus esfuerzos por adoctrinar y reclutar adeptos, bajo la consigna de que Abimael Guzmán y compañía son meros “presos políticos” y no genocidas salvajes que, principalmente, asesinaron de manera masiva a miembros del proletariado que decían representar.
Están tan vivos y activos que, hoy por hoy, el partido que está a punto de entrar al gobierno cuenta con congresistas ya electos que están vinculados al fenómeno del terrorismo. Además, sobre el líder y fundador del referido partido, existen diversas acusaciones sobre una relación cercana con los subversivos que operan en el VRAEM.
Regresando a la analogía, cuando finalmente el lobo llegó y puso un pie (y la mitad del otro) dentro del Palacio de Gobierno, pues al pastorcillo que gritaba “¡Socorro! ¡Qué viene el lobo!” nadie le creyó. De lo contrario, me es muy difícil entender cómo el partido de Vladimir Cerrón haya obtenido tan cuantiosa votación en provincias como Ayacucho, Huancavelica, Apurímac o San Martín, regiones del país que fueron brutalizadas por la violencia irracional de Sendero Luminoso.
La parábola termina diciendo: “Fue así como el pastorcillo aprendió que no se debe mentir, pues cuando necesitó ayuda de verdad, nadie le creyó.”
¿Quizás la misma analogía se podría aplicar a las denuncias sobre la trampa sistemática, fraude en mesa o como quiera que se llame a lo que acaba de ocurrir con las últimas elecciones?
















COMENTARIOS