Dante Bobadilla
Estado de coma
Ministros siguen cayendo como frutos podridos
Tal parece que la ya famosa y hasta mítica pregunta “¿en qué momento se jodió el Perú?” debemos replanteárnosla cada cierto tiempo, y cada vez con mayor severidad. Y es que todo indica que el Perú no termina de joderse nunca. Vivimos en un inexorable y permanente proceso de jodimiento. Cada vez que las cosas parecen ir bien, alguien tiene que aparecer detrás de bambalinas para traerse abajo el escenario y malograrnos la fiesta.
Alguien dijo que el Perú es un manicomio donde los locos están a cargo. No creo que haya sido Raymondi, pero alguien con la misma lucidez lo dijo. Y es que en el Perú, donde se levanta una piedra salta un corrupto, un saltimbanqui, un trepador o una guaripolera dispuesta a lo que sea para agradar a Vizcarra. Ahora que no hay Congreso aparece la evidencia de que este Gobierno es tan inepto que no necesita a nadie que lo obstruya porque se obstruye solo. No hace falta un Congreso que censure ministros para que estos caigan como frutos podridos. Los que clamaban por el cierre del Congreso, hoy lamentan que no haya Congreso que censure al ministro engreído y ensoberbecido que osó tocar a un amigo de todos y todas. ¿Desde cuándo un ministro nombrado solo por su cualidad para mover la colita y saltar al regazo del amo tiene atribuciones para cambiar a los funcionarios de su sector? Y más aún para sacar a uno de los engreídos de la caviarada y de más allá. ¡Habrase visto!
Lo que falta dilucidar es si el atrevimiento fue iniciativa del ministro, ya sea para castigar el mal gusto de un funcionario que ocupó horas de TV transmitiendo en vivo la liberación de Keiko, la mujer más odiada de la caviarada, o porque no quiso complacerlo dándole la cobertura que su alta investidura e importantísimas funciones requieren en la televisión nacional y para el disfrute del país. Otros mal hablados sugieren que fue una hábil jugada de Vizcarra (lo que ya suena falso) para deshacerse de dos peones con un solo movimiento: por un lado, tener a alguien más manipulable a cargo de los medios del Estado, ad portas de la campaña electoral; y por otro, utilizar al ministro bufón como sicario, para luego quemarlo vivo en la plaza pública, dejando que él solo asuma toda la culpa, cantando en medio de llamas ardientes.
Queda por adivinar qué promesa hubo detrás de la inmolación ministerial; o si, en efecto, el drama fue producto de la vanidad de un tenor ávido de cámaras y flashes. Lo cierto es que la telenovela nacional “Queremos tanto a Coya” llegó a su fin con la renuncia cantada de Petrozzi, en do mayor. ¿Qué vendrá después? Producciones Vizcarra nos promete una entrega igual de emocionante y sangrienta próximamente. No apaguen su televisor ni cambien de canal.
Mientras tanto, en las calles un grupito de activistas feminazis semidesnudas escenifica un tráiler que parece mezcla fallida de “Thriller” con “Sin tetas no hay paraíso”, gritando consignas contra el Estado opresor y violador, al que finalmente le piden que las cuide, proteja, asista y les financie los abortos. No sé para qué, ya que todas son incogibles.
Pero lo verdaderamente sorprendente ha corrido a cargo del Tribunal Constitucional, donde hemos podido comprobar que no hay crimen perfecto. El grotesco golpe de Estado perpetrado por Vizcarra, bajo órdenes de la mafia caviar, para mantener la actual composición del TC, les salió como tiro por la culata. Solo un voto inesperado y dubitativo de un tribuno que figuraba como miembro de la logia caviar, decidió la liberación de Keiko para tormento del progresismo y desesperación del fiscal Pérez. Nadie se lo esperaba.
Este hecho de elemental justicia hizo babear de odio al progresismo en pleno y aceleró el pulso del súper fiscal Pérez quien, ni corto ni perezoso, arremetió contra el TC en su virulento y desafiante estilo, criticando la sentencia del TC y exhortando a un burócrata menor a presentar un pedido de nulidad ante el TC. Este último, sin terminar de leer el impertinente documento, lo declaró inadmisible. Acto seguido, el súper fiscal Pérez citó a comparecer ante él al tribuno Sardón. Ni más ni menos. Parece un cuento de Lewis Carroll, pero solo es la cruda y graciosa realidad diaria del Perú de Vizcarra. Se sufre, pero se goza.
















COMENTARIOS