Silvana Pareja
El espejismo del cambio: ¿está el Perú frente a un Castillo 2.0?
Designación de funcionarios sin experiencia, confrontación institucional y falta de claridad económica
En el Perú, el cambio se ha convertido en una consigna incuestionable. No importa tanto su contenido como su promesa. En un contexto de profunda desconfianza hacia la política, amplios sectores de la ciudadanía, especialmente jóvenes, han asumido que cualquier alternativa que rompa con lo tradicional representa, por definición, una mejora.
El problema es que gobernar no es romper. Gobernar es sostener. La experiencia del gobierno de Pedro Castillo lo demuestra con claridad. Más allá del discurso, su gestión estuvo marcada por la improvisación, la ausencia de equipos técnicos sólidos y una inestabilidad política que debilitó al Estado. La constante rotación ministerial, la falta de coherencia en la política pública y el enfrentamiento permanente entre poderes no solo generaron incertidumbre, sino que terminaron erosionando la capacidad misma de gobernar.
Ese antecedente no es ideológico. Es funcional. Por ello, cuando hoy se plantean nuevas opciones que se inscriben en ese mismo espacio político, la pregunta no debería ser si representan el cambio, sino si pueden evitar repetir las condiciones que llevaron al fracaso reciente. En un eventual escenario donde figuras como Roberto Sánchez accedan al poder, el riesgo no radica en su discurso, sino en la posibilidad de que se reproduzca un modelo de gestión que ya evidenció sus límites.
La idea de un “Castillo 2.0” no debe entenderse como una etiqueta política, sino como un criterio de análisis. Si se repiten patrones como la designación de funcionarios sin experiencia, la confrontación institucional y la falta de claridad económica, el resultado será previsible. No por prejuicio, sino por evidencia. Sin embargo, este tipo de evaluación suele quedar relegada en el debate público. Las redes sociales han instalado una lógica distinta, donde lo relevante no es la viabilidad de una propuesta, sino su capacidad de generar adhesión
En política, esto se traduce en consignas eficaces pero incompletas: “cambio ya”, “no más de lo mismo”. A ello se suma un uso cada vez más instrumental del concepto de memoria. Se sostiene que recordar implica rechazar determinadas opciones políticas, pero rara vez se aplica ese criterio a experiencias recientes. La memoria no es selectiva ni patrimonio de un solo sector. Recordar implica evaluar integralmente, no elegir qué olvidar.
No es casualidad que el Perú haya tenido múltiples constituciones a lo largo de su historia. Este hecho no refleja únicamente evolución, sino una constante incapacidad de sostener acuerdos políticos duraderos. Ante cada crisis, el país ha optado por reiniciar en lugar de corregir. Hoy, esa misma lógica se reproduce en el voto. El verdadero dilema no es si el país debe cambiar, sino si está dispuesto a repetir, bajo otro nombre, los mismos errores.
Superar este ciclo exige elevar el estándar del voto y de la política. Las candidaturas deben presentar equipos técnicos identificables y coherentes, no solo discursos. El electorado, por su parte, debe priorizar criterios como gobernabilidad, estabilidad institucional y viabilidad económica. Asimismo, resulta indispensable fortalecer los partidos políticos y limitar el uso estratégico de mecanismos como la vacancia presidencial.
Porque cuando el cambio se construye sin condiciones de gobernabilidad, no transforma. Solo repite la inestabilidad bajo una nueva narrativa.
















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