Santiago Carranza-Velez

Lito Mendoza o la vocación de hacer leer al Perú

Un homenaje al mejor librero del centro de Lima

Lito Mendoza o la vocación de hacer leer al Perú
Santiago Carranza-Velez
01 de mayo del 2026

 

Entrar a la librería de Lito Mendoza en el jirón Camaná, frente a la plaza Francia, era entrar a un espacio donde el tiempo parecía ordenarse de otra manera. El local era pequeño, con un altillo estrecho y estantes que acumulaban más historia de la que dejaban ver a simple vista. Pero lo decisivo no era lo que había en los anaqueles, sino lo que ocurría alrededor de ellos.

La primera vez que entré tenía trece años. Buscaba otra cosa, estaba deambulando y salí con dos libros en la mano. La escena fue rápida. Lito preguntó, habló, evaluó en silencio y, sin mayor transición, sacó dos volúmenes y los puso delante: «Llévatelos». No hubo negociación ni cálculo. Fue un gesto directo, casi brusco. Como si lo importante no fuera la venta, sino el inicio.

Esa forma de actuar lo definía. Su librería no funcionaba bajo la lógica habitual del comercio. Ahí se iba a comprar, pero también a quedarse. A conversar. A escuchar. Con el tiempo, ese espacio se convirtió en un punto de reunión irregular pero persistente. Los viernes, especialmente, se formaba un grupo heterogéneo: jóvenes de barrio, artistas, estudiantes, lectores en formación. Lito estaba en el centro, fumando, hablando, recomendando. No dirigía, pero ordenaba. No enseñaba en sentido formal, pero exigía.

Había, en ese pequeño local, algo que recordaba a una academia en su sentido más antiguo. No institucional, no reglada, pero sí sostenida en la conversación y en una idea exigente de lo que significa leer. Tenía sus peripatéticos: gente que pasaba, se quedaba, volvía. No había programas ni certificados, pero sí una forma de aprendizaje que se transmitía en el trato cotidiano.

Una regla tácita organizaba esa relación: quien compraba un libro podía volver y cambiarlo por otro del mismo precio. No era un sistema de fidelización, sino una manera de entender la lectura como circulación. El libro no como objeto que se acumula, sino como parte de un recorrido que se prolonga. En ese gesto había ya una pedagogía: leer no es poseer, es moverse.

Pero Lito no hablaba de libros en abstracto. Hablaba, sobre todo, del Perú. De su historia, de sus fracturas, de sus momentos decisivos, de sus grandes hombres. En sus estantes y en su memoria convivían la república aristocrática, las crisis del siglo XX, el aprismo como misión histórica, las figuras políticas que marcaron época y los autores olvidados que habían intentado narrarla. Su librería era, en ese sentido, una forma de archivo vivo.

El aprismo ocupaba en ese mundo un lugar central. Lito hablaba de Víctor Raúl Haya de la Torre y de Alan García con una intensidad que, a veces, podía resultar excesiva para un no aprista. Había en él una forma de lealtad que no se explicaba por cálculo, sino por convicción. A ratos era reiterativo, incluso obstinado. Pero esa insistencia no era ajena a su proyecto: entendía la política como parte de una formación más amplia, inseparable de la lectura.

Esa convicción se condensaba en una frase que repetía con frecuencia: «Pónganse a leer». No era un eslogan. Era una orden. Una forma de interpelar al que tenía delante, como si en cada conversación estuviera en juego algo más que una recomendación. En esa frase convivían su vocación pedagógica y su idea del país: un Perú que debía leerse para poder entenderse.

Su conocimiento de los libros era, además, material. Sabía qué ediciones estaban incompletas, qué páginas habían sido retiradas, qué títulos habían desaparecido. Podía encontrar lo que nadie encontraba: novelas del norte peruano que ya no circulaban, ensayos políticos de tirajes mínimos, primeras ediciones de autores relegados. Y lo hacía con un criterio que no buscaba impresionar, sino orientar. Su librería no era solo un punto de venta: era un lugar donde el pasado se volvía accesible.

En algún momento, esa misma vocación lo llevó a pasar por la Biblioteca Nacional. Era, en cierto sentido, el lugar lógico para alguien que concebía la lectura como una tarea pública. Pero su espacio verdadero estaba en Camaná. En ese tramo del centro de Lima donde todavía persiste una forma particular de vida urbana: librerías de viejo, puestos improvisados, conversaciones largas, una circulación de libros y de ideas que no depende de grandes estructuras.

Porque Lito pertenecía a una estirpe reconocible: la del librero antiguo del centro de Lima. Un tipo de figura que no se limita a vender, sino que media entre libros y lectores, entre pasado y presente. Alguien que construye criterio, que orienta, que insiste. Ese tipo de librero no es fácilmente sustituible. Y, poco a poco, se va yendo.

Lito tenía bemoles: podía exagerar vínculos, construir relatos alrededor de su propia figura, incorporar a otros en su historia como si todo formara parte de una misma trama. Era, en ese sentido, un personaje. Y quizás esa mezcla de convicción y desborde era inseparable de su manera de estar en el mundo.

Durante un tiempo dejé de ir con la misma frecuencia. Pero cada vez que volvía al centro, intentaba pasar. Aunque fuera unos minutos. Fumar un cigarro, conversar. Porque sabía que ahí persistía algo que no encontraba en otro lugar: una relación viva con los libros, sostenida en la conversación y atravesada por una idea exigente del Perú, de un Perú que se va.

Que haya sido velado en la Casa del Pueblo no es un detalle menor. No remite solo a una pertenencia, sino al reconocimiento de una trayectoria que no se mide en cargos ni en obras publicadas, sino en lectores formados, en conversaciones sostenidas, en una presencia constante en la vida de otros.

Lito Mendoza organizó su vida alrededor de una idea: que un país puede cambiar si aprende a leer. No dejó un programa ni una obra sistemática. Dejó algo más difícil de registrar: una práctica sostenida, casi obstinada, de formación.

Hoy que ya no está, lo que permanece no es solo el recuerdo de su librería, sino la imagen de un hombre que convirtió un espacio mínimo en un lugar significativo. Un lugar donde leer no era acumular, sino entrar en una conversación. Una conversación sobre libros, pero sobre todo sobre el futuro del Perú.

Santiago Carranza-Velez
01 de mayo del 2026

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