Alberto Schwartz
Indignación, pero no sorpresa
Ante las polémicas declaraciones del presidente José María Balcázar
Indignación, pero no sorpresa, ha causado la proclama antisemita del señor José María Balcázar, realizada el 28 de abril de 2026 en la Cámara de Comercio de Lima. Bien escrito: “señor”, en minúsculas y sin asomo de respeto, a quien no llamaré “presidente” ni trataré de “usted”, ya que ha pisoteado la majestad del cargo para el que fue designado tras su asunción como presidente del Congreso y su encargatura de la Presidencia de la República para completar el periodo 2025-2026.
Indignación, acompañada de enojo y hartazgo, al ver falsear la historia y hacer el ridículo a un nuevo inquilino del Palacio de Gobierno; uno más del desfile de impresentables que nos han gobernado en las últimas décadas, electos por llevar un sombrero, por personificar el odio, por tener un color de piel o por decir un eslogan demagógico. Así de mal estamos: tenemos presidentes cumpliendo sentencias y otros con procesos legales en curso, mientras que otro se pegó un tiro antes que enfrentar la justicia; incluso tenemos primeras damas prófugas de la ley. Vaya récord que ostentamos los peruanos.
Pero no hay sorpresa porque José María refleja de la mejor manera a la casta de los congresistas que lo eligieron, casta que, a la vez, fue electa, así que el electorado no se salva de su responsabilidad. El que alguna vez fuera hemiciclo de grandes amautas hoy se ha convertido en un circo de otorongos que no tienen ni la más mínima piedad con nosotros, sus gobernados, y quienes, a base de pactos —vaya uno a saber bajo qué parámetros—, eligen a sus cómplices sin detenerse a examinar los pergaminos y capacidades intelectuales del agraciado con su voto.
Conocemos de sobra al personaje. Ya con aquello de las relaciones sexuales de menores era más que suficiente para desaforarlo y mandarlo al psiquiatra. Pero no. Lo hicieron “presidente” y, desde su designación para el alto cargo el 18 de febrero pasado, no nos ha dejado de sorprender con sus continuos exabruptos: sea blandiendo sus espadas racistas en contra de los blancos —que somos tan peruanos como cualquier otro hijo de esta tierra—, o saliendo luego con aquello de mentir y negarse a firmar un contrato que ya había sido aprobado, a tal extremo que le renunciaron ministros y finalmente fue desautorizado por sus propios funcionarios, quienes prefirieron dejar en evidencia su manifiesta incapacidad antes que el Perú —es decir, todos nosotros— tuviera que afrontar las consecuencias legales y económicas de un acto irresponsable de una persona, y me reservo el adjetivo peyorativo, aquejado por una capacidad cognitiva deficiente.
Y finalmente, insisto, no hay sorpresa porque estamos ante un individuo que no solo lee, sino que cita extractos de libros dándoles aderezos antisemitas en un discurso de Estado ante empresarios y posibles inversionistas, para luego esbozar, en un oscuro comunicado sin firma alguna, excusas evasivas a su innegable responsabilidad y odio contra el pueblo judío.
¿Y ahora qué sigue, José María? ¿Citar a Hitler y Mi lucha? ¿A Henry Ford y El judío internacional, para luego decir que no dijiste lo que todos oímos? ¿O más bien sacarás a la luz alguna versión peruana del “Plan Andinia”, aquel folleto lleno de teorías conspirativas antisemitas altamente popular entre tus colegas judeófobos de Argentina y Chile?
Este no es el espacio para explicarle a un ignorante de tu calibre lo que fue el Holocausto, genocidio por demás documentado y estudiado. Sin embargo, seis millones de razones me obligan a escribirte, entre ellas, las pertenecientes a mi familia de Salónica, Grecia, llevada en vagones de ganado hasta Auschwitz-Birkenau, donde fue gaseada y cremada. No lo dice uno de los autores que lees para luego mal citarlo e intentar escabullirte. Los nombres de los Habib de Salónica, apellido original de mi familia, fueron registrados por el mismo verdugo que admiras y constan en los registros del tristemente célebre campo de exterminio adyacente a Cracovia, Polonia.
El Estado alemán, responsable directo —y no otro— del estallido de la Segunda Guerra Mundial, de las ejecuciones masivas de minorías étnicas y de la construcción de las seis fábricas de muerte en suelo polaco, nos ayuda a recordar el legado del Holocausto para que no se olvide y para que nunca más callemos ante seres viles como tú, que destilas odio hacia quienes jamás te hemos hecho daño alguno.
José María: si tuvieses algo de honor, te quedan dos vías. La primera, la disculpa pública y verbal, sin escudarte en aquello de “dije lo que dije, pero no lo dije”. Ya estamos grandes y quedó grabado. Si eres hombre para difamar al pueblo judío, para falsear la historia y para tratar de hacer quedar como victimarios a quienes en verdad fueron las víctimas del Holocausto, sé también, de una buena vez por todas, un hombre para reconocer tu error y pedir disculpas públicas, sin argucias.
La segunda vía, de no aceptar la primera —como parece ser tu intención hasta el momento—, es la renuncia. Vete por donde viniste hoy mismo, no en julio, y evítanos sentir más vergüenza de la que ya nos has hecho pasar. Haz algo valiente, aunque sea una vez, y millones de peruanos te lo agradecerán.
Por ahora, quedas para la posteridad como lo que eres. Tú no representas al Perú, sino a una izquierda retrógrada antisemita que pierde el tiempo y nuestros recursos económicos en discusiones internas, proyectando en otros responsabilidades propias por sus fracasos internacionales, causados por sus adherentes en otrora naciones prósperas como Cuba o Venezuela, hoy reducidas a cenizas por tus camaradas, que si tuviesen la oportunidad de administrar el desierto del Sahara, seguramente lo dejarían sin arena en menos de un lustro.
El Perú que nos merecemos es un país unido: del cobrizo, del blanco y del negro. Un país que abre sus puertas al progreso y al que no se le ponen zancadillas. El que soñaron nuestros antepasados, entre ellos los míos, llegados a esta tierra escapando de las guerras balcánicas y greco-turcas de principios del siglo XX. Ese es el país que queremos, no el que pretenden gobernar y mancillan irresponsables con aspiraciones de saquear, cual botín, el tesoro nacional que hemos construido desde 1990 y que hoy nos convierte en objetivo de regímenes parásitos como el cubano.
Estas son las líneas más suaves que puedo escribir, pero no las confundas con falta de firmeza. Estoy harto del espectáculo que proyectamos por tu culpa ante el mundo. Me he guardado la artillería pesada por si en el futuro, José María, se te ocurre proferir nuevas barbaridades. Entre tú y yo solo hay en común un gentilicio, pero de mi parte no hay respeto; eso lo reservo, profundo e infinito, para las millones de víctimas del nacionalsocialismo, a quienes tú ofendiste y por quienes no callo.
















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