Favio Leon
En defensa de la Constitución
Es un obstáculo para el absolutismo y el totalitarismo
El planteamiento de una Asamblea Constituyente por el aún candidato presidencial Pedro Castillo y sus huestes, instala en la discusión de la opinión pública de conformidad a su plan de gobierno, la idea de una “nueva Constitución”. Es claro que el mecanismo propuesto no es constitucionalmente válido y cualquier reforma pasa necesariamente por el filtro del Congreso de la República.
La intención de Pedro Castillo y Perú Libre es la consagración de una Constitución a su medida; es decir, la instauración de un régimen autoritario, desnaturalizando la razón de ser de la carta fundamental. La idea de Constitución apareció en el mundo occidental como un instrumento para detener la vocación autoritaria de los gobernantes. La Constitución busca limitar y amarrar el poder, que todo lo corrompe, en resguardo de las libertades del individuo.
Así lo entendieron los Padres Fundadores de los Estados Unidos. Y ello tuvo eco en la opinión pública de la época. Esas ideas –subrayo, ideas– son las que prosperaron y dieron sus frutos haciendo realidad la constitución de un gobierno limitado y separado en sus poderes, además de los necesarios pesos y contrapesos. El objetivo siempre fue atar al leviathan, evitando que sea una amenaza a las libertades de producir, comerciar y trabajar; hoy reconocidas como derechos fundamentales, que preexisten al texto per se de la Constitución y a la conformación misma del Estado.
A esto se refería Cooke cuando decía que “todos los grandes derechos que los hombres nunca desean perder, ni deben perder, han de ser garantizados, no concedidos por la Constitución”. Estas fueron las ideas políticas y económicas que inspiraron la experiencia constitucional en los Estados Unidos. Y es de ahí que el mundo las recibió. Por eso, por definición, el derecho constitucional es el derecho constitucional de la libertad.
El colectivismo y todas sus variantes –fascismo, socialismo, incluyendo al socialismo del siglo XXI– busca concentrar el poder de forma absoluta. Por eso es un obstáculo para las pretensiones autoritarias de Castillo y Cerrón una Constitución como la de 1993. Cuando Castillo señala que es necesario tener una Constitución con “olor, color y sabor del pueblo” se equivoca, pues la Constitución no es de la sociedad sino del gobierno. ¿Por qué? Porque el gobierno tiende al abuso de sus poderes o a ser arbitrario.
Así lo aclaró elocuentemente el filósofo político norteamericano John C. Calhoun en 1851, para quien “la Constitución es para el gobierno como este último es para la sociedad; y del mismo modo que el fin para el que la sociedad ha sido destinada no se lograría sin gobierno, el fin para el que ha sido destinado el gobierno no se lograría en gran medida sin la Constitución”.
La prosperidad de los pueblos no se alcanza cambiando la Constitución cada cinco años o convocando a Asambleas Constituyentes desde el poder. Si alguna reforma política se pretende hacer, se debe respetar el juego de reglas que la propia Constitución establece.
Solo será posible detener la embestida comunista contra nuestras libertades individuales, teniendo una opinión pública robusta que sepa cuál es el verdadero rol de una Constitución. Así como la tuvieron los colonos norteamericanos antes de que se derrame la primera gota de sangre en Lexington.
















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