Dante Bobadilla

El Castillo del terror

¿Alguien puede creer que este señor nos va a solucionar algo?

El Castillo del terror
Dante Bobadilla
28 de abril del 2021


La tragicomedia peruana es una prueba de que el azar es el mejor libretista de la realidad. No hay ningún poder oculto acomodando candidatos y orientando el voto mediante encuestas. Hace dos meses nadie sabía que existía un tal Pedro Castillo. Apenas se le recordaba como uno de los agitadores que lideró la última huelga magisterial. Ya había sido olvidado y no aparecía en las encuestas. Pero allí está ahora de favorito en la segunda vuelta.

¿Qué pasó? Nadie lo sabe. Ni siquiera esos señores que opinan envueltos en su rimbombante título de “politólogo”. No me vengan con sus teorías del Perú profundo, las clases olvidadas, los reclamos desoídos, etc. O el cuento de que el modelo fracasó. Nada de eso explica a Pedro Castillo, un sujeto incapaz de articular ideas mínimas. ¿Alguien en su sano juicio puede creer que este señor nos va a solucionar algo?

La realidad no puede ser más patética. Yo me había resignado incluso a Forsyth, que no dista mucho mentalmente de Pedro Castillo, pero al menos tenía equipo. Ahora estamos a punto de caer en manos de un campesino dispuesto a volar las instituciones “si el pueblo lo pide”. Este Pedro no dejará piedra sobre piedra. No entiende nada de nada. No sabe dónde está parado en política. Ignora la Constitución. Carece de ideología. En sus andanzas sindicales y magisteriales ha recalado en los ámbitos del extremismo senderista, pero no me parece que tenga ni idea del maoísmo. A lo mucho es un machista-leninista. 

El discurso de Pedro Castillo es sumamente elemental. Apenas dice consignas y clichés, como el refrito de los ricos y los pobres, o el relamido discurso anticorrupción. De allí no pasa. Razón por la que vive toreando a los reporteros y huyendo de las entrevistas. Lo único claro es que le tiene amor a Nicolás Maduro y admiración a Evo Morales. Probablemente a estas alturas Vladimir Cerrón esté arrepentido de haberlo contratado como muñeco de campaña. Este es un caso único de un partido con un candidato muñeco de alquiler. Si Cerrón creyó que Castillo sería su tonto útil, ahora sabe que el muñeco cobró vida propia y habla por su cuenta, aunque no diga nada. Poco falta para que Castillo se desligue totalmente de Cerrón. 

Tal vez Hernando de Soto, viejo zorro, haya olido este desencuentro y pretenda aprovechar el espacio para llenarlo como asesor y jefe de equipo de un huérfano Castillo. Sería un alivio si De Soto logra ponerle el polo blanco a Pedro Castillo para tenerlo controlado. ¿Qué otras opciones tiene Castillo? ¿La dirigencia del Sutep-Conare? ¿Movadef? No tiene más. 

Lo más grave de todo este panorama es un electorado insensato que está dispuesto a dar el salto al vacío y reventar el país solo porque odia a Keiko Fujimori. Es decir, la psicopatología del antifujimorismo ha calado tan profundo en estos veinte años de campañas de difamación, memes, caricaturas, mitos, mentiras, psicosociales, prisiones y circos fiscales que la gente ha terminado creyendo toda esa mitología. Es gracioso ver las acusaciones que se le hacen al fujimorismo sin percatarse de la captura de los medios, de la megacorrupción reciente, del copamiento de las instituciones y de la perversión de la política en los últimos tiempos, incluso con aplausos de toda esta gentita que hoy tiene el cuajo de acusar al fujimorismo de lo que ellos mismos aplaudieron con entusiasmo, adorando a un tirano autoritario y corrupto.

Y es que la hipocresía moral es la divisa en la política peruana. Todo lo que el progresismo y la caviarada perpetran es correcto, desde marchas violentas contra el Estado de Derecho hasta el cierre ilegal del Congreso. Hasta sus genocidas y dictadores son buenos. Pero que lo hagan otros es condenable. Y ahora pretenden votar por un candidato que está en un partido lleno de acusados por terrorismo, liderado por un condenado por corrupción, y que promete hacer leña el Estado de Derecho. ¿Quién los entiende?

Y la otra cosa absurda es vivir culpando al modelo o la Constitución del 93 o a las mil vírgenes de los problemas que el país tiene precisamente porque votan con el hígado y las patas. Ya es hora de que asuman sus propias responsabilidades y dejen de culpar a los demás.

Dante Bobadilla
28 de abril del 2021

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