César Félix Sánchez
Conjeturas y tareas ante un sabotaje electoral
Los “errores” de la ONPE han alterado el resultado de las elecciones
El 12 de abril fue uno de los días más extraños de la historia reciente del país. Ni el mayor de los «negacionistas» –especímenes que abundan, para sorpresa de nadie, entre los que años atrás día y noche defendían a Vizcarra contra lo evidente e imponían con falsedades, durante la pandemia, toda suerte de medidas tiránicas desacreditadas– podrá ocultar el hecho de que los fenómenos que ocurrieron ese domingo fueron absolutamente anómalos y que habrían tenido un efecto sobre el resultado de las elecciones.
Durante estos días realicé un ejercicio curioso: revisé el porcentaje de ausentismo de 2016 en distritos de Lima como Miraflores, San Juan de Miraflores, Villa El Salvador, Chorrillos, Surquillo, Surco, San Borja y San Isidro. Luego, comparé esa cifra con el porcentaje de ausentismo de 2026. Todo según las cifras publicadas por la ONPE. Seguidamente, saqué la diferencia entre ambos, descubriendo, evidentemente, un exceso de algunos puntos porcentuales en 2026; es decir, un aumento inusitado del ausentismo en este año, muy probablemente debido a las irregularidades de ese día. Sobre ese exceso de ausentes, proyecté los porcentajes de la votación del 2016 en cada distrito, suponiendo que los que no votaron seguirían la tendencia de su ámbito cercano. El resultado fue que Rafael López Aliaga hubiera tenido, si esos ausentes votaban, más del doble de los votos que lo separan de Roberto Sánchez al momento en que escribo estas líneas (30 de abril de 2026). Y eso significa que, aun si suponemos escépticamente, que la mitad del exceso de ausentes del 2026 no obedecía a las demoras e irregularidades (que sabemos de primera mano que disuadieron a muchos votantes, en particular de la tercera edad), sino era un «crecimiento natural» del ausentismo, igual López Aliaga se hubiera impuesto a Sánchez.
Más extraño aún fue lo que me contó un primo mío residente desde hace más de 30 años en Chile. De los cuatro centros de votación que solían disponerse en Santiago normalmente, este año se decidió establecer solo uno, en un centro ferial a las afueras de la ciudad. Allí se dispuso un estacionamiento a dos kilómetros del lugar, obligando a la gente a caminar. El consulado había prometido un bus para acercar a los votantes, pero no hubo ningún vestigio de él durante toda la jornada. Las colas eran inmensas, nunca vistas, tanto fuera como dentro del recinto. Una vez dentro del recinto –al que mi primo pudo llegar solo por ser de la tercera edad–, el panorama era caótico: solo se abrieron dos mesas y nadie informaba nada. Al final, luego de perder tres horas, tuvo que retirarse junto con cientos de compatriotas sin haber podido votar. Cosa curiosa: ahí no hay Galaga a la que culpar.
¿Qué queda hacer en estos casos? Pues manifestar nuestra protesta ciudadana, pero, por sobre todo, medir las fuerzas con las que se cuenta y actuar con prudencia. Muchos que, por dentro, están muy contentos de que hayan desembarcado a Rafael López Aliaga de la segunda vuelta y probablemente de la presidencia y que no dudaron en combatirlo durante toda la campaña, favoreciendo indirectamente esta situación, ahora aconsejan al líder de Renovación maximalismos que podrían ser catastróficos y contraproducentes.
Si no hay elementos para, sea de manera extrínseca o intrínseca, cambiar el resultado del sabotaje, no queda más que embarcarse, con todas las fuerzas, en una lucha por preservar el orden ante el caos que significaría el neocastillismo más pícaro y peligroso, representado por el sinuoso Roberto Sánchez. El tiempo está corriendo.
















COMENTARIOS