Dante Bobadilla
El fin del modelo
Hay que decirle adiós al Estado de derecho
Los sucesos de Chile —precedidos por los de Ecuador y también de Perú, aunque en menor medida— marcan el fin del modelo que nos permitió la convivencia civilizada y el progreso. Me refiero a la democracia representativa sustentada en la Constitución y la ley, la división del poder político en varias instituciones y la delegación al Estado del monopolio de la fuerza para el resguardo del orden público y la seguridad. A todo eso que se llamaba “Estado de derecho” hay que decirle adiós. No funciona más. Es hora de las hordas salvajes.
Ya a mediados del siglo pasado la izquierda marxista tramaba en contra de los estados democráticos de la región. Entonces su estrategia fue capturar el poder por las armas. El éxito de Fidel Castro en Cuba despertó el entusiasmo en Sudamérica y rápidamente se propagaron focos guerrilleros seguidos por movimientos terroristas. Al cabo de miles de muertos, la izquierda fue derrotada y finalmente se resignó a participar en la democracia. Pero fiel a su doctrina y vocación violenta, la izquierda nunca renunció a las asonadas populares para imponer en las calles lo que no podía lograr mediante la fuerza de los votos.
Paralelamente, la izquierda fue capturando espacios cada vez mayores tanto en la academia como en la prensa, dos bastiones usados para el adoctrinamiento social en los nuevos conceptos y valores de izquierda, como la igualdad y los derechos sociales. Desde estos espacios difundieron su narrativa cuestionando al Estado, retando al Estado de derecho, denunciando el modelo económico y apoyando toda protesta. Impusieron su narrativa social basada en la igualdad. Convirtieron la protesta en un derecho social que no podía ser reprimido ni con el pétalo de una flor, para lo cual se adueñaron de los “derechos humanos”, paragua perfecto para toda clase de manifestantes y hasta de terroristas. Todo esto bajo la indiferencia total de la derecha que solo vigilaba su modelo económico.
El resultado es que hoy tenemos una juventud adoctrinada y una izquierda fortalecida que no respeta más el Estado de derecho, convencida de que tomando las calles puede imponer su voluntad con violencia y chantaje social. Son intocables. Aunque transgreden todas las leyes, están protegidos por las entidades que vigilan al Estado en resguardo de los derechos humanos. Gozan además del apoyo de los medios de prensa, que han idealizado las protestas como los máximos exponentes de la “verdadera democracia”. Los gurús de la academia se apuran a defender estas “expresiones genuinas del descontento popular” por las condiciones de inequidad y el fracaso de un modelo económico insensible a las demandas populares.
En Ecuador el gobierno tuvo que salir corriendo del Palacio de Carondelet para salvarse de las turbas y acabar finalmente derogando sus medidas económicas para mantenerse en el cargo. En el Perú, Vizcarra se dio el lujo de disolver el Congreso a la criolla, ilegal y apresuradamente, para salvar a la argolla caviar del Tribunal Constitucional, convencido de que contaba con el apoyo de las masas, previamente adoctrinadas por la prensa en el odio al Congreso. Solo así Vizcarra pudo atreverse a dar el zarpazo inconstitucional apelando a leguleyadas burdas y burlándose del Estado de derecho.
Pero el caso más grave es sin duda Chile, que vive una semana preso de las turbas salvajes que han retado al Estado, con el apoyo de la prensa, la academia y las instituciones capturadas por la izquierda. No hay manera de que el gobierno pueda imponer la ley y el orden. Las turbas son simplemente intocables. Más aún cuando se trata mayoritariamente de jóvenes, adolescentes y hasta infantes desatados, sin control de sus impulsos. Es imposible detener los saqueos y demás actos vandálicos cometidos por estas hordas salvajes juveniles. Claudicación total del Estado donde el presidente Piñera ya no atina a nada. Ya ha hecho todo lo que creía necesario, desde pedir perdón hasta sacar a las FF.AA. a las calles. Ha anunciado medidas de alivio social, cambiado a su gabinete, invocado a la normalidad, etc. Nada parece complacer a las turbas salvajes ni a los políticos de izquierda que no saben cómo sacarle mayor provecho al caos social, además de pedir nueva Constitución y renuncia de Piñera. Es decir, un golpe de Estado.
En Chile vemos con mayor nitidez el fin del modelo, pero ocurre en varios otros países. Es el fin del modelo que nos permitió la civilización basada en el Estado de derecho. ¿Qué vendrá luego? Habrá que ver. Pero sin respeto a la ley y a la autoridad solo puede venir el caos. El golpe de Estado para la captura del poder por la izquierda sabemos adónde conduce.
















COMENTARIOS