Arturo Valverde
Esos pocos que mueven el mundo
Una lectura de la novela “El Manantial”, de Ayn Rand
Es cierto, uno no está solo si tiene una biblioteca, como dijo el recordado Lito, el viejo librero del centro de Lima. Y en mi caso ha sido una mujer de opiniones mordaces quien me acompaña por estas noches; repito noches, porque uno debe quitarse esa mala manía de “por estos días” cuando se tiene el espíritu nocturno. Como sea, la mujer en cuestión es Ayn Rand.
Rusa, filósofa y escritora, la ardiente defensora del individuo se ha convertido en una excelente compañía desde que empecé a leer El Manantial; la novela que plantea la lucha del individuo contra el colectivismo, del creador contra los parásitos que viven a costa de las ideas de otros, bastante bien reflejado en Peter Keating y Howard Roark, principales y antagónicos personajes.
Para que la conozcan un poco, y envidien la excelente compañía que me he conseguido, lean palabra por palabra: «No está en la naturaleza del hombre —ni de ninguna entidad viva— empezar riéndose, escupirse en su propia cara y condenar la existencia; eso requiere de un proceso de corrupción cuya rapidez varía de una persona a otra. Algunos se rinden al primer contacto de la presión; algunos se venden; otros se van degradando poco a poco y pierden su ardor, sin saber nunca cuándo o cómo lo perdieron. Después, todos se pierden en la inmensa ciénaga de sus mayores que les dicen constantemente que la madurez consiste en abandonar la mente de uno; la seguridad, en abandonar tus valores; y el sentido práctico, en perder tu autoestima. Sin embargo, unos pocos resisten y siguen adelante, sabiendo que ese fuego no ha de ser traicionado, y aprender a darle forma, propósito y realidad. Pero sea cual sea su futuro, al final de su vida, los hombres buscan una visión noble de la naturaleza del hombre y del potencial de la vida (…). No importa que solo unos pocos de cada generación entiendan y logren la plena realidad de la estatura apropiada del hombre y que el resto la traicionen. Son esos pocos los que mueven el mundo y le dan a la vida su significado, y son esos pocos a los que siempre he querido dirigirme. El resto no me interesa: no es a mí o a El Manantial al quienes traicionarán: es a sus propias almas».
Como Ayn Rand, este artículo va para esos pocos que mueven el mundo.
















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