Manuel Aliaga

Adolescencia cívica, inmadurez política y fracaso institucional

No hemos hecho nada para no tropezar con la misma piedra

Adolescencia cívica, inmadurez política y fracaso institucional
Manuel Aliaga
17 de abril del 2026

 

Como el preadolescente que descubre que sus padres no son perfectos y queda atrapado en la desilusión, hace tres o cuatro décadas concluimos que ninguna autoridad merecía respeto. Descubrimos que la democracia “realmente existente” era imperfecta, perdimos la fe infantil y decidimos prematuramente que no valía la pena preservar sus fundamentos ni construirla con paciencia. Cada uno tiró para su lado, nos condenamos a la inmadurez, y hoy vivimos entre escombros políticos.

 

Un mal divorcio

Toda democracia constitucional madura y estable tiene como elemento central mecanismos para generar convergencias, depurar propuestas y candidaturas, y expurgar a los aventureros: son los filtros que vuelven potable el agua cruda de la democracia. Nosotros, en aras de la "verdadera" democratización (años ochenta) y de romper con la "partidocracia" (años noventa), destruimos esos filtros y quedamos expuestos a todas las infecciones. Un tercio de siglo después, seguimos sin reconstruirlos. Estamos más ocupados en las miserias y odios de malos divorciados que en la reconciliación y el largo plazo que nuestros hijos heredarán. Nuestra crónica falta de filtros nos condena a repetir el mismo escenario una y otra vez.

 

Pirotécnicos y pirómanos

Los intentos por dinamitar esos filtros vienen desde la Asamblea Constituyente de 1979, sobre todo desde una izquierda que participaba a regañadientes, porque — dada su conocida "superioridad moral” — despreciaba la democracia “formal” o “burguesa”, la saboteaba desde dentro (congreso, sindicatos, prensa, universidades) y desde fuera (subversión). Esa izquierda dejaba claro que, apenas se dieran las condiciones, se cargaría la constitución en nombre de una democracia “real”, “popular” o “de clase”. Sus herederos siguen entre nosotros, siempre buscando "generar condiciones".

Acabado el "Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada", la derecha de entonces (años setenta-ochenta), acomplejada y sin rumbo, quedó paralizada ante la pirotecnia ideológica y la piromanía institucional de los ideólogos de la subversión ("legal" o petardista). Esa derecha no entendió que se jugaba la supervivencia de nuestra civilización, como luego quedó en evidencia.

La crítica de las izquierdas a la democracia naciente en 1980 era meramente ideológica y táctica: esa democracia aún no había tenido tiempo para dar frutos, y ellas conspiraban para impedírselo. Se asumían revolucionarias y su tarea era evitar que la democracia constitucional liberal y la economía de mercado se consolidaran. La lentitud del crecimiento económico — en parte provocada por ellas mismas —, el desprestigio sistemático del sistema y la infiltración subversiva nos llevaron a una situación terminal.

 

El anti-fujimorismo ciego como parálisis histórica

Alberto Fujimori fue producto directo del ímpetu antisistema de esa izquierda. Pero él invirtió la narrativa, le cambió de signo —lo que nunca le perdonarán— y la transformó en una crítica contra la “partidocracia” (izquierdas incluidas). De ahí surge el anti-fujimorismo patológico que infecta a la izquierda y que nos paraliza desde hace veinticinco años: si hubiese sido un autoritario de sus propias filas — digamos, su propio Velasco Alvarado — hoy nos impondrían a todos venerarlo.

Pero no hay equivalencias entre ambas críticas. A diferencia del utopismo ideológico de la izquierda, la crítica de Fujimori partía de un diagnóstico real de la crisis terminal provocada por la mística sediciosa de unos y la parálisis cívica de otros. En circunstancias excepcionales, sus métodos —en buena parte improvisados— respondieron a una emergencia que el sistema deliberadamente colapsado ya no podía procesar.

Lo que Alberto Fujimori no hizo —ni podía hacer— fue reconstruir todo el sistema político real. Quedaron pendientes reformas clave (poder judicial, policía, partidos, sistema electoral). Sentó nuevas bases constitucionales para un orden más estable, pero la edificación quedó inconclusa. Mucho quedó desbaratado. No edificó entendimientos que pudieran darle continuidad y estabilidad a los logros de su gestión. Y quienes lo sucedieron — supuestamente para mejorar — tampoco retomaron la construcción institucional. Los cegó el anti-fujimorismo y el afán no de construir sino de sobrevivir y desmontar sus reformas. Esa omisión es el fracaso histórico de los últimos 25 años.

 

Tropezamos de nuevo con la misma piedra

Y seguimos pagando el precio de nuestra inmadurez cívica. El resultado está a la vista: Prácticamente sin adultos en la sala, nuestras elecciones sin filtro acaban dominadas o desnaturalizadas por el encono visceral del voto “anti”, los pescadores de río revuelto y los tontos útiles dispuestos a servir de caballo de Troya por una módica suma. 

No hemos hecho nada para evitarnos el tropezar con la misma piedra. Centrifuguismo, división, dispersión, polarización: es el resultado de nuestra desidia y negligencia, del no soportar vernos las caras y no querer sentarnos a conversar para finalmente darnos los filtros institucionales que nos permitan depurar propuestas, expurgar aventureros y generar convergencias.

Manuel Aliaga
17 de abril del 2026

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